Columnas, Maria Olga Paiz, Opinión — marzo 12, 2015 at 8:43 pm

La justicia ante el espejo

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Foto: Santiago Billy

Por estos días, si los magistrados de la Corte Suprema de Justicia se decidieran a plantarse frente al famoso espejo de la verdad de los cuentos de hadas, ¿qué imagen les devolvería?

¿Se verían reflejados como los ogros y las brujas, de pelo y lunar, antagonistas furibundos de las heroínas de la justicia que pintan las voces airadas por el traslado injustificado de los jueces que apoyaron a Claudia Escobar en su denuncia por vicios en el procedimiento de postulación a las Cortes?

¿Les devolvería la figura de personajes que disimulan su fealdad y aviesas intenciones bajo un oscuro manto?

¿Les escupiría la imagen de unos malvados que, abusando su poder, mandaron al destierro, lejos bien lejos, a las que osaron desafiarles?

Así, me temo, es como los retrataría la percepción social de la justicia.

Y no son así, claro que no.

El espejo de la verdad, estoy convencida, les devolvería la foto de hombres y mujeres, ni más ni menos, similar a los decorosos retratos que adornan sus salas. Instantáneas de personas comunes y pedestres: llenas de amor propio e insensatez. Personas como cualquiera, propensas al despecho y la revancha, aunque también capaces como todo el mundo, del yerro y la enmienda.

Y ese, señores, es quizás el problema. Porque no han sido electos a esos altos cargos los magistrados para representarse a sí mismos y llevar a los altos estrados las entendibles limitaciones humanas, la vanidad, los intereses mundanos y las pequeñas mezquindades del alma —cualquiera puede entender su herido amor propio ante la falta de reconocimiento a su esfuerzo y trayectoria, su ofensa ante la suspicacia que rodea su designación— sino para representar nuestros valores colectivos más altos. Valores como la mesura, la templanza y la justicia. Les hemos investido como sociedad con el poder de juzgar nuestros actos, con equilibrio y benevolencia. Les hemos concedido la toga y el martillo para decidir sobre nuestras vidas. Son encargados de emitir sentencias capaces de restituir el tejido social, veredictos que zanjen desacuerdos y permitan la convivencia.

En su descargo puedo alegar que no hacen sino apegarse a la tradición. En el país, durante generaciones hemos actuado bajo el maleficio que dicta que la única forma de restituir el concierto es expulsando de nuestro seno aquello que nos incomoda o avergüenza.

El exilio al que orillaron las advertencias de sanciones a Claudia Escobar y la marginación judicial a la que ahora someten a las juezas Patricia Gámez y Jenny Molina, que respaldaron la denuncia de Escobar, no aboga a favor de la paz social, su más alto mandato como integrantes de la Corte Suprema. Es, además, un síntoma inequívoco de un sistema deforme aquel que criminaliza o persigue la protesta, buscando acallarla.

Una verdadera maldición pesa sobre todos nosotros.

La iniquidad reposa cuando el trabajo del juez ha sido bien hecho. Y también hay algo que se indigna y se subleva cuando se percibe que este ha cargado la mano.

Algo de eso hay acaso en la percepción desfigurada que hoy, lamentablemente, les devuelve a los magistrados el espejo.

Tal vez es hora de romper el hechizo que convierte cualquier tema nacional en uno de ogros, brujas y doncellas en peligro.

Y tal vez los llamados a hacerlo sean precisamente estos magistrados por los que nadie apuesta un centavo.

Que enmienden y rompan el maleficio que se autoimponen.

 

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