Crónica, Cultura — marzo 19, 2015 at 7:23 pm

Historias de grandes infieles

por

Por Marta Sandoval y Sofía Menchú

Hay quienes tuvieron que dar muchos regalos este Día del Cariño. Son los infieles, aquellos hombres y mujeres que se las arreglan para tener más de una pareja. Cinco de ellos revelan sus historias, sus lecciones y sus tácticas.

 

La joie de vivre (Pastorale). Pablo Picasso.

Dos esposas y seis novias

De pronto sucedió lo que siempre temió: el teléfono lo delató. Aquel maldito aparato. Lo amaba y lo odiaba. Lo amaba las noches en que, gracias a su ayuda, grababa las faenas de cama con sus novias y lo odiaba los días en que una llamada llegaba en el momento menos oportuno. Como aquel día en que su hijo jugaba con el celular en el mismo momento en que entró una llamada de su esposa y en el mismo momento en que él gritó: “Mijo ya está la cena, venga a comer”. Ya que no podemos revelar su verdadero nombre, llamemos al protagonista de esta historia Arcadio.

Arcadio no levanta más de 1.60 del suelo, su pelo ya empieza a encanecer, dos gruesos lentes revelan unos ojos anodinos y conduce un carro viejo o una moto ruidosa. Trabaja como fotógrafo de eventos y probablemente en su otra vida fue sultán. Actualmente tiene seis novias, seis hijos y dos esposas. Con la primera –llamémosle Piedad– se casó hace treinta años por amor, con la segunda –llamémosle Úrsula– hace doce, porque estaba embarazada. La treta que utilizó para casarse estando casado fue simple, consiguió un abogado que nunca dio aviso a la municipalidad. Hubo marimba y comida, pero el matrimonio fue una farsa. Sacó una cédula nueva y la usó solo el día de la boda. Pero cometió un error: no la tiró. La guardó en un viejo maletín que un día Piedad encontró. “Me la puso en la cara y me insultó”, recuerda Arcadio. Ese día las piernas le temblaron, pero no dijo nada, se quedó callado, básicamente porque tiene un solo código de ética: a las demás les miente, pero a Piedad no. Pasaron los días y ella no paraba de llorar. Le servía la cena llorando, le planchaba los pantalones llorando, le zurcía los calcetines llorando. Hasta que un día dejó de llorar y todo volvió a ser como antes.

“Lo que yo hice fue que esos días casi ni salí de la casa. No fui a dormir afuera ni una sola noche para que ella viera que si yo estaba todo el tiempo con ella no podía tener otra”, cuenta, y la estrategia barata le funcionó. El empleo de Arcadio facilita sus amoríos, le llaman para tomar fotos en piñatas o comuniones en todo el país; el fin de semana una boda en Jalapa y el miércoles una graduación en Cobán, lo que sea. Viaja tanto que logra escabullirse a su otra casa sin ser detectado. “Yo no sé si ella sabe que tengo otra familia”, confiesa y cree que si ella no le dice nada es porque se siente atrapada, imposibilitada para vivir sin él. He ahí su éxito. Arcadio sabe que Piedad le perdona todo y por eso le da menos miedo que lo cache, en cambio Úrsula estuvo a punto de tirarle sus cosas una vez. Fue el día que encontró un video en su teléfono celular, las escenas lo mostraban en la cama con otra mujer, había grabado un encuentro en un motel de principio a fin. Pero Arcadio es astuto como un zorro y tiene una mente privilegiada. Le dijo, tranquilo y sonriente, que ese video era falso, las tomas de una película que grababan en la productora donde lo contratan eventualmente para tomar fotos, le pidieron que actuara y él actuó. “Esa mujer es una actriz y todo eso no fue de verdad”, le juró y ella le creyó.

Adam and Eve. Michelangelo.

Su mente de zorro también reaccionó rápido cuando le contestó el teléfono el marido de una de sus amantes: “¿Por qué putas estás lla- mando tanto a mi mujer?” y él respondió: “Disculpe caballero, no se confunda yo soy Osman Rodas de importadora La Bendición y estoy llamando a la señora porque ella sacó un préstamo con nosotros y no lo ha pagado. La he llamado mucho porque me urge que haga ese pago”. El marido se llenó de vergüenza por haber desconfiado y de vergüenza por su esposa morosa, prometió que esa misma tarde le daría los Q1 mil de la deuda para que fuera a pagar. Ella, en cambio, fue a un motel y pidió una botella de whisky.

Empezó a ser infiel sin querer, dice, su intención nunca fue tener muchas mujeres, ni estaba buscando sexo como un desesperado. Simplemente vio a una mujer bonita en un parque y disparó su cámara de fotos, luego, se acercó y le pidió el teléfono para enviársela cuando la revelara. “Saliste bien guapa”, le dijo y ella se ruborizó. “Después, fue ella la que me siguió buscando”, se justifica. Lo mismo pasó con la monja, una de sus seis novias actuales. Fue a una primera comunión y la fotografió junto al niño de blanco. Más tarde fue ella la que en agradecimiento por la “hermosa foto” ofreció invitarlo a un café. “De eso hace dos años y nunca nos tomamos el café. Fuimos directo al whisky”, dice. La monja podía escaparse del convento a las 10 de la noche y volver a las cinco. En la primera cita fueron a una fiesta, bailaron y bebieron y al salir, él se aventuró: “Olvidé la llave de mi casa. Creo que hoy me voy a tener que quedar en un hotel, ¿no me querés acompañar?” Estamos hablando de una monja, así que Arcadio tenía claro que lo más probable era que le dijera que no, pero dijo que sí. “Apenas y cerré la puerta del cuarto y fue ella la que se me vino encima”, relata.

Para ser infiel se necesitan tres cosas, dice Arcadio: tiempo, pasión y dinero. Tiempo y dinero le faltan siempre, por eso ingenia cosas como alquilarle una casa a Úrsula en la misma colonia donde vive Piedad. Así, ahorra tráfico y gasolina. Funcionó durante casi un año, pero pronto los vecinos empezaron a conocerlo y temió que lo delataran, así que se mudó con Úrsula y sus dos hijos a otra parte. Los hijos de los dos matrimonios no se conocen entre sí y espera que nunca se conozcan.

“Yo a ti no te cambio ni por las seis que tengo afuera”, le dice a Piedad, mientras abraza su figura regordeta y le besa las mejillas, “vos sos mi gran amor”, ella se ríe, feliz. Piensa que es una broma.

El día en que el niño le respondió la llamada, Piedad volvió a marcar. Esta vez Arcadio estaba en la calle listo para responder en medio de los bocinazos, “yo ando en la calle” le dijo; ella creyó que se había equivocado al marcar la primera vez y no dijo nada. Él, como siempre, no le mintió.

El arrepentido culpable

Las esposas deberían estar agradecidas con las amantes, son ellas las que sostienen el matrimonio”, dice Fausto sin reírse, lo dice muy en serio, “cuando uno está bien con la traida está bien con la esposa”. Luego, explica un poco más su rocambolesca teoría: si tiene una amante se siente culpable y entonces compensa a su mujer tratándola mejor, llenándola de atenciones. Pero entonces, al atender más a la esposa descuida a la amante y se siente culpable y trata de hacer todo para compensarla, y al compensarla vuelve a descuidar a la mujer. Y así va el juego. Un juego en el que termina exhausto.

Fausto le fue infiel a su esposa a los seis meses de casados. Fue durante un viaje de negocios, allí conoció a una mujer “igualita a Demy Moore”, se acostó con ella y allí quedó todo, no pasó a más. Su perdición llegó junto a la nueva ejecutiva de ventas –llamémosle Margarita–, una guapísima mujer que de ventas no sabía nada. Él la iba a ayudar en el trabajo, pero terminó enamorándose. Pasaron cuatro años juntos sin que su esposa supiera nada. Terminar no fue fácil.

Con su esposa –llamémosle Gretchen– se casó ilusionado, dice, verdaderamente ilusionado porque ella estaba embarazada y él quería ser papá. Tenía veinte años. Pero cuando conoció a Margarita se enganchó como se engancha a una droga. Con momentos de lucidez en los que es consciente del daño que se causa y les causa a los demás y en los que jura dejarla; y episodios de completo amor en los que cree que a quien dejará es a su esposa; y otros momentos en los que cree que nunca lo descubrirán y que las cosas pueden caminar bien así.

Terminar con Margarita fue doloroso, pero un alivio. “Esa relación se murió como cuando se muere de cáncer, después de haber sufrido tanto, era lo mejor”, explica. “La infidelidad es un ecosis- tema enfermo en donde todos son felices”, dice. Fausto buscó un psicólogo que le ayudó a trabajar en su matrimonio y le hizo ver que sus infidelidades escondían una baja autoestima y un vacío interior que se extendía como agujero negro. “Ser infiel es buscar afuera lo que uno no tiene dentro… –explica– pero no dentro de la casa, dentro de uno mismo. Uno está tan vacío que piensa que otra persona lo va a llenar y eso no es así”.

Pero el destino siempre alcanza y a Fausto lo cacharon años después de haber terminado con su amante. Una noche fueron a cenar a la casa de una buena amiga de Gretchen; al entrar, Fausto creyó reconocer a la empleada de casa, pero no estaba muy seguro dónde la había visto. Ella, en cambio, lo reconoció en seguida: era el novio de su antigua jefa. Al día siguiente Gretchen lo sabía todo. Aun así, siguieron. “Pero seguir es como pedir un préstamo a un usurero: los intereses son altísimos y eso se vuelve impagable”, cuenta. “La esposa capitaliza la infidelidad”, explica, “como sabe que le fallaste te va a recriminar y a exigir todo el tiempo”. Su matrimonio no duró mucho más. Se separaron y tuvo que explicarles a los hijos lo que había hecho, como una vez su propio padre le explicó a él. “Siempre pensé que yo no iba a ser como mi papá porque yo vi sufrir mucho a mi mamá, pero uno no sabe lo que es hasta que le pasa”.

Fausto no se arrepiente de lo que hizo. Pero reconoce que estuvo mal, que perdió años valiosos con sus hijos, que hizo daño a su esposa y que ser infiel es ser cobarde. Además, lamenta que casi llevó su empresa a pique porque las horas que utilizaba para ver a Margarita eran las horas laborales. Aún así no se arrepiente, “eso sería negar lo que viví, todo lo bueno que viví”.

Selected Details after Ingres II. Marcel Duchamp.

Anna y los comensales

Ser infiel es aprender a tener un ojo en la espalda. Y otro en los costados. Y otro al frente. Es tener mil ojos. Como un monstruo de mil ojos y mil manos y mil lenguas. Anna es algo así. Una administradora del amor que también administra mesas en un restaurante. Es anfitriona, su trabajo es llevar a los clientes a sus mesas y estar pendiente de que se sientan bien atendidos. A algunos también los ha llevado a su cama.

Estuvo casada por ocho años. Conoció a su esposo –Alexei– en ese mismo restaurante, él era uno de los dueños. Apenas cuatro años duró el enamoramiento, las relaciones caducan, igual que el yogur, dicen algunos. Los últimos cuatro años no tenían sexo juntos, pero sí por separado. Estaba claro que Anna ya no quería estar con él, pero lo necesitaba: antes de conocerlo vivía en un cuarto y gastaba su sueldo en pagar los recibos, después de conocerlo vivía en una casa grande y no tenía necesidad de trabajar.

Todo empezó la noche en que un joven comenzó a coquetear con ella y después a frecuentar el restaurante. Intercambiaron números de teléfono y al poco tiempo ya llegaba por ella al trabajo, al mismo restaurante donde trabajaba su esposo. “Le decía a Alexei que estaba muy cansada y que no podía esperarlo, que lo vería en casa y me iba”, dice.

Pero antes de llegar a su vivienda buscaban callejones donde estacionarse y darle rienda suelta al cuerpo. A veces, tenían sexo en el carro de él y otras veces en el de ella. Ser infiel le parecía emocionante, la llenaba de vida y comenzó a gustarle. Así que poco a poco fue enrolándose con más hombres, otros clientes que la cortejaban casi a la vista de su marido. A todos los veía de noche porque era el tiempo en el que tenía la certeza de que Alexei estaba en el restaurante. También hacía citas en fin de semana, cuando él tenía que ir de viaje a algún sitio fuera de la capital.

Un par de veces Anna se las arregló para irse a la playa con alguno de sus enamorados, evitaba las llamadas telefónicas para no verse descubierta y mantenía la comunicación solo por mensaje de texto. “Aprendí a manejar los horarios, establecía el lugar para la cita y eso sí nunca comentaba que tenía amigos. Según Alexei, yo solo salía con amigas”, explica. Se cuidaba de no tener comentarios de hombres en sus redes sociales y aunque sacaba fotos de sus sesiones de amor, las borraba para no dejar evidencia.

Se enamoró al menos dos veces. La primera no fue correspondida y la segunda, su amante cambió de país y ella no se atrevió a irse con él. Según la experiencia de Anna, engañar a la pareja es como jugar a la ruleta rusa porque nunca sabes cuándo te darás el tiro. Cualquier descuido, por mínimo que sea, puede evidenciar la infidelidad. Y eso le pasó. Salía del restaurante en su carro y no se percató que Alexei, por primera vez, condujo detrás de ella. Su ojo de la espalda le advirtió que algo pasaba, vio por el retrovisor y descrubrió a su esposo detrás. Cambió el rumbo intempestivamente. Pero por más que lo negó, Alexei notó que algo extraño pasaba. Eso le trajo problemas y terminó de desgastar la relación, le puso fin.

Lo que no esperaba era que Alexei le confesara que él también llevaba tiempo engañandola. “Al menos me sirvió para separarme de él. Me quedó la satisfacción que yo también lo engañé y con más de los que se imagina. Claro ahora estoy sola, en otro trabajo y con la idea de empezar una nueva vida”, dice.

Alegoría de glotonería y lujuria. Hieronymus Bosch.

Programarse para ser infiel

Conforme la noche avanzaba dejó de contar los tragos y terminó, como en otras ocasiones, en los brazos de un desconocido en el sillón trasero de un carro. “No crea que cada vez que salgo de fiesta logro una conquista”, dice y se ríe, como quien no se lo cree del todo. “Yo tomo aventuras con hombres con los que al hablar me sienta cómoda y tenga una buena charla, aparte de la atracción física, claro. Tampoco es cuestión de estar ebria, son las casualidades”, confiesa. Charles, su pareja, la espera en casa o quizá en alguna fiesta. Da igual, al volver él siempre estará, eso Emma lo sabe bien.

Hace tres años que Emma vive con Charles y aparentemente todo va bien entre ellos. Ella es ingeniera en una constructora y él es contador en una financiera. Serle infiel no es falta de amor, piensa, es falta de emoción. Necesita adrenalina en su vida.

Su trabajo facilita sus conquistas ya que viaja fuera de la ciudad al menos dos veces al mes. Hasta ahora no ha sido descubierta y varios de sus amantes hoy son sus amigos. Eso le permite no levantar sospechas en su pareja y administrar cuidadosamente sus encuentros furtivos. “No me paso el tiempo buscando hombres con quien pasarla bien y tener sexo ocasional, porque de ser así me vería más zorra y no quiero parecer eso. Las aventuras sexuales llegan solas y escoger con quién sí y con quién no, le hace bien a mi ego, me entretiene”, reconoce. Emma es delgada, de tez clara, cabello rojizo hasta los hombros y con finas facciones. Tiene 35 años, pero su cara y su forma de vestir, sin mucho maquillaje y a veces más informal, la hacen parecer más joven.

Hay dos tipos de hombres con los que se relaciona: los que conoce en el trabajo y los que se encuentra cuando anda de fiesta o a tra- vés de sus amigos. “Mis relaciones son extrañas porque a pesar de que los encuentros sexuales pasen una sola vez, al conocernos, o se prolonguen por lo menos un par de semanas más, mantengo la comunicación con estos chicos y eso me permite variar y agendarlos para no encariñarme ni aburrirme de ellos”, explica.

En su catálogo hay de todo: solteros, casados, con novia. Y las reglas para acostarse con ellos son sencillas: no hablar de las parejas estables que cada uno tenga, no recibir llamadas telefónicas cuando está en su casa, no exigir tiempo ni atenciones, no tener contacto físico en lugares públicos y no enamorarse.

“Prefiero ser honesta y decir que solo quiero sexo. Yo también respeto los espacios de quienes tienen novia o esposa. La ventaja con los solteros es que rentan apartamentos donde viven solos y eso facilita las cosas”, explica. Emma se ha enamorado un par de veces, pero nunca se ha atrevido a dejar a Charles. Más de un amante ha quedado flechado por ella, pero eso la hace huir en seguida. Charles quiere casarse con ella y ella se lo piensa mucho, no lo descarta. Charles la ama, y aunque alguna vez ha sospechado que le es infiel ella lo ha negado tan rotundamente que acaba por creerle.

“Por supuesto que he tenido problemas de celos con Charles, pero siempre le digo que son las pruebas las que confirman las sospechas y hasta ahora me he cuidado de no dejar huellas. Me gusta la adrenalina de los encuentros furtivos, el intercambio de mensajes y sobre todo estar en una relación en donde no hay problemas”. El secreto para ser infiel y triunfar es tener nervios de acero, según Emma. “Si te insinúan que andas con otro nada de nerviosismo, hay que hablar con naturalidad y llevarse la verdad hasta la tumba”.

Lust. Peter Brugel the Elder.

Muchas mujeres, poco amor

Dos costillas quebradas, una pierna rota y la cabeza revuelta. En ese estado Diego escuchaba a lo lejos los comentarios de los médicos: “Vino otra novia”, decían entre risas. Ya iban seis mujeres las que aseguraban ser “la novia de Diego”, todas preocupadas, todas deseosas de saber cómo estaba después del accidente que tuvo. En esa cama de hospital Diego se dio cuenta de que estaba en un problema serio.

Después de divorciarse tras una década de matrimonio, Diego se convirtió en un mujeriego. Intentó tener otra relación estable, pero su gusto por las fiestas y los tragos causaron que se quedara solo por segunda vez. Decepcionado, decidió no involucrarse más con una mujer… sentimentalmente hablando. Porque sexualmente hablando se involucra y a cada poco.

Hay semanas en las que tengo sexo con tres o cuatro chavas. Aunque también hay temporadas en las que nadie me responde el teléfono y me quedo encerrado viendo televisión en mi casa”, cuenta. Diego pasa de los 40 años, trabaja en mercadeo y aparentemente es un hombre serio, respetuoso y habla lo necesario. Es muy observador y cuando identifica a su próxima víctima no le quita el ojo hasta que la conquista.

Una solicitud de amistad en Facebook, el intercambio de números para después escribir por WhatsApp son los primeros contactos ,previo a empezar el coqueteo. “Tengo un perfil de chava a la que me acerco, porque no me gusta arriesgarme al rechazo”, dice. Para evitarles malos ratos, entre sus tácticas está usar solo nombres genéricos para llamarlas, no les dice su nombre sino cosas como “amor, flaca, mi vida”.

Diego disfruta de esas aventuras, pero en más de una ocasión se ha enamorado y no ha sido correspondido. Lo que en algún momento le genera placer, también lo castiga. “La chingadera es buena, pero hay un vacío latente. Esto tiene sus pro y su contras”, reconoce. Diego no termina la entrevista sin antes preguntar: “¿Me das tu número de teléfono?” .

2 Comentarios

  1. Excelente narrativa , creo que a muchos le paso la guadaña por la infidelidad,que tarde o temprano tendran algunos arrepentimiento y otros remordimiento, que por momentos pensaron en su sagacidad de ser muy dulces sin saberlo que los engañados fueron ellos mismos aunque le mentían a su parejas, creo que se cumplio en ellos” la mentira dura mientras la verdad no llega”

    se sabe que tarde o temprano se llegan a saber las cosas, las heridas que se hacen de una a otra persona como es la infidelidad, en algunas se cicatrizan , pero quedan huellas

  2. esa picardía puede ser material para una buena película de desamor. La gente es bastante egoísta con sus sentimientos y herir a las personas por cualquier cosa es muy normal. Me cacho! Las apariencias que las personas proyectamos termina siendo inversa a lo que en las calles se escucha o vive. Todos contra todos, será que también es el caso de la guayaba?

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