Alexander Aizenstatd, Columnas, Opinión — marzo 20, 2015 at 8:00 am

Tomarse la constitución en serio

por

Por: Alexander Aizenstatd

El Gobierno no solo debe evitar hacer lo que le está prohibido, también debe hacer aquello a lo cual está obligado.

Palacio Nacional. Foto: Santiago Billy/Diario Digital

La construcción de una verdadera democracia requiere que los ciudadanos tengan la esperanza de que existe una oportunidad de forjar un mejor futuro en común. Para eso es indispensable que, como mínimo, se cumpla con garantizar una serie de derechos. Esos derechos, reconocidos en la Constitución, son la principal justificación para la existencia del Estado mismo.

¿Podemos decir que la norma suprema se cumple en Guatemala?

• Tenemos libertad de prensa (Artículos 35), pero se asesina a periodistas.
• Tenemos libertad de comercio (Artículo 43), pero se extorsiona a empresarios.
• Tenemos derecho a la vida y seguridad (Artículo 1), pero la violencia nos asedia todos los días.
Tenemos derecho a protección especial de los niños y niñas (Artículo 51), pero contamos con la tasa más alta de embarazo de niñas en Latinoamérica.
• Tenemos derecho a la justicia pronta y cumplida (Artículos 12 y 207), pero los juicios tardan décadas.
Tenemos derecho a la salud (Artículos 93 y 95), pero los hospitales nacionales están colapsados.
• Tenemos derecho a la educación (Artículo 71), pero hay escuelas en condiciones precarias.
• Tenemos derecho a la independencia judicial (Artículo 209), pero lo más cercano a una carrera judicial es la maratón que organiza cada año el Organismo Judicial.
Tenemos Constitución, pero no hay un solo derecho (tan solo uno) en la misma que esté plenamente garantizado.

Claro, no todos estos casos provienen directamente de actos del Estado. Los tiempos han cambiado. Nuestros principales problemas no surgen solo de acciones del Estado sino de la inactividad de los gobernantes. Pero para tomarse la Constitución en serio no basta con que el Estado no realice acciones que nos perjudiquen, sino también que deje de permanecer pasivo hasta garantizar a todos el pleno disfrute de los derechos en ella contenidos. No basta con que dejen de hacer lo que les está prohibido, deben de ocuparse también de aquello a lo que están obligados. El principal problema de nuestras instituciones no es lo que hacen, sino lo que están obligadas a hacer, pero dejan de hacerlo. Omitir esto es también una agresión a la Constitución.

“El principal problema de nuestras instituciones no es lo que hacen, sino lo que están obligadas a hacer, pero dejan de hacerlo”.

El reto que tenemos es que los gobernantes también sean responsables por lo que tienen obligación de hacer y no hacen. La tarea no es fácil, ya que los mecanismos de protección constitucional (hábeas corpus, amparo, inconstitucionalidad) están originalmente diseñados para detener las agresiones del Estado y no para obligarlos a cumplir con sus obligaciones. Para detenerlos y no para obligarlos a actuar. Pero si vamos a tomarnos la Constitución en serio es necesario que estos mecanismos de protección y los tribunales que los aplican se adapten a los tiempos. Más allá de supervisar que no se violen las normas, deben velar porque se cumpla con el goce efectivo de los derechos en ellas contenidos.

Más afecta el orden constitucional la pasividad endémica de las instituciones estatales para garantizar los derechos a los ciudadanos, que cualquier otra medida tomada por el Estado. Si no se cambia la tendencia, la pasividad de las instituciones y la falta de mecanismos para obligarlos a actuar, crearán una crisis constitucional. Tan inconstitucional es, por ejemplo, que el Estado censure un medio de comunicación como lo es que deje de implementar medidas adecuadas para la protección de periodistas. Mientras eso no cambie y no se garantice el pleno goce de los derechos, no podemos decir que nos tomamos la Constitución en serio.

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

WP-Backgrounds by InoPlugs Web Design and Juwelier Schönmann