Crónica, Cultura — marzo 23, 2015 at 6:50 pm

Joven, ¿a dónde lo llevo? Las carreras de la vida a bordo de un taxi

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No hay ciudad sin taxis. El elenco de toda urbe estaría incompleto sin un taxista es él, él y su carrito, el más capacitado para hablar de la calle. Navegante sobre asfalto, taxi confesionario, señor psicólogo, guía turístico. Aquí algunos cuadros de vida que han transcurrido entre carreras y semáforos.

Historia del Taxi. Foto: Luis Soto/ContraPoder

Ahora que escribo me arrepiento de no guardar todas las tarjetas de taxistas que en mi vida he conseguido. Hay de todo, desde lo minimalista (cuadriculado a blanco y negro) hasta paisajes de Cobán, Antigua Guatemala y Chinautla. Todos esperan que esa tarjeta permanezca, esperan juntar un cliente más. Alguien que llame y diga: “¿Don Carlos, está ocupado?” y allí va Don Carlos, en el mejor de los casos, rápido, al punto de espera.

Aquí no voy a hablar del taxista arjonesco ni del Luis de Franco de Vita o el Travis de Taxi Driver. Sin embargo, cualquiera de los taxistas que he conocido podrían haber encontrado el amor en un jueves de trabajo, podrían regresar a casa y escribir poemas o canciones en que yo soy un personaje más, como ellos lo son ahora en este relato. Cualquiera de ellos podría soñar con matar al presidente.

El primer taxi que recuerdo es un carro rojito de un señor, llamémoslo don Yemo, que vivía en la colonia y esperaba carreras en la Plaza de la Constitución. Tendría yo unos cinco años y para una familia que nunca tuvo carro, aquella corta vuelta era un viaje espectacular. El señor nos llevaba gratis, pero un día mi abuela optó por cambiarlo. Solo me dijo: “es que ese señor lo que quiere es otra cosa”. Tardé mucho en entender a qué se refería…

Luego vinieron los viajes de la mano de mi madre y más adelante, los primeros viajes que pude pagarme gracias a mis primeros salarios. Viajaba en taxi, siempre de noche. Regateando los cuarenta quetzales que regularmente me costaba la carrera rumbo a casa. Nunca fui bueno para platicar así que me acomodaba y los dejaba hablar. Seguía sus historias mientras la ciudad transcurría del otro lado de la ventana o mientras el camino a casa se acortaba al ritmo del ir y venir del rosario blanco que pendía del retrovisor.

Cuando el taxi
es un Caballo de Troya

Vamos regresando de Majadas, caminamos en la estrecha calle que está entre Miraflores y Tikal Futura. Veo un taxi parqueado en un estacionamiento solitario y dos guardias platicando. Parece raro, pero tomo su mano y seguimos caminando. Algunos metros más adelante el motor acercándose, se parquea a nuestro lado y un tipo, en el lugar del copiloto, nos apunta con el arma y nos dice: “Rápido pues muchá, denle a ella todo, todo”. Grita y apunta. El piloto grita también que entregue todo: el teléfono, la billetera, los cuadernos de la U, sus aretes y las fichas que se escuchan en mi bolsa. Atrás, ella recibe las cosas y nos mira sin mediar palabra. “Caminen de regreso y ni volteen a ver si no quieren que los mate”, dice. Caminamos temblando de miedo y de rabia y el taxi se larga.

Aquel día pedimos dinero en la pasarela para regresar a casa, pero nadie nos dio un centavo. Aquel día aprendí a temerle a esos carros que tanto me gustaban cuando niño.

El juego “taxista-pasajero” es perfecto para la emboscada. No sabe el taxista a quién sube, no sabe el pasajero quién lo lleva. Como todo en esta ciudad, avanza uno a su suerte. Mas de alguna vez un taxista se negó a llevarme a mi casa, en la zona 18. Con el tiempo, aprendí a convencerlos pidiéndoles que me dejaran en la parada y no entraran a la colonia. Corrían menos riesgo, pero aún en la parada yo sentía sus miradas de miedo cuando abría mi mochila para buscar el dinero.

Ramiro alguna vez me hizo una carrera, en esa ruta: zona 1-zona 18. Yo le conté aquel asalto y él me contó su historia. Va algo así:

Le hacía, una vez al mes, una carrera a Julissa, la traida de su cuate que ahora está preso: Chando. La llevaba al restaurante de una famosa cadena de pollo que ahora, a pocos metros del edificio de Correos, acaba de cerrar. Allí, a las 10 de la noche, cuando ya no hay servicio, los recibía un par de guardias de Presidios y adentro, esperando, Chando. Le llevaban su pollito al taxi mientras le hacía tiempo a Julissa. A las dos horas pa’fuera: clotch, llave y para La Carolingia. Chando pagaba para darse sus escapaditas al mejor estilo de Byron Lima. Solo que Chando no era militar, estaba preso porque, según Ramiro, “lo pizaron en mala onda por extorsión”.

Foto: Luis Soto/ContraPoder

Ramiro terminó de hablar y recuerdo que aquella noche solo esperaba bajarme. Pedía a Dios que no se tratara de un mal chiste que terminaría en asalto. Esa era de miedo, pero la historia de don Alfonso, otro taxista, era de tristeza.

Al taxista pocas cosas lo diferencian de la vida de un chofer de bus. Al menos de eso me di cuenta un día que viajaba con don Alfonso. Tendría unos 50 años según esa piel ya un poco arrugada que tallaba su húmero y sus canas. Tenía dos meses de haber regresado a Guatemala y, como él decía, había aprendido a tomar sus precauciones. Antes de irse tenía taxi propio, pero vivía en la zona 3. Primero, al regresar por la noche a su casa, los pandilleros empezaron a pedirle la cuota. Lo que no le pagaba a un jefe se lo daba a ellos, y luego se pusieron más gruesos. Don Alfonso tenía que manejar para ellos un día cualquiera, un día que ellos escogieran.

Así, me cuenta, se subía uno y le decía que se fuera atrás de ese bus. Despacito, despacito. Luego frenazo adelante y frena también él. Bajaban del bus esos mismos que le cobraban la talacha, con las mochilas llenas y a puro grito le decían que acelerara esa vaina. Un escape hacia Gerona para despistar y luego a casa. “Yo no sé en qué más estuve metido usté”, me decía sin verme, con la vista perdida en la cola de las ocho de la noche en plena calle Martí. Contaba que otro día tuvo que hacer una carrera “allí por donde vive usté. Llegamos a la casa, se tardaron menos de cinco minutos, se oyeron dos cuentazos y nos fuimos. Fue la última vez”, me explicó.

Luego se llevó a su “doña” a vivir a otro lado, vendió el carro. Terminaron separándose y se fue a los Estados. Ahora regresó y maneja un taxi verde, es empleado. “Gano menos, pero más seguro”, dice. Por fin sonríe cuando el semáforo da rojo a la altura de Lomas del Norte.

Taxista
gondolero, para
el hotel si nos hace favor

No se le puede quitar al taxi esa aura de góndola lujuriosa. Más allá del cliché, démonos una vuelta por Taxicab Confessions de HBO o aquella película de Emmanuelle en que un taxista le daba un tour sexual por toda Roma. Los taxistas, para estas historias, se prestan.

A Luis le pasó algo por el estilo. Supongamos que él era “ese tipo rico” de la canción de Arjona y que le dicen que su mujer está con otro, un taxista para ser más específicos. Luis va a buscar al tipo a su casa y ¡zas!, que los encuentra bien agarrados en el asiento trasero del carro. Agarró una piedra y le rompió el vidrio delantero. Esa misma noche el taxista le devolvió la visita, arma en mano, pero no hubo disparos. Luis y Yesenia terminaron casándose.

Pero yo hablaba del taxista gondolero, el que transporta ese carrito del amor. Un taxista cupido, como aquel peculiar señor que alguna vez me llevó al Parque Morazán. Por el pelo largo, casi todos los taxistas han creído que hablar de rock es una buena forma de entablar conversación conmigo y el donsito no fue la excepción.

El Taxi. Foto: Luis Soto/ContraPoder

“A mí antes me gustaba el rock (y yo con mi cara de “ajá, vuelve la burra al trigo”) y aquí tenía mis casetes, pero ahora puras alabanzas usté. El señor llegó a mi vida porque ya era hora de pararse. ¿Uno se pone bien loco con esa música va?”, me dice. Él hablando y yo viendo el reloj y el tráfico, seguro de llegar tarde al trabajo. Así se fue todo el camino hablando de Nuestro Señor. Mientras le pagaba fue al grano: “¿Usted no sale de fiesta en la noche? –Pues a veces–, le respondí dinero en mano. Mire pues, yo tengo unas señoritas que son mis clientas y siempre les hago la carrera los viernes y me preguntan que si no conozco chavos que quieran salir. Usté ya sabe, ellas son tres, así que si quiere deme su número y yo lo llamo. Se consigue a unos sus amigos y los llevo a bailar o a dónde quieran”. Imaginen la vocesita pícara de aquel buen samaritano que me dejó su tarjeta esperando ese viernes lujurioso que nunca llegó.

Una noche, sí, después de un par de cervezas en Las Cien Puertas le pedí una carrera a un taxista parqueado en la calle de enfrente.

Ni bien el primer semáforo y ya había empezado la plática sobre rockeros. Contaba el chavo, con planta de bachatero, que me iba a dar su número porque “cuando quisiera salir a chupar él con gusto me hacía el viaje. Mirá vos, yo tengo clientes así rockerones. Especialmente uno, aquel sí sale y se pega las grandes socas pero mirá vos, sabe que yo soy cabal. Siempre se sube y cuando está muy bolo me da la llave, junto con el pisto. Lo llevo a la casa y si hay que entrarlo cargado, lo entro cargado, lo acuesto y para afuera, va vos. Y me vuelve a llamar porque uno en buena onda, uno es cabal y de confianza. Si para eso está el taxi, va vos, para que puedan salir a chupar, seguro”.

Lo que no sabía es que ni soy rockero ni tampoco soporto más de dos cervezas. Al rato el tipo seguía, pero esta vez preguntándome si yo sabía que había “rockeros huecos”. Eso, con una cara de extrañeza como si se acaba de enterar que en el genoma humano hay una parte de ADN sin antecedente que pudo haber venido de una raza de humanoides extinta. “Vos los mirás así todos gruesos, me decía enderezando la espalda, con sus pantalones de cuero y sus pulserotas de púas y no te imaginás. La vez pasada dos me pidieron una carrera y cuando voy sintiendo los miro en plena socadera, mano”.

Esa es parte de la magia del taxista, parte de la clave para lograr el éxito con el cliente. Saber cuando hay que hablar, cuándo el cliente necesita que lo escuchen y cuando debe hacerse invisible. Así como el taxista favorito de André, aquel que cuando iban a dejar a su traida a la casa le hacía favor de irse despacito, viendo solo le necesario en el retrovisor, mientras los besos, mientras la mano bajo la blusa.

Semáforo rojo

Todavía hoy, que escribiendo he vuelto a pensar en todos ellos, agradezco esas carreras. Sí, conocí la ciudad de noche desde sus ventanas, con los semáforos reflejándose en el vidrio y del otro lado los cuerpos cansados que vuelven al hogar o las prostitutas en sus altos tacones haciéndole compañía a las sombras. Sí, alguna vez me subí cansado y retuve las lágrimas en el asiento trasero y solo un chiste caído del aire pudo sacarme una sonrisa a las 11 de la noche. Sí, fueron ellos quienes me rescataron alguna madrugada, abandonado en la zona 5, y corriendo el riesgo de que yo en realidad fuera un maleante, me llevaron a casa.

Termino de escribir pensando en los peluches que los acompañan, en la estampita de Esquipulas, la Fabuestéreo, el comunicador que suena y el que responde: “Acá 4-25, llevo una papa para las 18 horas. –Gracias, compañero. Que tenga feliz noche. Cambio y fuera”.

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