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Crónica, Cultura — abril 14, 2015 at 11:00 am

Los soundtracks de esta ciudad

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El reguetón que sale de los carros –casi siempre marca Honda– a todo volumen. La salsa escandalosa con la que pretenden atraer clientes los almacenes de ropa. El coro de brochas anunciando sus destinos. El jazz suave de los centros comerciales. A todo eso suena la ciudad de Guatemala. 

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Foto: Santiago Billy/Diario Digital

Las luces naranjas reflejaban el tráfico de las siete de la noche dentro de la camioneta donde yo viajaba. El chofer se había encargado de iluminar el ambiente con barras neón que apenas dejaban ver a los demás pasajeros, sombras alineadas en sus asientos. Un flash se activaba al ritmo del reggaetón, el retumbar del woofer llegaba hasta el pecho, era un mal lugar para haber tenido un mal día. En esta ciudad cuando no se tiene dinero para un vehículo propio, lo que queda es soportar los estridentes gustos musicales ajenos.

Ver por la ventana era la mejor forma para escapar de aquel obscuro antro rodante. Fue desde ahí que vi a aquella pareja, parada sobre el arriate entre los dos carriles de la Calzada Roosevelt. Ella colgada de su cuello, él con una mochila a la espalda, el beso duró lo que la camioneta en pasar a su lado. Supongo que por su carga simbólica, caminar por las calles con los audífonos puestos es el segundo acto más valiente que se puede cometer en esta paranoica ciudad. El primero: dar un beso de cinco o más segundos en vía pública.

Cerrar los ojos para besar se parece en muchos sentidos a caminar con los audífonos puestos. Aquí se necesitan los cinco sentidos para estar alerta. Por eso yo soy de los que perciben todos los sonidos, mezclados e inconexos de esta ciudad.

¿A qué suena esta ciudad?

Sábado por la mañana. Despierto cerca del medio día en mi habitación, un ligero dolor de cabeza –pero sin cargos de conciencia, lo sé por los vouchers que amanecieron dentro de mi billetera– solo muchas ganas de seguir enchamarrado.

La noche anterior hice un recorrido por la zona uno, no estoy seguro de qué sucedió ahí durante todo 2013, supongo que los Miércoles de Cumbia tuvieron mucho más éxito de lo esperado, pues fue el año de la cumbialización total. ¿Tiene usted una canción favorita? En los bares del sector se la convierten en cumbia sin problemas: Queen en cumbia, Pink Floyd en cumbia, Arjona en cumbia, la Sonora Dinamita, recumbializada.

Algunas discotecas varían su repertorio con música electrónica, que en lo personal no me agrada. Me hace sentir como en una de esas fiestas de película gringa, los gringos no saben bailar, podrán mandar en nuestra política económica, pero no sobre nuestras pistas.

El señor sol ya había pasado su punto más alto en el cielo y yo sin moverme de la cama. Tomo el celular y como acto inusual enciendo la radio que tengo en el móvil. Creo que mi generación fue la última en conocerla como un aparato con perilla para sintonizar, ahora no es otra cosa que una aplicación más en el teléfono. Presiono “buscar” y caigo en una estación de música del recuerdo, la misma que sonaba en casa cuando era niño, esa donde Palito Ortega, Amanda Miguel y Los Iracundos son las estrellas. Una amiga dice que es la radio que escuchaban las mamás para planchar ropa y yo recuerdo a la mía, con la torre de camisas por delante.

Cuando yo era niño estuvieron de moda los “roba chicos” y a mi madre no le gustaba que saliéramos a jugar a la calle. Por eso solo podía estar dentro de casa, fue ahí donde liberé mis primeras endorfinas musicales. En el encierro, el método educativo de mi madre mejoró con los años. A mi hermano mayor le funcionaba el chantaje y la abundancia de lágrimas. Mi otro hermano, el del medio, utilizaba el berrinche y pataleo, al punto de vomitar. Para cuando llegué yo, mi madre ya había aprendido que la clave era no ceder ante cualquier intento de manipulación, entonces me ignoraba.

En cada episodio de rabia infantil ella optaba por irse y yo me quedaba solo con mi llanto, escuchando la radio. Recuerdo que a los cinco años, me identifiqué profundamente con aquella canción que dice “…Eshaa, eshaa sha me olvidó…” Ahora me gusta cantarla a todo pulmón, cual despechado, pero sin rencores, claro está.

Con el dolor que se siente al abandonar la cama un día destinado para el descanso, logré levantarme. Aquel fin de semana debía trabajar. Para llegar a la oficina debo utilizar dos buses, un rojo y un extraurbano. Por alguna razón estos dos tipos de ruta tienen gustos musicales muy diferentes. Los choferes de los “tomates” son más bien reguetoneros. Los pilotos de extraurbana, en cambio, son más amigos de Roberto Carlos y Camilo Sesto. Si acaso ponen reguetón, suelen no pasar de Don Omar cuando era gordito o Ángel y Khris con su “Ven bailalo”, cosas que ahora podríamos considerar reguetón retro. Sí, yo sé, el género representa la misoginia y el machismo potenciado pero ¿Qué podemos hacer? Se nos quedó grabado en la memoria musical, las canciones endulzan las historias y viceversa. Las endorfinas saben mejor cuando sacuden un recuerdo.

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Foto: Santiago Billy/Diario Digital

A los extraurbanos también les gusta el merengue, como el de fiestas de salón. A Olga Tañón la he escuchado tantas veces en la camioneta que hasta me la imagino de brocha, como la más lejana de mis fantasías, hermoso sería ver a diario a una mujer tan elegante cobrándome el pasaje (suspiro).

También la puedo imaginar vendiendo bloomers desde la palangana de un picop en el Guarda, con micrófono y altoparlante, a ellos también les gusta anunciarse con su música.

En los taxis, no sé por qué, suelo toparme con música cristiana. O tengo la suerte de subirme siempre a taxis piloteados por cristianos o esto ya es una regla. La música religiosa ha conquistado todos los géneros: hay reguetón cristiano, bachata cristiana, rock cristiano, norteñas cristianas, merengue cristiano y por supuesto, metal cristiano. Si no llegan a la fe por el rock, llegarán por el merengue.

Todo está bien / Rece para estar bien

Miércoles por la tarde: logré terminar mis pendientes del día y salgo temprano del trabajo. El tráfico de las cinco de la tarde nos hizo detenernos bajo el paso a desnivel Jorge Ubico, estamos, por así decirlo, bajo techo, como en un centro comercial.

Eso me recuerda la música del centro comercial, tan distinta a la de la calle. Desde las ocultas bocinas sale un suave jazz interpretado por Big Bands, el género de moda en Estados Unidos cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y el símbolo de tranquilidad para el capitalismo. El mensaje que enviaban era el mismo que se envía en los centros comerciales: “aquí todo está bien, puede comprar en paz”.

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Foto: Santiago Billy/Diario Digital

Afuera, en el paso a desnivel, la cosa no anda bien. El bus apenas se ha movido unos metros, un hombre con ropa sucia aprovecha la baja velocidad para acercarse con sus tambores, rostro sin limpiar, una bolsa tipo chistera de mago en mano. Entre los bocinazos (malditas bocinas) se pierde su canto, solo se escucha un balbuceo. Es el peor de los escenarios para un artista.

Afuera de los centros comerciales, afuera de las discotecas, la ciudad tiene sus propios sonidos: el roce de una llanta contra el asfalto, los gorgoritos de los emetras, la sirena de las ambulancias, la campana del heladero, un disparo al aire, un disparo al rostro, las canciones de abuelo que escucha un niño encerrado, alabanzas desafinadas y alabanzas afinadas, la compilación pirata de Wagner, Chopin, Bach o Schuman al lado de un disco de Los Temerarios. Una moneda que entra en una rocola, los que extrañan a Ricardo Andrade, los homenajes a Kurt Cobain, los trovadores que lloran la Playa Girón como si fuera la frontera por donde ingresó Castillo Armas para derrocar a Árbenz, la imperceptible notificación del celular, la rocola de los restaurantes de la “Nicaragüita” donde nunca sonarán los Mejía Godoy (u otro himno sandinista), una botella quebrada, unos labios cerrados y un beso sobre la Roosevelt.

Llego a mi casa, una cena ligera, apago las luces y termino el día, uno más a salvo. Aquí, donde deshabilitar un sentido en las calles es exponerse como botín, lo que nos queda es rebelarnos ante la paranoia. Encender los audífonos (el acto más egoísta de la música), recibir una caricia, dejar que las endorfinas corran, provocarlas hasta ahogarnos en ellas, agotarlas, y esperar a que lo peor no nos suceda tan pronto.

Amigos, conocidos y melómanos de cabecera respondieron a una pregunta: ¿Qué soundtrack le pondrían a esta ciudad? Aquí un listado con las sugerencias. ¿Cree que hacen falta? Agregue la suya en la sección de comentarios:

La ciudad de la furia – Soda Stereo

Lo que veo – Bacteria Sound System Crew

Welcome to the jungle – Guns and Roses

Zoo – Luna Fría

Se despierta la ciudad – Vicentico

Chica plástica – Rubén Blades

El juego de la vida – Dyablo

There is a light that never goes out – The Smiths

Este texto pertenece al Manual para vivir (o sobrevivir) en Guatemala, una serie de crónicas sobre la ciudad, y fue publicado originalmente el 28 de marzo de 2014 en la versión impresa de la revista. 

Un Comentario

  1. La Balada del diablo y la muerte – La renga
    Días gemelos – La Tona

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