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Cultura, Historia — octubre 2, 2015 at 12:36 pm

Lo que me contaron de la guerra

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La paz en Guatemala ya alcanzó la mayoría de edad. Pero parece que todavía no tenemos muy claro qué pasó aquí. La verdad es tan personal como los recuerdos. Los adultos seguimos contradiciéndonos, negando o afirmando con vehemencia. ¿Y los jóvenes? ¿Qué saben aquellos que nacieron cerca del fin de la guerra?  Invitamos a varios de ellos a que escriban “Lo que me contaron de la guerra”. Los relatos se publicarán durante el mes de septiembre. 

Archivo/CP

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Soy Libertad por ellos, por los que lucharon”

María Libertad Sáenz de Tejada Salazar. 18 años, estudiante de música en la USAC

Nací en 1996, un par de meses antes de la firma de la paz, crecí dentro de una familia en la cual todos fueron directamente afectados por la guerra, he escuchado a muchas personas hablar del terror a los helicópteros y el miedo que se vivía. Sé, también, que miles de indígenas murieron injustamente y que hubo un juicio por actos de genocidio y de lesa humanidad.

Los días llenos de problemas y muerte siempre han sido oscuros y nublados, no logro imaginar 36 años sin sol en Guatemala y lloro cada vez que veo a alguien llorar con sus recuerdos, aunque sé que todos necesitan sanar. Mi abuela me cuenta el sufrimiento de ser madre en épocas oscuras y siempre busco cómo empatizarme con ella y cómo empaparme de fuerzas para creer en un país mejor, pero también sé que sin todo lo ocurrido, mi familia no sería mi familia.

Foto: Archivo/CP

Foto: Archivo/CP

Pero nada ha impactado tanto en mi forma de valorar el mundo, la vida y mis decisiones como la historia de Jorge, un joven soñador integrante de organizaciones revolucionarias que creía y que luchaba tanto por quienes no tenían nada. También la historia de Carlos, su tío, artista de cabello y barba larga. En 1980 Jorge y Carlos caminaban juntos por las calles de la ciudad cuando fueron detenidos por una patrulla, todo el mundo sabía entonces que entrar ahí era sinónimo de olvidarse de la vida y de quienes amaba. El joven aterrado, con la total conciencia de que formaba parte del grupo adversario, corrió hasta alejarse, dejando a su tío en manos de dos policías. Logró refugiarse en la tienda de su tío abuelo y le contó lo que sucedía. Él le dijo que se fuera a la mierda, que tomara dinero, que desapareciera  y que él se encargaría.

En el auto, un policía ahorcaba con saña a Carlos, lo hería y le gritaba al otro policía que hiciera lo mismo. Pero el otro policía era distinto, Carlos veía en su rostro desánimo y preocupación, percibió desacuerdo y humanidad. El tío abuelo fue en auto a casa de una madre angustiada a contar lo sucedido, mandaron a las hermanas a casa de su abuelita, contactaron a toda la familia y a amigos cercanos para encontrar una solución. En eso, dos días enteros transcurrieron.

Quizá porque Carlos era parte del Teatro del Sol en Francia y los artistas guatemaltecos, incluyendo a Tasso, se movilizaron exigiendo su liberación, quizá por la amistad entre la tía abuela y Chupina, quizá por las oraciones de una madre y una hermana angustiadas, después de dos días y una noche fue liberado con las manos laceradas. Ese mismo día salió hacia México y después fue refugiado en Francia.

Estos dos hombres son parte de mi familia y un modelo de vida en la actualidad porque sé que creían firmemente en algo y no lo dejarían ir solo porque sí, también porque sus vidas continuaron a pesar de las decepciones, el miedo y la sensación de impotencia. Sus historias alimentan vidas e incentivan a muchos a ser quienes quieren ser. A veces, cuando me preguntan el porqué de mi nombre, respondo que me llamo María porque es un nombre común. Digo en broma que me llamo Libertad porque no me llamo Camila y que daría lo mismo si me llamara así. Pero sé que soy Libertad por ellos y por los que lucharon, por los que ganaron y por los que perdieron también. Yo me llamo Libertad y sé que sin guerra, hay aún mucho que cambiar y mucho en que creer.

Archivo/CP

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“Los soldados lucharon por la libertad y el bienestar de la Nación”

William Kawaneh. 22 años, Ingeniero empresarial por la Universidad Francisco Marroquín.

Lo que me han contado de la guerra me parece terrible, especialmente porque me considero un amante de la libertad. Tal vez no nací en esa época, pero conozco grandes personajes que sí.

Son muchas las familias guatemaltecas que sufrieron las agresiones y brutalidades con las que actuaba la guerrilla durante el conflicto armado interno. Sin ir muy lejos, en mi árbol genealógico, un tío de mi abuelo, finquero de la costa sur, fue víctima de estos desalmados grupos guerrilleros; asesinado a sangre fría frente a sus empleados. Este es solamente uno de muchos casos de personas decentes y honradas que fueron ultrajados de su derecho a la vida y la libertad, a manos de estos grupos.

Fueron muchos los soldados de aquel tiempo que al luchar por la libertad y el bienestar de la nación, se encontraron con un grupo de insurgentes, motivados por un ideal de izquierda, quienes acabaron con sus vidas, los mutilaron. Estos soldados velaron por la libertad del país hasta su último aliento, combatiendo a las FAR, la ORPA y el EGP.

Foto: Archivo/CP

Foto: Archivo/CP

Un amigo de mi abuela me contaba que, en el año 1982, el EGP (Ejército Guerrillero de los Pobres) cometió una masacre; entró en un pueblo y mató a todo aquel se cruzara por su camino, no importaba si era mujer, niño, anciano u hombre trabajador. El derecho a la vida fue violado sin piedad.

¿Quiénes tuvieron entonces el trabajo de evacuar a esta gente herida y movilizar los cuerpos mutilados? Fue nada menos que el ejército del país. Esos solados que siempre apoyaron a las personas heridas y a sus mismos compañeros que resultaban heridos durante el combate. Si intentara nombrar a todas aquellas víctimas inocentes de estos grupos terroristas, que lo único que lograron fue sembrar miedo en la población, probablemente nunca terminaría. Me resulta imposible creer que como pueblo guatemalteco podamos olvidar que estos grupos terroristas violaban a las mujeres en las zonas de conflicto, destruían sus hogares y robaban sus alimentos. No hay un mejor ejemplo de cómo ultrajar la dignidad de una persona, que regresar a estos años y ver la realidad a la que tuvo que enfrentarse el pueblo de Guatemala.

Mis abuelos siempre me enseñaron a tener respeto por aquellos valientes que lucharon para defendernos de estos criminales. Criminales que pretendían escribir una historia llena de ideas irreales y bastante fantasiosas, como hace todo despreciado comunista. Pero este grupo no pensó que un río de sangre decorado con un sinfín de mentiras, no los haría ver como héroes.

La fatal arrogancia de estos grupos es que pretendían hacer un bien a la sociedad, sin siquiera tener una vaga idea de cómo es que esta funciona. No entendían de economía y mucho menos de cómo se genera la riqueza. Su filosofía errónea fue lo que finalmente los llevó a la destrucción de los bienes de capital, así como a la destrucción de la vida misma.

Foto: Archivo/CP

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