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Cultura, Historia — octubre 8, 2015 at 1:22 pm

Guatemaltecos en la guerra

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La hija de un diplomático convertida en enfermera; un piloto aviador que desde Guatemala decidió viajar a Europa para prestar sus servicios; un periodista que estaba en París en el momento del estallido y que no dudó en ir a reportar desde el campo de batalla y un estudiante de música quetzalteco que, aunque no llegaba al peso mínimo para ser soldado, se empeñó en enlistarse con las tropas francesas. A cien años de la Primera Guerra Mundial, recuperamos las historias de guatemaltecos que participaron activamente en el conflicto.

Fotos: Archivo

Fotos: Archivo

El músico soldado

El compositor Ricardo Castillo llegó a París en 1891, tenía  17 años y había viajado para perfeccionar su formación musical, especialmente el violín. Pasaba sus días entre el conservatorio y los cafés parisinos donde se reunía con amigos. Hasta que estalló la guerra, en agosto de 1914 y todo cambió. No era un soldado ni pensaba en serlo, pero fue él mismo quien insistió en que le enviaran al frente: “Había voluntarios extranjeros desde 18 hasta 50 años, poco más o menos. Nos ponen a todos en ‘pelota’ y nos pesan. Yo no tenía el peso debido, pero sí el ardor de ir a pelear por la libertad, e insistí para que me tomaran; de allí ya no salimos, nos dieron una chamarra, una especie de cantimplora, un cuchillo y un tenedor, y un paquete de tabaco y nos llevaron a Rouen…”, narra en sus memorias.

Cuenta Castillo que a todos los nuevos reclutas los subieron en trenes, en vagones para ganado y que tras un interminable viaje de cuatro días, llegaron finalmente a Toulouse, para recibir entrenamiento militar. Lamentablemente, Castillo consideró que sus recuerdos no tenían mayor valor y no dio más detalles de su participación en la contienda, salvo que la dieta base de la tropa era café y pan. Apenas una nota más para comentar que cuando terminó su servicio militar regresó a París, “…qué maravilla, allí no se daba cuenta uno, en esos días, de que había guerra; sólo por unos cuantos aviones que llegaban a tirar bombas ante la indiferencia y el valor de las francesitas, que continuaban caminando por las calles…”.

No sabemos si participó en alguna batalla, porque no consta que haya escrito más al respecto. Castillo se casó con la francesa Georgette Contoux, antes de terminada la guerra, y vivieron en Francia hasta 1923, cuando volvieron a Quetzaltenango, donde vivieron durante 9 años. En 1932 decidieron mudarse definitivamente a la Ciudad de Guatemala. Ambos ataron su vida al Conservatorio Nacional de Música y se dedicaron a la enseñanza. Murió en la ciudad en 1966.

La enfermera

María Cruz

María Cruz

María Cruz resulta una figura inclasificable para un ambiente tan conservador como el guatemalteco. Fue un alma independiente que estuvo durante su corta vida, (apenas 40 años), en pos de la paz espiritual. Hija del doctor Fernando Cruz, diplomático guatemalteco que fungió como ministro plenipotenciario en París, asumió el papel de cabeza de la casa al morir su madre en 1887, cuando ella tenía apenas 11 años. Su padre recorrió las principales embajadas europeas, para representar a Guatemala ante Francia, España, Gran Bretaña, Italia y Bélgica, y por ello sus hijos María, Matilde, Fernando y José tuvieron la mejor educación posible. María, quien hablaba español y francés perfectamente, llegó también a dominar el inglés, alemán e italiano. En 1902 murió su padre, y los cuatro hermanos regresaron a Guatemala en 1904. Dos años después, María decidió volver a Europa. Aunque vivió relativamente poco tiempo en su país natal, en sus escritos se denuncia conocedora de la Guatemala rural, incluso, como cuando apunta en una carta, a propósito de su paso por Adyar, India: “…La casa tiene un solo piso, como siempre, estilo finca guatemalteca…”.

María Cruz se dedicó a la poesía, publicó su obra en revistas de centro y suramérica, pero lo mejor de su escritura,  sin duda, son sus cartas recién publicadas por la editorial Piedra Santa y Hojuelas, en un hermoso volumen bilingüe, traducido por Rodrigo Rey Rosa. En ese libro describe el interesante viaje que realizó a la India, entre los años 1912 y 1914. El viaje obedeció a un retiro espiritual en un tipo de monasterio que los teosofistas habían establecido en Benarés y terminó por razones de salud, pues resultó afectada por alguna enfermedad tropical que la obligó a regresar a Francia.

El regreso de Cruz a su patria adoptiva ocurrió semanas antes del estallido de la Gran Guerra, y aunque afectada por la enfermedad, esto no impidió que ella buscara ser útil en el esfuerzo bélico. Su amiga Hortense-Marie Héliard, oriunda de Saint-Nazaire, y a quien Cruz le escribiera las cartas de su viaje indio, las publicó en un pequeño volumen aparecido en 1916. Allí, su amiga hace un breve retrato espiritual, físico y psicológico de la poeta, y en ella nos informa, de forma lamentablemente breve: “…Volvió a Francia unas semanas antes de que estallara la guerra. Durante los meses que precedieron a su muerte, su gran preocupación era sentirse demasiado debilitada para hacerse tan útil como hubiera querido. Pero hizo todo lo que estuvo en sus manos para aliviar cualquier dolor en esos tiempos difíciles. No tenía ‘ahijados’, pero varios soldados pobres, que jamás supieron su nombre, recibieron de ella numerosos auxilios. Contribuyó a sostener un taller para ayudar a las mujeres sin trabajo…”.

A su regreso se estableció en Becon-les-Bruyeres, en las afueras de París, según señala Arturo Taracena Arriola, en unos breves apuntes biográficos que acompañan a la edición de sus cartas, “…pero a raíz de su enfermedad fue trasladada al 17 de la rue Berton, frente a la Maison de Honoré de Balzac, autor de la Comedia humana, donde falleció a las 6:30 de la tarde. Fue enterrada en el cementerio de Passy, junto a su padre…”.Falleció el 22 de diciembre 1915.

María Isabel Cruz, informa que los restos de María y su padre fueron exhumados y traídos a Guatemala, en donde reposan desde el 21 de septiembre de 1960.

El aviador

Dante Nannini Sandoval

Dante Nannini Sandoval

Otro de los guatemaltecos que participaron directamente en la guerra fue Dante Nannini Sandoval, nacido en la Ciudad de Guatemala el 13 de septiembre de 1888. Según su biógrafo, Quesada Fernández, Nannini viajó a California a principios de 1907, en 1912 trabajaba como aprendiz de mecánico en la Sunset Aviation Company y al año siguiente viajó a Nueva York para ingresar como alumno de la Moissant International Aviators, en Garden City, Long Island. Se graduó como piloto el 1 de septiembre de 1913, y se convirtió en el primer guatemalteco en volar un aeroplano. Regresó a Guatemala el 17 de octubre de ese mismo año, y se estableció como instructor de aviación.

Nannini se enroló como voluntario en el ejército italiano, una vez estallada la guerra, y partió para Europa en junio de 1915, en compañía de otros guatemaltecos que decidieron participar en la contienda, como su hermano Ernesto, Francisco Odera, Carlos León Donninelli y otros amigos de los que nos quedan solo sus apellidos: Ascani, Visón, dos hermanos Fumagalli y Ciani. Salieron del puerto de San José rumbo a Costa Rica, en donde se unirían a un contingente de ticos.

Una vez en Italia, Nannini fue asignado a la Escuadrilla 76 del Sexto Grupo, y fue destacado a varias unidades a lo largo de la guerra. El 1 de mayo de 1916 fue delegado para defender la ciudad de Verona. Un resumen de su hoja de servicios reporta tres aparatos abatidos y un globo frenado, incluso llegó a ser propuesto para la Medalla de Plata al Valor Militar. En 1917 fue reasignado a la Escuadrilla 78, para participar en la gran retirada, luego de la batalla de Caporetto.

En una entrevista que concedió al Diario de Centro América en 1919, su paisano y amigo, Carlos León Donninelli, contó a los periodistas que Nannini había hecho pintar la silueta de un indio en la cola de su avión, por lo que los demás pilotos lo apodaron “el Indio de Guatemala”. En 1918, como parte de una nueva escuadrilla, participó en varios combates aéreos y luego fue rotado a la 133 escuadrilla, en donde sirvió a las órdenes del legendario piloto y escritor, Gabriele D’Annunzio.

La última carta que escribió el piloto, el 18 de noviembre de 1918, una semana después de firmado el armisticio, fue a su cuñado, en donde relata: “Victoria, querido José, vencimos como queríamos y por lo que combatimos. No hay palabras para describir lo que he sentido y siento desde el principio de este mes. No creí nunca que el cañón dejara de vomitar fuego en este año, creía pasar otro invierno entre el frío y la muerte (…). No menos fue mi alegría haber tenido la fortuna de encontrarme en París el día 11 del corriente, día en que victoriosamente se suspendieron las hostilidades. La noche anterior no había dormido  nada, con mis compañeros y colegas pasamos en servicio, pero esperando de un momento a otro la grata noticia, finalmente a las 6 de la mañana nuestro jefe nos la da abrazándonos…”.

Dante Dannini sobrevivió a un sin número de combates aéreos en los cielos italianos, mereció por su destacado desempeño la Cruz al Mérito de Guerra, de Bronce y Plata. Pero la peor de las ironías fue que en su camino de regreso a casa, a su paso por la ciudad de Nueva York, contrajo influenza y murió en el Hospital Italiano de esa ciudad el 11 de enero de 1919. Sus restos fueron repatriados por órdenes del dictador Manuel Estrada Cabrera y descansan en el Cementerio General, completamente olvidados, luego de que su monumento funerario, construido gracias a donaciones, fuera desmoronándose poco a poco.

El periodista

Enrique Gomez Carrillo

Enrique Gomez Carrillo

Enrique Gómez Carrillo recorrió los campos de batalla del frente occidental de forma incansable durante los años que duró la guerra. Su primera visita a la línea de combate ocurrió en noviembre de 1914, cuando las esperanzas de que la guerra durara apenas unas semanas se habían estrellado con la realidad de la guerra de posiciones. Los soldados ya estaban enterrados en el terrible mundo de las trincheras, y sus sórdidos paisajes son los que Gómez Carrillo narró durante los siguientes años.

Un rápido vistazo a sus crónicas nos permite ubicarlo en 1915 en las localidades de Meaux, Monthion, Senlis, Soissons, Arras, Toul, Fontenay, Liverdun, Frouard, Toul, Troyón, Amines y Nancy; en el año de 1916 recorrió Boulonge, en donde visitó los pabellones de un hospital británico cerca del mar, en el que convalecían las tropas que habían sufrido los ataques de gas alemanes, ese año visitó también el frente de Flandes y fue testigo de la carnicería de Yprés. En París tuvo que defenderse de sus enemigos, que le acusaban de haber traicionado el amor de Mata Hari, para entregarla a los franceses.

En su apartamento parisino de Rue de la Castellane, al número 10, funcionaba la Association des Correspondents de Guerre de la Presse Étrangere. El continuo ajetreo que su profesión le exigía, lo dejó desmoronado mentalmente de forma que a principios de 1918 se retiró a descansar a Niza, pero en noviembre de ese mismo año lo tenemos nuevamente integrado a su trabajo periodístico, reportando los festejos del armisticio en Verona, en el frente italiano.

En una de las páginas de su libro Campos de batalla y campos de ruina, publicado en 1915, apunta la impresión general del conflicto con una frase corta, contundente: “La guerra, vista de cerca no es bella, no. Es horrible. Aunque se empeñe en engalanarla con festones de heroísmo, la dura realidad aparece siempre en cifras de espanto…”.

Foto: Archivo

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