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Columnas, Cristhians Castillo, Opinión — diciembre 11, 2015 at 12:28 pm

Balances y premoniciones

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Hablar del 2015 será referirse a un año de cambios inesperados, de luchas ciudadanas, de recuperar la moral y la dignidad colectiva, un momento de nuestra historia en el que se rescató la justicia como pilar de la república y se redimió la soberanía popular al relevar del mando a los malos gobernantes que anteponen sus intereses a los del pueblo.

Las gestas de abril a septiembre demostraron que como sociedad recuperamos la voz y repudiamos la corrupción, la impunidad y el abuso de autoridad de “servidores públicos”, unos electos y otros designados, que escalan en la pirámide social a costa de los recursos públicos y el bienestar colectivo.

La indignación se transformó en voto y depuró superficialmente a una clase política que delinquió desde sus espacios de poder y secuestró la democracia y el Estado, para el beneficio particular de sus financistas, de sus círculos familiares y clientelas locales sobre las cuales construyeron sus imperios.

Mirando hacia el futuro, el 2016 iniciará en medio de gran incertidumbre, pues la voluntad popular llevó al poder a la oferta de transparencia, que ofreció nombrar a los más honestos e idóneos en los cargos de decisión pública, directamente vinculados con la ejecución del presupuesto.

Sin embargo, no hay que olvidar la efectividad del Estado, fundamental en un momento político en el que la ciudadanía espera resultados en corto tiempo y parece poco dispuesta a aceptar excusas y retórica aspiracional.

El primer gran desafío: integrar un equipo de trabajo –que es mucho más que solo 14 ministros– plural y representativo de los actores sociales dispuestos a volver a las calles si el nuevo gobierno no responde a sus expectativas. Esta tarea supone un reto, sobre todo al ver cuántos oportunistas toman por asalto a los electos, copándolos y queriendo imponer sus intereses, por la vía de filtrar un gabinete que con tantas corrientes de poder, exigirá del presidente un liderazgo capaz de conducir la Torre de Babel.

Además, deberá responder a los sectores sociales que desde ya ven con desconfianza esa rosca que se entreteje alrededor del presidente electo Morales, encabezada por sectores tradicionales de poder, facciones militares, sectores religiosos y conservadores.

De las lecciones aprendidas, destaco el cuidado que deberá tener el presidente con la sobreexposición mediática, pues se eligió un mandatario y no un conductor de televisión, como lo intentó el señor Pérez Molina. La gestión pública requerirá gran capacidad de diálogo y concertación, que no se logran solo manteniendo entretenida a la audiencia.

Desde el Estado, se deberá promover la reactivación del modelo económico estancado, acostumbrado a reproducir capitales mediante privilegios y basado en el futuro inmediato, en megaproyectos, extractivismo comercial, la nueva matriz energética y manufactura ligera de exportación, que es competitiva si cuenta con subsidios o prerrogativas públicas.

Esto supone que el empresariado organizado promoverá acciones que busquen sustituir inversión social, por incentivos a la actividad económica.

El cambio económico requiere de cambios políticos, lo que hace suponer que el primer año del nuevo gobierno es el propicio para impulsar reformas de Estado, que den confianza a los inversores para generar empleo, promover el consumo y reactivar la economía.

Todo esto a la sombra de una contrarreforma que podría poner en riesgo las garantías constitucionales que hemos gozado desde 1985 y que fueron la base para las manifestaciones de calle, 30 años después.

La tarea de promover el desarrollo y la gobernabilidad no es solo responsabilidad del gobierno central, el Congreso y las élites económicas, es también un reto para la sociedad, que empieza por romper las lógicas criminales que orientan el funcionamiento de nuestra institucionalidad pública. ¡Bienvenido el 2016!

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