Columnas, Opinión, Salvador Paiz, Tejedores — diciembre 11, 2015 at 5:29 pm

El despertar ciudadano

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Después de años de autocensura, finalmente empezamos a curar las heridas de nuestro silencio. Columna de Salvador Paiz. 

La cleptocracia nos ha robado la posibilidad de vivir en un país próspero, productivo y en paz.

Aunque es muy difícil –y casi imposible– calcular el costo total de haber padecido silenciosamente este mal, podemos dimensionar los costos directos de tan solo algunos recientes escándalos de corrupción al compararlos con montos de funcionamiento del Gobierno. Algunos ejemplos son: (i) la compra del “agua mágica” que limpiaría el lago de Amatitlán costó Q137 millones, lo cual equivale al funcionamiento del Ministerio de Ambiente; (ii) el contrato en el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) para el servicio de hemodiálisis ascendía a Q116 millones, monto equivalente a la compra de 175 ambulancias equipadas; y (iii) la defraudación aduanera por parte de La Línea, según las investigaciones, generó pérdidas al fisco por Q500 millones, es decir casi seis meses de trabajo del Ministerio Público.

Cita Salvador

Más allá de estas comparaciones, la disfuncionalidad institucional provocada por la corrupción supone un costo indirecto, pero palpable para todos los guatemaltecos.

Este va desde sufrir un accidente por transitar en una obra pública que no cumple con los estándares mínimos, hasta la muerte de un familiar cercano por no contar con el tratamiento adecuado en un hospital público.

A largo plazo, este cáncer tiene
 secuelas gravísimas para el país
 entero y sus futuras generaciones. Los altos niveles de corrupción aumentan el endeudamiento de toda la nación y reducen considerablemente los ingresos para el funcionamiento correcto del Gobierno, sobretodo para hacerle frente a compromisos ya pactados y a las grandes necesidades rezagadas que no han sido priorizadas.

Además, por cada cinco puntos que empeora la percepción de corrupción en Guatemala, la Inversión Extranjera Directa (IED) se reduce en 6.58 por ciento. Dicha disminución de la IED repercute negativamente en el potencial de generación de empleo y en toda la economía nacional.

La enfermedad estaba a punto de matar al paciente, por lo que nuestro despertar en contra de la corrupción es muy oportuno. Los guatemaltecos pasamos de un estado pasivo a un estado de activación ciudadana, hemos aceptado la pelea como propia.

Gracias a nuestra proactividad salimos victoriosos en algunos aspectos. Según datos del Ministerio Público y la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), las capturas de funcionarios y empleados públicos por casos de este tipo, desde enero hasta los primeros días de noviembre, ascienden a 602.

Sin embargo, la cifra podría ser mayor ya que ese registro no toma en cuenta todos los ministerios y dependencias de los órganos estatales. Los datos citados muestran que, del total de detenciones, el 43 por ciento se refiere a empleados y extrabajadores del Registro Nacional de Personas (RENAP), 35 por ciento de la Policía Nacional Civil, 8.6 por ciento del IGSS, 1.6 por ciento del Ejecutivo y 0.8 por ciento del Judicial.

Estas capturas no se hubieran realizado, sin la activación de los guatemaltecos. Hemos pasado de una cultura de autocensura por miedo a represalias, a una cultura de denuncia y cero tolerancia a las violaciones de ley.

La participación ciudadana se ha convertido en la herramienta más valiosa. Con ella hemos influido directa e indirectamente en la toma de decisiones dentro del ámbito público. Pero además, hemos fortalecido nuestra república democrática a través de nuestras exigencias. Esto ha dado paso a que los ciudadanos colaboremos en el importante proceso de fortalecimiento institucional, que hace tanta falta en Guatemala.

Debemos continuar con esa activación ciudadana, sobretodo con la entrada del nuevo gobierno.

Actualmente, nuestro país enfrenta varias crisis –a nivel financiero, en el sistema de salud, en educación, infraestructura, etcétera– y somos nosotros los responsables de acompañar la protesta con propuestas. No se trata de criticar por criticar o tachar sin fundamento. Ser un ciudadano activo no es solo fiscalizar y protestar en contra de la corrupción, sino también ser coherentes y responsables con nuestro actuar del día a día y al cumplir las obligaciones con nuestro país.

¡Vamos por una mejor Guatemala!

 

 

 

 

 

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