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Blogs, El país del olvido, Opinión — enero 7, 2016 at 3:53 pm

La Ilustración y la visión educativa (2/2)

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La Ilustración francesa resultó radical al lado de la inglesa por el hecho que dios era para los filósofos franceses sinónimo de abuso y persecución. No dejó espacio para que las visiones religiosa y epistemológica se conciliaran sino marcó los extremos: se posaba ante una tradición católica feudal con la que quería acabar. La metafísica quedaba prácticamente afuera y se dará incluso una tendencia ateísta (en gran parte por la influencia de Hobbes). La tendencia a la ruptura trascendió la esfera religiosa y pronto la Ilustración francesa se inclinaría por un orden republicano más que monárquico, aunque la monarquía fuera constitucional. Sin embargo siempre le daría preeminencia al racionalismo sobre el empirismo.

Los resultados no fueron en absoluto los ideales. La enciclopedia intentó resolver la falta de acceso al conocimiento producto del programa del ancient régime y el absolutismo desde una sola perspectiva: revivió algunas ideas de la antigüedad pero se centró principalmente en reunir nuevas ideas de modo que no se basaran ni en la autoridad tradicional ni en Platón o Aristóteles sino en la autoridad de la razón. Se entendía con ello que la modernidad era esa que producía conocimiento por sí sola. Uno de los pocos pensadores de la Ilustración que se detuvo ante esta y la cuestionó fue Jean Jacques Rousseau (1712 – 1778), quien con su Emilio, o la Educación (1762) hizo una propuesta pedagógica que no sólo se salía de los principios establecidos por la razón sino que los atacaba. Rousseau entendía que la Ilustración estaba perdiendo de vista la importancia de ese lado no intelectual y no racional del ser humano e invitaba a volver la vista hacia los sentimientos y el sentido íntimo de la moral. Su Emilio era educado a partir de su propia naturaleza, tendiente a la bondad, alejándolo de la influencia de la sociedad “educada” -civilizada-, que era la que realmente podía, según él, corromper al hombre: la evidencia para él eran las personas atrasadas, parciales y corruptas a su alrededor, producto estas de ese nuevo sistema.

La cultura centroeuropea fue influida por las ideas de Rousseau pero sobretodo más adelante, en el siglo XIX, cuando los no tan felices resultados de la Ilustración se hicieron más evidentes. Se dice, sin embargo, que Rousseau “plantó un tormento en todas las almas”, aún en aquéllas que no se identificaban con su visión. Su nueva actitud ante la religión, la nueva visión de una sicología en el individuo que va a inundar el ámbito artístico y literario, la invención de la doctrina moderna del nacionalismo y su teoría educativa centrada en el niño, tuvieron tanto buenas como malas consecuencias en el siglo siguiente. Rousseau fue, hasta cierto punto, la voz de las ideas que iban surgiendo cuando la Ilustración abandonó su punto más alto, dándole paso al Romanticismo y a una nueva concepción educativa cuyas raíces se fueron profundizando en la educación moderna. La conciencia cívica como parte de la misión educativa propuesta por Rousseau adquirió sentido en las formas democráticas de convivencia humana un siglo más tarde.

Los adelantos de la ciencia moderna, desde Galileo hasta Newton, la crisis de la conciencia europea de las dos últimas décadas del siglo XVIII, la reacción antibarroca, de la mano de las tendencias críticas histórica y filosófica, obligaron a los colegios jesuíticos a buscar adaptarse, aún en contra de la Ratio de 1599. En 1692 se publicó en París la nueva Ratio discendi el docendi, que complementaba la Ratio anterior, agregándole los requisitos del aprendizaje de la cultura literaria en lengua vulgar, la erudición histórica y el conocimiento de las ciencias modernas. En 1703 una segunda edición de esa Ratio se publicó en Florencia. Sin embargo, en el siglo XVIII la cultura moderna ya en desarrollo, así como la tendencia utilitaria, dejaban a la educación jesuítica al margen, que no parecía ya adaptable a la Ilustración. Esto dio lugar a quejas generalizadas en contra de la compañía y sus colegios, dando paso a las persecuciones que llevarían a su supresión canónica en 1773.

Así como el humanismo se había mantenido en España primordialmente bajo la capa de la Iglesia (el cardenal Cisneros y la fundación de la Universidad de Alcalá fueron decisivos para la presencia del Renacimiento), mientras que no se dio tampoco un sistema de mecenazgo sino sólo un patrocinio nobiliario con visión católica, la Ilustración española fue un movimiento gradual, si bien espontáneo, de renovación cultural definido principalmente por el carácter conservador. La monarquía asumió buena parte de sus propuestas reformistas y ofreció protección al movimiento, definiéndose como un despotismo ilustrado. Las relaciones entre intelectuales y políticos fueron constantes pero considerando que unos dependían de otros, la libertad de desarrollo de ideas auténticas y “anti-tradición” fue mínima. La política aprovechó de los ilustrados materia para sus fines de fomento económico y reforma administrativa. Esto significó también una herramienta para influir positivamente la opinión pública, la cual cada día era más consciente de las acciones del Estado por medio de la difusión de medios previamente censurados, la supresión de cuerpos considerados anti-reforma (como el cuerpo jesuita) y la reducción temporal de la Inquisición (hasta que una nueva oleada represiva estallara en España en la época de la revolución francesa). Esa fue la Ilustración que definió la Edad de Oro española en su etapa más tardía: una Ilustración a medias, que a puras penas logró calar en la sociedad peninsular, donde ya se debatía una impronta de guerra civil entre la Guerra de sucesión y la Guerra de Independencia.

Si bien las reformas borbónicas propusieron una serie de cambios en España y sus colonias, el absolutismo sufrió un quiebre que se manifestó en las Cortes de Cádiz. El feudalismo español llegó a su máxima expresión y acto seguido cayó víctima de un sistema disfuncional y contradictorio, consecuencia de los “logros” reformistas y el agotamiento del viejo orden y la lenta y dramática configuración de un sistema social alternativo que en algunos países de Europa se estaba imponiendo: el capitalismo.

En Hispanoamérica, la expulsión definitiva de los jesuitas en el año 1767 significó el inicio de una nueva etapa en el sistema educativo colonial, si bien pequeños cambios se habían venido dando desde 1750 por influencia de prelados ilustrados. El gobierno metropolitano intervino cada vez más en la misión educadora dando paso a constantes reformas administrativas y económicas así como la creación de nuevas instituciones destinadas a la formación. Esto le dio espacio a nuevos conceptos pedagógicos, los cuales se mantuvieron en la mayoría de casos hasta muchos años después de la independencia.

Aún dentro de ese esquema y sus limitaciones, por el control del Estado, la ilustración española produjo una gran cantidad de publicaciones, si bien ninguna de estas proponía una política educativa planeada cuidadosamente que le diera fundamento a las reformas borbónicas en ese tema. Hasta el cambio de la monarquía la educación, en todos sus niveles, había estado a cargo de la Iglesia, con la colaboración controlada de los municipios. En el aspecto educativo la corona española se había definido por una visión generalizada que concebía a la poderosa herramienta educativa como una manera de formar “buenos cristianos” y por lo tanto consideraba que la educación no se le podía confiar a los ciudadanos, debiéndose mantener como responsabilidad de la Iglesia. La influencia de la secularización, la centralización y la uniformidad, ideas adoptadas por la monarquía borbónica, absoluta y sobre la Iglesia, supuso un cambio, si bien no pensado concienzudamente desde adentro. Circularon planes y proyectos educativos e incluso se legisló, propiciándose el cambio de opinión popular por medio de la prensa, de discursos y de las Sociedades Económicas de Amigos del País, consiguiéndose el apoyo a una reforma educativa. Sin embargo nunca se pudo desarrollar un plan general que pudiera servir como pauta a la corona o las colonias, ni se resolvió el principal problema que enfrentaba la educación de entonces: la financiación de la enseñanza, aspecto que obligó a mantener un método y recursos tradicionales. Se mantuvieron también las mismas estructuras y con estas las mismas deficiencias que habían generado la iniciativa de reforma en primer lugar. No hubo tampoco una preocupación por la formación de los profesores, que seguían siendo religiosos, ni se buscó mejorar su preparación científica. Tampoco se integraron nuevas materias de enseñanza, lo que significaba que la educación se seguía centrando en la transmisión de saberes medievales.

El fracaso de la reforma en las instituciones existentes creó sin embargo la posibilidad de crear nuevas, como las reales academias, el Colegio de Medicina y Cirugía en Cádiz, el Observatorio de la Marina y la Real Academia de las tres Nobles Artes con el título de San Fernando, entre otras. Tras la expulsión jesuítica, Carlos III le dio impulso a los seminarios conciliares para la formación de los clérigos y dictó una legislación sobre el magisterio de primeras letras. Impuso como obligatoria la Gramática de la Real Academia de la Lengua a la vez que acentuó el control político de las universidades, nombrando directores y censores a cargo no de la calidad sino del contenido de enseñanza, cuidándose de cualquier difusión de ideas políticas. Carlos IV fue más radical en ese sentido, por el miedo a la influencia que la revolución francesa en desarrollo podía tener en su reino. Ya para 1786 el ambiente en la Península y sus colonias había cambiado y las Sociedades de Amigos del País, el producto más genuino de la Ilustración española, evidenciaban su fracaso, dando paso a una verdadera decadencia.


BIBLIOGRAFÍA:

-Abbagnano, N; Visalberghi, A. Historia de la Pedagogía. Fondo de Cultura Económica. México 2008.

-Bowen, James, Historia de la Educación Occidental, II. La civilización de Europa. Siglos VI a XVI. Barcelona, 1986.

-Delgado Criado, Buenaventura. Historia de la Educación en España y América. Vol. 2: La educación en la España Moderna (siglos XVI-XVIII). 1992

 

 

-Luján Muñoz, Jorge, editor general. Historia general de Guatemala Vol IV. Asociación de Amigos del País. Fundación para la Cultura y el Desarrollo, 1993-1999.

-Roberts, J.M, Westand, A. The penguin history of the world. 6th Edition. Penguin, London 2013.

 

 

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