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Columnas, Maria Olga Paiz, Opinión — enero 20, 2016 at 4:41 pm

Perfil de un trol

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Actitud prepotente y alardes de sapiencia, expertos tan solo en sabotear entendimientos. 

¿Cómo reconocer a un trol? Es un ignorante por tesón propio (que no por circunstancia) a quien le da pereza informarse, pero igual quiere opinar sobre cada tema y además, persuadir al público de que lleva toda la razón para no tener jamás que mudarse de la acomodada costumbre donde ha asentado un intelecto fofo. Se ceba con las agresiones verbales, la descalificación y las trampas racionales donde no pocos incautos caen como ratones.

Debe haber usted tropezado con alguno, en las redes o en alguna sobremesa. “Ni modo, defiende eso porque es la diputada Campero”. “El ministro es un achichincle de los Gutiérrez”. “¿Vamos a creer que defiende la libertad de acceso a la información alguien que lleva 20 años en esa cueva de Alí Babá, un diputado de la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE) precisamente?”. “El fiscal es un gay resentido que anda buscando quién se la paga”. “La Fiscal es una peluda, izquierdosa, de una familia de guerrinches”. “Los periodistas son siervos de la oligarquía, por eso los defienden”. “Solo los hambreadores pueden pensar que el salario diferenciado es una opción para el desempleo”.

En lógica se conoce como argumento ad hominem (del latín contra el hombre) a la falacia que intenta desacreditar a la persona que defiende una postura señalando una característica impopular de esa persona. Es el favorito de troles y otros gandules del pensamiento.

Se utiliza a menudo en el discurso retórico, porque a pesar de su falta de sutileza resulta poderoso para convencer a quienes se mueven más por sentimientos que por razones lógicas. En lugar de debatir con argumentos, se ataca a la persona que los expresa: si es de pueblo, indio, naco, chafa, ricachón o izquierdista, desviado o cachureco, desprolija o infiel, importa más que la tesis que defiende o critica.

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Si algo puede elevar nuestra discusión —sea esta sobre salarios diferenciados, justicia transicional o prioridades de gobierno— es aprender a detectar este recurso retórico que sustituye la evidencia contra el argumento por la evidencia (o la especulación) contra la persona que sostiene ese argumento.

En la lógica del trol, el conocimiento deja de ser el objetivo del intercambio: solo ganar importa y para ello vale cualquier treta. Aquel que iza el argumento ad hominem, quiere confundir la mente de su audiencia. Busca crear dentro de sus cabecitas un resbalón lógico. Funciona así: A sostiene X. Hay algo reprochable a A. Por tanto, X es falso e indeseable. Han caído ustedes en la trampa.

Una justa dosis de escepticismo es saludable. Es prudente revisar las credenciales de una persona antes de confiar en su testimonio. Pero la sobredosis, como nuestra experiencia nacional comprueba, nos vuelve paranoicos y nos condena a la estulticia mental.

El de los troles es un recurso de persuasión, especialmente nocivo porque obstaculiza la creación de pensamiento nuevo y más aún quizá porque actúa como un ácido que corroe las relaciones sociales. ¿Cómo puede ser viable una sociedad en la que los activistas desacreditan a los empresarios, los empresarios difaman a la prensa y los periodistas denigran a los funcionarios; los funcionarios calumnian a los fiscales, los fiscales critican a los jueces y los ciudadanos desconfían de activistas y empresarios, periodistas y funcionarios y fiscales y jueces y militares y vecinos de sospechosa filiación?

Con tanta desacreditación maliciosa, cortesía de troles profesionales y amateurs, es difícil construir algún nivel de confianza. Cada vez que una persona descalifica al adversario, sin abordar las ideas de ese adversario, ahonda en la vernácula suspicacia hacia los otros. Cada vez que cerramos el entendimiento a los argumentos ajenos, cerramos la puerta a posibles acuerdos, encuentros y soluciones. Sumidos en el recelo, alimentado por los ataques ad hominem de los troles, la convivencia pacífica será siempre un espejismo más allá de nuestro alcance.

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