Columnas, Maria Olga Paiz, Opinión — febrero 18, 2016 at 9:00 am

El dolor de no fingir

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La mayor representación de sufrimiento ante una audiencia indiferente e inconmovible.

El dolor de no fingir

Si los prejuicios de tantas personas tuvieran fundamento, las mujeres de Sepur Zarco tendrían que arrasar en esta temporada de óscares. Su actuación ha sido tan convincente que hasta diría una que no hay pliegues ni doblez entre sus personajes atormentados y vergonzantes, de rostros cubiertos, y ellas mismas. Son la imagen del pudor, sentadas en los bancos del tribunal, como en los de una iglesia a la que han ido con sus ruegos. No ha hecho falta que gesticulen con los 43 músculos del rostro pues el lenguaje de sus cuerpos pesados, entregados a la gravedad de los recuerdos, ha sido suficiente para transmitir la angustia.

De una economía brillante, la actuación. Las quince q’eqchi’ merecerían el reconocimiento de alguna academia de cine, ser nominadas como actrices en esos festivales extranjeros por su papel en esta ópera sobre los meses o años que permanecieron cautivas en un destacamento militar, forzadas a tener sexo y luego cocinar para violadores.

Logran hacer parecer real, demasiado real esa pretendida ficción.

¿Y qué me dicen del guionista? Otro óscar para él, seguro extranjero, de mente retorcida. O de repente y quién quita un nativo inspirado, como el mismo Rodrigo Rosenberg que planeó su muerte para culpar a otros y hacer quedar mal a Guatemala frente al mundo. No será un guión original el de las mujeres de Sepur Zarco, pues seguro es una historia adaptada de guerras en otras latitudes más primitivas a la que ha dado el guionista un decorado exótico. Tal vez peca de hiperbólico, de exagerado. Las cajas con huesos de los maridos muertos y esa parte en que a Dominga Choc la violaban frente a sus dos nenas, resulta ya casi inverosímil. De lica de Tarantino, pues.

Captura de pantalla 2016-02-17 a la(s) 15.04.02

El encargado del vestuario también merecería nominación, pues el detalle de mantillas jaspeadas se ha prestado para una fotografía maravillosa, de un sutil contraste con la historia de sórdida esclavitud sexual que se ventila.

No crean, yo también desearía que fuera una representación, una película, que me permitiera una distancia hipotética de esa historia tremenda. Algo como lo que ofrece Room, el largometraje sobre la joven a la que un viejo sicópata encerró en un sótano por siete años, durante los cuales la violó y la preñó. Poder decir, en las escenas más sórdidas: “Es solo una lica”.

Pero las manos de las viudas no me dejan. Parecen obras de Guayasamín, esas manos. Esas manos, el desasosiego. Véanlas, por favor. Tan secas y leñosas que teme una que prendan fuego si siguen restregándose una contra otra, mientras en el tribunal los agresores hablan en idioma ajeno. Otra mano soba la mantilla que le cubre el rostro, como un niño pequeño su manta, buscando compulsivamente consuelo. Y qué me dicen de ese otro par de manos tan inmóviles que parece que alguien más las hubiera dejado olvidadas sobre su regazo. Duele verlas. Porque al ver las manos, que no se saben vistas, imaginamos. Comprendemos con el cuerpo.

No les culpo por querer desviar la mirada, taponar sus oídos, cerrar sus mentes. Los humanos somos cobardes y solo a veces, también, extraordinariamente valientes. Por lo general, preferimos fabricar nuestras propias ficciones protectoras. Como esa en la que quisiéramos que eso que las mujeres de Sepur Zarco declaran bajo juramento se trate de un cuento de horror, pero cuento al fin –uno que no nos haga sentir tan expuestos o tan cómplices. Ojalá y se tratara de un invento magistral, con actrices y guionistas extranjeros cuyo arte ha logrado conmovernos lo justo. Poder salir de la sala de audiencias, como de una sala del cine, pasar de la penumbra del teatro a la luz del día, comer pizza y hacer comentarios casuales, educados y brillantes sobre lo que acabamos de ver. No llevar en cambio el alma desbordada de congoja y oscuridad por estas mujeres cuyas manos no encuentran paz.

Un Comentario

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