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Columnas, Maria Olga Paiz, Opinión — marzo 3, 2016 at 8:28 am

Basura y psicología inversa

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Mejor sería poner vertederos autorizados, que insistir en letreros que prohíben botar basura.

(Foto: Dafne Pérez - CP)

(Foto: Dafne Pérez – CP)

Hace un tiempo, una conocida me contactó por chat para enviarme un juego de fotos de basureros. Cada montaña de desperdicio coronada con su letrero de “No votar basura” o “proivido tirar basura. multa Q50”. Tal vez quería que escribiera yo algo sobre los delitos ortográficos del guatemalteco común.

En vez de eso, me saltó a la vista otra particularidad.

¿Por qué se acumula la basura precisamente alrededor de los letreros? Es una vista tan silvestre en nuestro paisaje –como si fueran árboles de basura al que un viento ha botado de las ramas hasta el último de sus envases resecos y bolsitas metálicas–, que ni siquiera reparamos en ellos, los letreros del absurdo.

La pregunta acude cada vez que me topo con uno de los basureros clandestinos en el lindo paraje junto al río o el baldío municipal en las afueras de cada pueblo. Aunque –¿clandestinos?– no hay nada oculto ni secreto en esos vertederos, generalmente ubicados en algún sitio prominente y a la vista de todos.

Ensayo respuestas, a modo de divertimento mental. Es útil, a veces, ese método para deshacerte de pensamientos repetitivos.

Como soy de aquí y tengo una mente retorcida y conspiratoria, lo primero que se me ocurre es ¿existirá acaso algún espíritu chocarrero, pero muy disciplinado que vaya por ahí plantando letreros de “no votar basura” justo en medio del muladar? Siempre es preferible pensar que hay un único culpable de nuestros vicios.

Tiene más sentido (al menos del humor) que pensar que un íngrimo letrero va a disuadir a algún vecino de tirar ahí sus cáscaras, envases plásticos, huesos de pollo, sus 14 onzas de basura personal diaria, cuando nadie le ve. Sobre todo, si ya el lote es un vertedero de hecho y no hay otro sitio público próximo y conveniente para deshacerse de ella. Más aún, si esto no es Singapur donde te imponen mil dólares como multa por tirar un papelito en la vía pública. ¿Es que alguna municipalidad del país, a pesar de gastar tanta pintura en letreros que así lo advierten, ha impuesto multa alguna, de 50 o 100 quetzales, por tirar basura en un sitio indebido?

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No me explico, además, porqué insisten en las palabras cuando bastaría la silueta de un hombre depositando en un cubo la basura. Tachada, claro. Porque, vamos, podría ser que en algunos casos el analfabetismo fuera un valladar para la comprensión del mensaje.

O tal vez, me respondo, se trata solo del espíritu contradictorio de los guatemaltecos. Si nos sugieren blanco, preferimos negro. Encontramos en la desobediencia y en el desafío a la autoridad una reafirmación adolescente, pero vital, frente a las opresiones acumuladas en nuestro inconsciente colectivo.

Tal vez haya en la conducta una expresión del despecho frente a la autoridad municipal u otra que solo se hace presente para prohibir y no se le ve el cacho cuando se la necesita.

Incluso, me digo, podría haber entre los sucios algún insumiso de principios: ¿por qué habría de obedecer a una autoridad que no sabe siquiera prohibir en buen español?

Lo que necesitaríamos para erradicar los basureros clandestinos y sus letreros de dudosa ortografía, son programas municipales para el tratamiento de desechos y más vertederos autorizados para los 4 de cada 10 vecinos, en promedio, que se resisten a pagar la extracción de basura a domicilio.

Vista nuestra idiosincrasia y la creciente producción de basura per cápita, lo más sensato sería usar la psicología inversa. Poner letreros en que se invitara a los ciudadanos a botar allí su basura. “Por favor, deje aquí su basura” o “Su basura es bienvenida”. Entonces, les entraría la sospecha de que alguien sacara quizá provecho de eso que ellos pretendían desechar y se la llevarían de vuelta a sus casas dispuestos a reciclar y hacer abono orgánico. Quién quita.

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