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Centroamérica, Mundo, Seguridad — marzo 21, 2016 at 8:39 am

La mujer del comandante

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Conoció la cárcel en tiempos de Somoza. Fue secretaria de Pedro Joaquín Chamorro. Se hizo poeta en tiempos de la revolución. Hoy, encarna el poder en Nicaragua.

*Artículo publicado en la edición inicial de ContraPoder Centroamérica, el 26 de febrero de 2016.

La mujer del comandante. Rosario Murillo, dueña del poder en Nicaragua. AFP PHOTO / Fayez NURELDINE

La mujer del comandante. Rosario Murillo, dueña del poder en Nicaragua. Fotografía: Fayez Nureldine/AFP

Argelia, 1980. Visita oficial del presidente de Nicaragua, comandante Daniel Ortega. A Ortega lo acompañan funcionarios del Gobierno, asesores presidenciales, periodistas del diario oficialista, Barricada, y un personaje incómodo para el protocolo oficial: una mujer delgada, de cabellera negra ondulada que cae sobre sus hombros, labios finos en una boca ancha, cejas depiladas y ojos con altas pestañas. Camina unos pasos atrás del Comandante, el hombre de verde olivo que dirige la revolución sandinista. Ella, Rosario Murillo, nunca va a su lado. No le habla directamente en público, aunque en la lista figura como su asistente personal. Se somete mansamente a la rigidez del protocolo hasta que llega el momento de acomodar a la comitiva. Los funcionarios argelinos disponen habitaciones, ordenan a los botones que trasladen equipajes. Ella pide que sus maletas vayan a la suite del Comandante. Los funcionarios argelinos se resisten educadamente, intentan explicar a madame que su equipaje no puede estar en esa habitación. Ella insiste. Le espeta a uno de los encargados del protocolo argelino: Je suis la femme du commandant!

2-Rosario-MurilloEsta escena la recuerda una tarde de finales del pasado enero una de las personas que estuvo en aquella comitiva. Asegura que en los viajes oficiales Rosario Murillo siempre generaba un problema de protocolo, porque ella no viajaba como la esposa de Ortega, como lo sería una primera dama en toda la regla, y además temía del Comandante, un hombre que debía demostrar una postura de duro, un militar a cargo del gobierno y la defensa de un país atacado por Estados Unidos, que viajaba por el mundo para pedir respaldo a la revolución sandinista. Pero la verdad era que Murillo era su mujer, a quien se acercó en Costa Rica a finales de los años setenta, cuando Ortega salió de la cárcel tras siete años de encierro por el régimen somocista, y con quien convivía en una unión libre, sin las ataduras convencionales del matrimonio católico. Ella lo había visitado en la cárcel y se había quedado prendada de aquel hombre marcado por el encierro. Desde que lo vio –cuentan viejas amistades de Murillo–, la mujer decidió que se convertiría en imprescindible para él. Hizo una especie de pacto con él. Pero los años pasaron y Murillo, quien estuvo encarcelada brevemente por su colaboración con los guerrilleros sandinistas que anhelaban derrotar al dictador Somoza, se exilió en Costa Rica. Allá trabajó en un teatro, la Sala Garbo, y vivía con sus hijos y con el que en ese entonces era su compañero sentimental. Había olvidado de momento la lucha sandinista y sus planes eran mudarse a París a estudiar Cine. Pero Ortega llegó a su vida, lo que marcó su futuro y el de un país entero. Se convirtió en la mujer del Comandante.

Managua. Mediados de febrero de 2016. La tarde se retira poco a poco. Las luces de la ciudad comienzan a encenderse y la avenida Bolívar, arteria importante de esta capital destruida hace más de cuarenta años por un terremoto –que la convirtió en un laberinto de barriadas, repartos, y baldíos habitados por okupas– se enciende como si fuera una calle de Las Vegas. Inmensas estructuras de metal, con decenas de bujías adheridas, iluminan la calle. Son conocidas como los “Árboles de la Vida”, una arbolada metálica costosa que nace en las costas del lago y llega hasta una gran rotonda donde un gigantesco rostro amarillo del fallecido presidente Hugo Chávez saluda a los capitalinos. La avenida se llena de gente, autos, carretones desvencijados jalados por caballos famélicos. Grandes altares fueron levantados por las instituciones del Estado en honor a la Virgen María y los arreglos de esos altares mezclan devoción católica con las aspiraciones del presidente Ortega de construir un canal interoceánico en Nicaragua, uno que compita con el de Panamá. Pequeñas réplicas del sueño faraónico adornan los altares, bendecidos por las estatuas de la Virgen. Y sobre este paisaje, aparece ella, la mujer del Comandante, en gigantescos rótulos que proclaman una Nicaragua, “bendecida, prosperada y en victorias”.

Fotografía: Inti Okon/AFP

Fotografía: Inti Okon/AFP

La Rosario Murillo de ahora no es aquella mujer que tenía que tragarse las rigideces del protocolo oficial allá donde Ortega viajaba. Murillo manda con férreo puño en un Estado donde nada se mueve sin su visto bueno. Ha acumulado un poder casi total y es autoritaria. Es la mujer del Comandante, primera dama, esposa casada por la Iglesia católica, pero también primera ministra de facto del gobierno de Nicaragua. Ortega la ha nombrado canciller en funciones en sus viajes oficiales y sus hijos son asesores presidenciales. La pareja tiene ocho hijos: Carlos Enrique, Daniel Edmundo, Juan Carlos, Camila, Luciana, Maurice, Rafael y Laureano. En la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) celebrada en enero de 2015 en Costa Rica, Camila y Luciana fueron acreditadas como asesoras presidenciales, Rafael viajó con rango de ministro de Gobierno y Rosario Murillo, como canciller. Laureano es asesor presidencial para inversiones y es el hombre encargado de la relación con el empresario chino Wang Jing, a quien Ortega le entregó la concesión de cien años para la construcción del canal interoceánico en el país. La familia gobierna Nicaragua. Quienes la conocen gustan comparar a Murillo con Elena Ceaușescu, la esposa del líder rumano Nicolae Ceaușescu, con quien compartía el poder y funcionaba, de hecho, como primera ministra de la nación comunista. Elena cultivaba un culto a la personalidad gracias al control de la propaganda y los medios de comunicación del Estado. La familia Ortega controla al menos cuatro canales de televisión en Nicaragua, comprados con fondos de la cooperación petrolera venezolana, que desde 2007 el presidente Ortega administra de forma discrecional y que han sumado alrededor de tres mil 500 millones de dólares. En esos canales de televisión aparece todos los días, tras la comida, la primera dama para dirigirse al país, como lo hizo el 12 de febrero, para invitar a los nicaragüenses –según la transcripción oficial de su discurso– “a celebrar, junt@s, como gran familia nicaragüense, el Día del Cariño, el Día del Amor y la Amistad. Y empezamos a celebrar hoy… ¿Cómo? Uniéndonos tod@s en nuestras comunidades para luchar contra el mosquito, que significa también luchar contra el dengue, el chikungunya y el zika”. En sus alocuciones diarias Murillo lee partes meteorológicas, informes sísmicos y vulcanológicos y da alertas sanitarias, mientras menciona a la Virgen y al santoral. A través de esas presentaciones da órdenes a ministros, regaña a los funcionarios que no cumplen con sus proyecciones o presenta planes de gobierno. El presidente Ortega rara vez aparece en escena. Es Murillo la cara, voz y mando del Ejecutivo.

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Juan Carlos Ortega, hijo de Murillo, es el director del Canal 8, comprado en 2009 por un monto superior a los diez millones de dólares con fondos de la cooperación de Venezuela, según investigaciones de la prensa nicaragüense. Maurice y Carlos Enrique, otros hijos de la pareja, controlan directamente el Canal 4 y el Canal 9, también propiedad de la familia. Además, Murillo maneja el Canal 6, la cadena pública del Estado.

Nicaragua. 1998. El país ha dejado atrás la guerra de los ochenta y por primera vez conoce la democracia. Se ha formado un Estado que cumple con firmeza las órdenes del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y los acreedores internacionales de la ingente deuda externa. Hay un gran descontento social por la pérdida de las ya de por sí exiguas ayudas sociales que daba el gobierno sandinista, derrotado en 1990 –en unas elecciones supervigiladas– por una mujer, Violeta Chamorro, cuya principal credencial hasta aquel momento era haber sido la esposa de Pedro Joaquín Chamorro, mártir nicaragüense, asesinado por el somocismo en 1978. En el poder está ahora Arnoldo Alemán, sucesor de Chamorro, un personaje volcánico, popular en las zonas rurales, entre el campesinado, campechano y de voz rotunda. Este será un año trágico para Nicaragua, porque en octubre el huracán Mitch golpearía con furia al país y causaría más de tres mil muertos. Pero meses antes, en mayo, ocurrió un hecho que cambió para siempre la política nicaragüense. Un verdadero terremoto político. El 31 de mayo Zoilamérica Narváez, hija de Murillo, acusó públicamente a su padrastro, el líder de la oposición Daniel Ortega, por violación, por abusar de ella desde que era una niña. “Daniel Ortega Saavedra me violó en el año de 1982. No recuerdo con exactitud el día, pero sí los hechos. Fue en mi cuarto, tirada en la alfombra por él mismo, donde no solamente me manoseó sino que con agresividad y bruscos movimientos me dañó, sentí mucho dolor y un frío intenso. Lloré y sentí nauseas. Todo aquel acto fue forzado, yo no lo deseé nunca, no fue de mi agrado ni consentimiento, eso lo juro por mi abuelita a quien tengo presente. Mi voluntad ya había sido vencida por él. El eyaculó sobre mi cuerpo para no correr riesgos de embarazos, y así continuó haciéndolo durante repetidas veces; mi boca, mis piernas y pechos fueron las zonas donde más acostumbró echar su semen, pese a mi asco y repugnancia. Él ensució mi cuerpo, lo utilizó a como quiso sin importarle lo que yo sintiera o pensara. Lo más importante fue su placer, de mi dolor hizo caso omiso”, se lee en el testimonio escrito por Narváez.

Fotografía: presidencia de Nicaragua/AFP

Fotografía: presidencia de Nicaragua/AFP

La joven intentaría enjuiciar al Comandante, pero gracias a un pacto político entre Ortega y Alemán (un acuerdo con el que ambos se repartían los poderes en Nicaragua), una jueza sobreseyó el caso, argumentando que los hechos habían prescrito. La verdadera salvación de Ortega, sin embargo, fue su mujer, Rosario Murillo, quien se puso contra su hija y defendió a su compañero públicamente. “Es el momento clave de Rosario Murillo. Descalifica, desmiente y sacrifica a su hija, la declara loca, y así rinde un servicio a Ortega y se hace imprescindible para Daniel”, explica Sofía Montenegro. Una posición similar mantiene Dora María Téllez, mítica comandante de la revolución. “Con la denuncia por violación de Zoilamérica, Rosario interviene respaldando a Ortega, lo que le da un enorme poder frente a Daniel, además de una gran cuenta por cobrar. Es una factura carísima para Ortega”, asegura Téllez. Comienza entonces una nueva etapa en la política de Nicaragua. Ortega ya se había hecho con el poder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), un partido que había entrado en crisis tras la derrota de 1990, con un sector que pedía la democratización de ese órgano político, que se convirtiera en un partido moderno, de una izquierda socialdemócrata, y otro más autoritario, que apelaba a mantener la violencia callejera como forma de presión frente al nuevo régimen. Zoilamérica salió a vivir a una especie de exilio en Costa Rica. Las principales figuras intelectuales del sandinismo dejaron el partido, el exvicepresidente y escritor Sergio Ramírez fundó otro, el Movimiento Renovador Sandinista. Ortega y su círculo más cercano quedaron al frente del FSLN y en la campaña presidencial de 2000, un nuevo Ortega apareció públicamente. Ya no era el “gallo ennavajado”, el comandante fuerte de los ochenta y principios de los noventa, sino un político renovado, vestido de blanco, que hablaba de paz, amor y reconciliación. Murillo se convirtió en su jefa de campaña, y montó un nuevo discurso que mezclaba lo místico, lo revolucionario y lo religioso, con la New Age. En 2005 logra una alianza con el cardenal Miguel Obando y Bravo, férreo oponente de Ortega en los ochenta, pero venido a menos en la iglesia tras su destitución, por parte de un moribundo Juan Pablo II, como jefe de la Arquidiócesis de Managua. El 3 de septiembre de ese año Obando casó por la iglesia a Ortega y Murillo quien, tras décadas de unión libre, pasó a ser oficialmente y bajo bendición católica la mujer del Comandante. Un año después, el Frente Sandinista hizo un guiño a los sectores más conservadores del país al aprobar una reforma al Código Penal en la que se penalizaba el aborto terapéutico, una opción vigente durante más de un siglo en Nicaragua y que se practicaba a aquellas mujeres cuya vida estuviera en riesgo por el embarazo. Esa decisión hizo que Ortega y su mujer se convirtieran en centro de críticas del fuerte movimiento feminista de Nicaragua, que los denunció –y denuncia– a nivel internacional. De hecho, Murillo nunca ha simpatizado con ese movimiento y ha perseguido y atacado a las feministas de Nicaragua. En un artículo titulado “La conexión feminista”, escribió: “El feminismo quiso ser una proposición de Justicia. La distorsión del feminismo, la manipulación de sus banderas, la deformación de sus contenidos, la disposición de sus postulados para la Causa del Mal en el mundo, es, indiscutiblemente, un acto de traición, alevoso y cruel, de los verdaderos intereses, personales y colectivos de las mujeres, que son sustituidos por mezquinas ambiciones, y perversas intenciones políticas…”.

Fotografía: Juan Barreto/AFP

Fotografía: Juan Barreto/AFP

Karen Kampwirth es profesora de Ciencias Políticas de Knox College, en Estados Unidos. Es estudiosa del movimiento feminista en Nicaragua y ha escrito artículos sobre este. La entrevisté por teléfono a finales de enero, para entender la relación de Murillo con las feministas de Nicaragua. Kampwirth me dijo que la mujer del Comandante “ha sido una mujer con demasiado poder, que nunca ha sentido la desigualdad que sentían las mujeres dentro de la revolución, por lo que es lógico que nunca haya sentido la necesidad del feminismo”. El feminismo, dice Kampwirth, “es el enemigo de Daniel Ortega y Rosario Murillo por miles de razones: por lo que sintieron como una falta de lealtad a la revolución al pedir las mujeres autonomía, por el caso de Zoilamérica Narváez y porque, junto a los medios de comunicación, han denunciado varios problemas políticos con respecto a la democracia”. “El movimiento feminista –agregó– es beligerante, autónomo, y es lógico que Ortega y Murillo le tengan miedo”. La alianza con la Iglesia católica, para esta catedrática, fue una estrategia política que, de paso, ayudó a atacar al feminismo. “No era cuestión de buscar el apoyo de la Iglesia, sino garantizar el fin de los problemas que les causaba la iglesia. En 2006 el FSLN no ganó más votos por esta estrategia de alianza, sino que no perdió votos”, dijo Kampwirth.

En las credenciales de Rosario Murillo nunca ha estado la religiosidad. Rosario Murillo nació en Managua el 22 de junio de 1951. Es hija de Zoilamérica Zambrana Sandino, sobrinanieta de Augusto Sandino –el héroe nacional de Nicaragua–, y Teódulo Murillo, un hombre conservador originario de Chontales, zona ganadera del centro del país. Tuvo tres hermanas. Cuando era adolescente Murillo fue enviada por sus padres –acomodados productores de algodón– a estudiar a Suiza. Quienes la conocen dicen que eran estudios básicos de etiqueta, de modales burgueses, para preparar a las jovencitas para el matrimonio.

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Durante el terremoto de 1972 que destruyó la capital, Murillo perdió un hijo. Hay varias versiones de este episodio: una de ellas cuenta que la joven se encontraba de fiesta en aquel fatídico diciembre –como buena parte de la ciudad– y había dejado solo al pequeño en la casa, al cuidado de una nana. Cuando el terremoto arrasó Managua, el pequeño quedó atrapado en los escombros de la que era la casa de Murillo. Aquel episodio la traumó, por lo que tuvo que ser tratada sicológicamente. Violeta Barrios recuerda en su autobiografía aquel episodio. A inicios de los años setenta Murillo formó parte de un movimiento artístico conocido como Grupo Gradas, un conjunto de artistas que recitaban poemas en las escalinatas de iglesias, universidades y edificios públicos. “Era gente con pasiones claramente antisomocistas y algunos simpatizaban con el FSLN”, dice Dora María Téllez. Tras el triunfo de la revolución, Murillo se convirtió en directora de la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura, una poderosa organización que aglutinaba a poetas, pintores, escritores y actores del país. De aquella época, recuerda la escritora Gioconda Belli: “La elegimos directora de la asociación y por su vinculación al poder logró un terreno para instalar la organización. Montó una estructura y tenía medios a su disposición para deslumbrar a los artistas, pero con los que se dio de cabeza fue con los escritores. La mayoría éramos cuadros del Frente Sandinista y cuestionábamos muchas de las cosas que hacía. Entonces comenzó a aislar a los escritores, porque es una persona que no tolera la crítica. Sí, tiene una gran capacidad de trabajo, pero es vertical”. La cultura era el ámbito de Murillo, que no tenía nada que ver con la política. Incapaz de someter a los escritores, comenzó una campaña contra Ernesto Cardenal, entonces ministro de Cultura, hasta socavar su autoridad y quitar funciones al ministerio. “Hicimos una protesta que fue aplastada apelando a la disciplina militante”, recuerda Belli. Para Murillo el agravio de los escritores fue imperdonable. Ella se ve a sí misma como una poeta (ha publicado una decena de títulos, entre los que se encuentran Gualtayán, Sube a nacer conmigo, Amar es combatir, En las espléndidas ciudades, Las esperanzas misteriosas, algunos de ellos disponibles en Amazon), pero su trabajo literario nunca fue reconocido en un país que ha dado a la literatura latinoamericana varios nombres de peso, desde Rubén Darío, pasando por Carlos Martínez Rivas, Ernesto Cardenal o la propia Belli. Desde el regreso de Ortega al poder en 2007, Murillo desencadenó una persecución contra Cardenal, a quien la justicia nicaragüense congeló sus cuentas bancarias. El poeta, nonagenario, ha denunciado los desmanes y arbitrariedades de la pareja allá donde viaja.

Fotografía: Jorge Torres/AFP

Fotografía: Jorge Torres/AFP

La Loma de Tiscapa, en el centro de Managua, es el verdadero símbolo del poder en este país. En esa loma tenía el primer Somoza su casa y desde ahí gobernaba con mano dura. Era ahí donde el régimen tenía las celdas de tortura y también fue la sede de pactos y amarres políticos que durante décadas comprometieron el futuro de Nicaragua. Cerca de ahí, también, los marines estadounidenses vigilaban lo que durante años fue un protectorado más de Washington. Tras el triunfo de la revolución y más tarde bajo el gobierno de Violeta Chamorro, la loma se convirtió en un monumento histórico. Las celdas de tortura fueron selladas a cal y canto, pero todavía hay rastros de la vieja mansión de Somoza, hay un tanque oxidado que Mussolini regaló al dictador tropical y piezas que recuerdan a la dictadura. Fue erigida allí una enorme silueta de Sandino, que vigila desde la loma a la ciudad. Pero desde diciembre de 2013 un nuevo símbolo se ha impuesto en la loma. Rosario Murillo, la mujer del Comandante, ha mandado instalar sus árboles amarillos de metal, las aparatosas estructuras que según investigaciones de los medios independientes de Nicaragua cuestan 20 mil dólares cada una. Murillo instaló uno de esos árboles, gigantesco, a la par de la figura de Sandino, como una muestra indiscutible del nuevo poder que se alza en el país. “Los ‘Árboles de la Vida’ son un símbolo talismán. Rosario Murillo tiene un miedo del tamaño de su poder, y quiere conjurar la posible pérdida de ese poder con un talismán. Son un emblema de protección para conjurar los males que pueden acechar al poder. Por eso llena la ciudad con esos árboles, rodea la Loma de Tiscapa con los árboles, porque esa loma ha sido siempre el símbolo de poder en Nicaragua. Para mí es algo patológico, es una enfermedad. La podríamos llamar ‘el síndrome de los Árboles de la Vida’”, dice la exguerrillera sandinista Dora María Téllez. A finales de 2015, a la par de la proliferación de esas estructuras, los nicaragüenses veían la instalación de rótulos en los que Murillo aparece sola, o en posición destacada junto a su marido. En julio del año pasado, la mujer del Comandante empapeló la ciudad con volantes con su rostro y ordenó instalar una gigantesca foto suya en Masaya, ciudad localizada a 30 kilómetros de Managua, donde se celebraría un acto oficial por el aniversario de la revolución sandinista. Estas acciones, para analistas consultados en Managua, son una muestra de las aspiraciones de Murillo, infatigable súper ministra del Gobierno. La mujer del Comandante, dicen, quiere ser presidenta. “Rosario tiene cualidades positivas: es muy trabajadora. Pero también es una obsesiva-compulsiva, cuando se le mete algo en la cabeza tiene las facilidades, el poder y la motivación necesarias para cumplirlas. Pero ella vive en el mundo que ella cree y no en la realidad. Es mesiánica y absolutista, no tiene un grano democrático en su pensamiento político”, dice la escritora Gioconda Belli. “Ella es más inteligente que Ortega. Ella debería ser la candidata presidencial”, asegura, entre risas, la poeta Belli.

Nicaragua organizará elecciones presidenciales en noviembre y desde ya los rumores políticos en Managua hablan de presiones a lo interno del partido para que Ortega nombre a Murillo como candidata a vicepresidenta, que le dé su bendición. El presidente ya había reformado en 2011 la Constitución para perpetuarse en el poder. (La Constitución del país prohibía la reelección continua y cuando un nicaragüense ya hubiera ocupado el cargo en dos ocasiones, que es el caso de Ortega). La opción de que Rosario sustituya a Daniel Ortega (de cuya supuestamente precaria salud no se habla oficialmente en Managua por tratarse de un secreto de Estado), también es barajada. Jueces de la Corte Suprema, controlada por Ortega, han dicho que ella no tendría impedimento legal para correr.

Sin embargo, según Dora María Téllez, es difícil que esto ocurra. “Ortega solamente muerto va a salir de la jefatura del Frente Sandinista”, asegura Téllez. “A Murillo le han dado todo el poder, pero la sucesión es una llave que todavía tiene Ortega”. Pero si la opción es institucionalizar la sucesión familiar, Murillo, la mujer del Comandante, está en la línea de sucesión directa como heredera.

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