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Centroamérica, Mundo — marzo 21, 2016 at 4:30 pm

Tres “ex” que siguen ahí

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En un panorama sin apenas renovación política, Oscar Arias, José María Figueres y Rafael Ángel Calderón, tres antiguos presidentes, coquetean aún con el poder en Costa Rica.

*Artículo publicado en la edición inicial de ContraPoder Centroamérica, el 26 de febrero de 2016.

Luis Guillermo Solís, el presidente impensado. Fotografía: Luis Soto/ContraPoder

Luis Guillermo Solís, el presidente impensado. Fotografía: Luis Soto/ContraPoder

Más de 100 personas cantaban el himno de Costa Rica alrededor de la tumba, como la tribu que danza para que llueva. Juraban al recuerdo de don Pepe Figueres pelear por recuperar la fuerza de otros años del Partido Liberación Nacional (PLN), la fuerza que él había fundado basada en la revolución de 1948 y que apalancó el desarrollo de Costa Rica en la segunda mitad del siglo. La lápida es pequeña y ese miércoles 12 de marzo del 2014 acabó convertida en plataforma de culto después de la peor semana que había vivido la agrupación que más ha gobernado este país de reputada estabilidad política.

Siete días antes el PLN, el partido de siempre, se había quedado sin candidato activo para pelear el balotaje contra Luis Guillermo Solís, el académico que cuatro meses atrás apenas era identificado por una minoría. Un desconocido, candidato del quinceañero Partido Acción Ciudadana (PAC, uno de los factores de la fractura del bipartidismo), había descarrilado al candidato de la mayor maquinaria, de mucho más dinero y de más tradición. Eso ardía en el orgullo de los liberacionistas y se notaba en la cara de los que ese miércoles pedían fuerzas desde el más allá a su caudillo y prócer Don Pepe, o a sus restos bajo la tumba.

José María Figueres, el hijo del caudillo. Fotografía: Teresita Chavarría/AFP

José María Figueres, el hijo del caudillo. Fotografía: Teresita Chavarría/AFP

No era ese un ejercicio de santería política. Era una escena reveladora de cómo la política, en la mejor democracia de Centroamérica, sigue buscando en el pasado sus luces de principio de siglo XXI. Era un tributo que acabó con la fotografía que alguien colocó sobre el enchapado de la bóveda de Don Pepe: era una imagen de él con su hijo José María, también expresidente de la República (1994-1998) que meses después tomaría las riendas del PLN con algo muy parecido a un proyecto de reelección en el 2018 y el irónico lema de renovar al partido. Su argumento: la renovación va por dentro.

Fueron las del 2014 unas elecciones reveladoras. Solís (un exmilitante y exsecretario general del PLN hasta el 2005) triunfó sobre el candidato del PLN Johnny Araya, un rostro conocido por sus dos décadas como alcalde de San José, pero ayuno de liderazgo interno. En la misma noche de su derrota, celebraban algunos allegados al expresidente Óscar Arias (1986-1990 y 2006-2010), que dos años después estaría pensando en si lanzarse o no por un tercer mandato para enfrentar a Figueres, su viejo rival dentro del tinglado liberacionista.

Al pulso interno no le falta veteranía ni pólvora. Cualquier carencia la solventaría la energía que irradia José María Figueres, un motor a jet fuel que volvió en el 2012 a Costa Rica después de ocho años de autoexilio que le evitaron enfrentar en suelo tico cuestionamientos por supuesta corrupción. Desde un principio se le adivinaba en la mirada y en sus palabras el deseo de volver al poder, pero las encuestas no le auguraban éxito y no estaba claro todavía. Ahora tampoco está claro, pero justamente por eso trabaja en su plan de retorno al poder.

Figueres se vale de la ausencia de nuevos liderazgos políticos en las últimas dos décadas. Quizá también lo haga Arias, que ha comenzado este 2016 pensándose si intentar un tercer mandato. En frente el PAC ha quemado su carta de sorpresa de Solís, cuyo gobierno 2014-2018 es una fábrica de expectativas insatisfechas en buena parte por su dificultad para formar un equipo cohesionado. El gabinete es una cesta de exdirigentes del Partido Unidad Social Cristiana (PUSC, la contraparte del PLN en el bipartidismo del siglo XX) más unas pocas figuras nuevas y ciertos rostros jóvenes que han servido a esta administración para ufanarse ante la población menor de 37 años que representa el 45 por ciento del padrón electoral.

Óscar Arias, el Nobel de la Paz. Fotografía: Yuri Cortez/AFP

Óscar Arias, el Nobel de la Paz. Fotografía: Yuri Cortez/AFP

Los vicepresidentes del autodenominado “gobierno del cambio” fueron jerarcas públicos en gobiernos del PUSC. Son Helio Fallas, exministro de Vivienda, y Ana Helena Chacón, exdiputada e hija de un importante dirigente de esa agrupación en los mejores años, bajo el mando de Rafael Ángel Calderón Fournier, presidente de la república entre 1990 y 1994, e hijo del benemérito Calderón Guardia, mandatario entre 1940 y 1944 y adversario de don Pepe Figueres en la Guerra del 48. Tras los escándalos de corrupción en 2004, su paso cautelar por la cárcel y una condena a tres años de prisión por peculado, Calderón Fournier mantuvo su llama política y fundó otro partido de ideología similar al PUSC, con parte de la dirigencia. El Partido Republicano Social Cristiano (PRSC) se estrenó en las elecciones municipales de este febrero con un resultado magro: una sola alcaldía entre 81 en disputa. Pero el partido existe y va por más.

No eran Calderón, Figueres y Arias los únicos que estaban pendientes de resultados electorales este mes. También lo estaba Otto Guevara Guth, actual diputado y terrateniente del Movimiento Libertario, quien además ostenta el récord de candidaturas presidenciales, con cuatro. Su agrupación logró cero alcaldías y en declaraciones posteriores a la prensa ha dicho que está seguro en un 98 por ciento de que no volverá a postularse, pues reconoce que su omnipresencia en el partido ha frenado la generación de nuevos liderazgos.

El problema adicional a la escasez de liderazgos es la falta de cuadros políticos renovados. Es el talón de Aquiles de Luis Guillermo Solís y de cualquiera que tome el poder en estos tiempos. En esto coinciden el politólogo Gustavo Araya y Kevin Casas, a quien muchos consideraban el “delfín” de Óscar Arias hasta que debió renunciar en el 2007 a la Vicepresidencia de la república por su responsabilidad en un controvertido memorando que acabó filtrado a la prensa y que recomendaba infundir miedo para para ganar en el referendo sobre el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (TLC).

“En los últimos años nos hemos dedicado a linchar a la clase política en general y es difícil que alguien nuevo quiera meterse en esto”

Lo cuenta Casas sentado en un restaurante de San José, a 50 metros del Ministerio de Planificación que dirigió entre 2006 y 2007: “Parte de la virulencia de lo que pasó tuvo que ver con un cálculo: descabezar la renovación generacional dentro del PLN. Fue un cálculo que vino de fuera del PLN, pero también desde dentro. Esa es quizás la mayor consecuencia de todo el evento del memorando”.

Esa es la versión de este politólogo de 47 años, relegado de la actividad política desde 2007. Su nombre es tóxico para algunos sectores de izquierda, pero en todo caso está fuera del juego y por eso se atreve a hacer el diagnóstico: “En los últimos años nos hemos dedicado a linchar a la clase política en general y es difícil que alguien nuevo quiera meterse en esto en un país que, de por sí, es pequeño y centralizado en San José. Hay poca gente para escoger y no va a salir nadie de un gobierno local ni de una autoridad regional, porque no la hay”. Además, la carrera política incluye una experiencia como jerarca público y los altos puestos en el Gobierno central ofrecen salarios de 4 mil dólares en promedio, nada que compita con el sector privado.

Rafael Ángel Calderón, antiguo preso cautelar. Fotografía: Mayela López/AFP

Rafael Ángel Calderón, antiguo preso cautelar. Fotografía: Mayela López/AFP

Hay un factor adicional, la falta de carrera parlamentaria. Costa Rica es el único país del continente que prohíbe dos mandatos seguidos para un mismo diputado. Así nadie logra forjar un liderazgo con exposición mediática, ejercicio del músculo y relación constante con sectores organizados. Lo más cercano en tiempos recientes fue José María Villalta, el joven diputado entre 2010 y 2014 que derivó en líder del partido Frente Amplio, la fuerza que intentó aglutinar a la dispersa izquierda en las elecciones del 2014. Como candidato, a sus 37 años, con su cara de niño astuto, no alcanzó colarse en el balotaje, pero logró colocar a nueve diputados. Lideró el crecimiento de Frente Amplio de una bancada unipersonal a una de nueve. Su nombre quedó como probable protagonista de los comicios del 2018 y factor de ruptura de los viejos liderazgos, pero tampoco lo es tanto, según los analistas

Villalta carece de un cargo formal dentro del partido que preside Patricia Mora, hija y sobrina de trascendentales figuras del Partido Comunista que, junto a Calderón Guardia y la Iglesia católica, gestaron grandes reformas sociales a mitad del siglo XX. Mora es la viuda de José Merino del Río, un español que recaló en Costa Rica y se erigió líder merced a su carisma y discurso de líneas duras, pero de buenas formas (“siempre fui un buen agitador de masas”, dijo en su última entrevista, un mes antes de morir). Fue el padrino político de Villalta, sin certezas de que dos años después este tomaría el mando de la agrupación y se presentaría para la Presidencia, con dos tradicionales figuras de la izquierda para las vicepresidencias. Eran un jurista llamado Wálter Antillón y la filóloga Dagmar Facio, hija de uno de los fundadores del PLN, Rodrigo Facio.

Merino también vaticinó el triunfo del tradicional PLN en 2014. Error. No tenía ni idea del fenómeno popular de Luis Guillermo Solís ni del varapalo del PLN, el partido cuyos asambleístas tienen una media de 54 años, una edad propia de los hijos de los excombatientes de la Guerra del 48. Quizás por eso al final de las reuniones plenarias siguen cantando el Corrido de don Pepe abrazados y balanceándose. Hay quienes cierrban los ojos cuando empiezan a entonar.

“Allá en La Lucha y en San Cristobal,
Un estandarte yo vi flotar:
El estandarte a Pepe Figueres,
que no ha caído y nunca caerá”.

Allá en la mítica finca La Lucha (a 45 kilómetros de San José) queda la tumba de Don Pepe donde un centenar de liberacionistas buscan fuerza para el futuro. Su estatua sigue colgada en una bodega del Museo Nacional donde yace desde hace diez años, cuando en el gobierno de Arias la bajaron del pedestal en la céntrica Plaza de la Democracia, junto al antiguo cartel donde en 1949 abolió el Ejército. Han pasado tres meses desde que el presidente Luis Guillermo Solís ordenó reinstalarla, pero hasta ahora nada. Mientras tanto, el mandatario que llegó al poder como una respuesta contra la política tradicional puede saludar el retrato del caudillo cada mañana dentro de su despacho presidencial.

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