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Columnas, María del Carmen Aceña, Opinión — abril 29, 2016 at 3:50 pm

En busca de un sueño centroamericano

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Hace un mes el presidente colombiano Juan Manuel Santos visitó los países del Triángulo Norte (Guatemala, El Salvador y Honduras). Luego de su discurso sobre la firma de la paz en su país, reflexionó sobre los resultados en Centroamérica, ya que Guatemala, El Salvador y Nicaragua tenían conflictos armados internos en los 70, y Honduras y Costa Rica se vieron afectados por ellos.

En 1979 triunfaron los sandinistas en Nicaragua. Gobernaron por más de diez años e introdujeron un sistema autoritario. Centralizaron la economía y expropiaron. Luego, Violeta Chamorro y otros políticos trataron, sin éxito, de cambiar el país. Daniel Ortega retornó en 2006 y fue reelecto en 2011 –ahora con reelección vitalicia–. Es de reconocer que la tasa de homicidios de Nicaragua es la más baja de la región. Pero la desnutrición es similar a la de Honduras y El Salvador y en 2014 tenía el menor ingreso per cápita de la región (US$1,963).

El Salvador adaptó otro modelo. En 1984, ganó el demócratacristiano Napoleón Duarte y, entre otros cambios, nacionalizó la banca y diseñó una reforma agraria. Cinco años después, Alfredo Cristiani, de Alianza Republicana Nacionalista (Arena) llegó al poder, retomó el sistema de mercado y firmó la paz. El partido gobernó por dos décadas, durante las cuales se polarizó la economía. Y fue hasta en 2009 cuando el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional asumió el poder y, cinco años después, resultó nuevamente electo. A pesar de que el país progresó en salud y educación, enfrenta el desafío de las pandillas y una alta tasa de homicidios (103 por cada 100 mil habitantes en 2015).

A pesar de no haber tenido conflicto armado, Honduras se convirtió en uno de los países más violentos del mundo. La democracia del país, bipartidista, se vio amenazada en 2009 cuando el presidente Manuel Zelaya intentó hacer una consulta y fue depuesto por desacato a la Corte Suprema de Justicia.

El sistema político de Guatemala se caracteriza por su cantidad de partidos (más de 15) y ninguno ha sido capaz de ganar las elecciones dos veces. El país firmó los Acuerdos de Paz en 1996 y dos presidentes han tenido que renunciar. Su economía es estable, pero la mitad de los niños sufre desnutrición crónica y hay población muy pobre –especialmente rural e indígena– que carece de agua potable y educación. La tasa de homicidios viene a la baja.

“Esperamos pronto poder iniciar con algunos cambios para lograr el desarrollo y tengamos paz”.

Costa Rica es el país de mayor progreso en la región. Se destaca por el desarrollo humano, democracia, visión y baja criminalidad. Su ingreso per cápita ascendía a US$10,400 en 2014.

Hay quienes consideran que el futuro de Centroamérica dependerá de la ideología de sus gobernantes, otros de su composición política y muchos afirman que está condenada por su pasado violento. Sin embargo, los casos de Costa Rica y Colombia, hacen pensar que la fortaleza de las instituciones, la capacidad para proteger a los habi- tantes y la defensa del Estado de derecho inciden más.

La región enfrenta grandes retos en temas de crimen organizado y narcoactividad. Grupos poderosos han logrado infiltrarse en partidos, empresas y Gobiernos. Han provocado que las reglas del juego sean casuísticas, que se premie la violencia, que corra dinero y que domine el poder. Se tienen altos índices de corrup- ción y los habitantes no tienen opción de prosperar.

Ante la crisis de los niños migrantes en el 2014, Estados Unidos ha prometido un apoyo similar al que proporcionó por medio del Plan Colombia del 2000: la iniciativa Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte. Los recursos son menores y el desafío es grande. Sin embargo, constituye un buen comienzo.

Guatemala cuenta con la Comisión Internacional contra la Impunidad (CICIG) que ha empezado a desarticular grupos paralelos y a proponer modificaciones estructurales. Es posible que se establezcan instancias similares en El Salvador y Honduras.

No habrá desarrollo ni paz sin fortalecimiento institucional. Debemos organizarnos y crear redes que trasciendan fronteras para tra- bajar juntos ante este gran desafío. La tarea no es fácil, pero podemos aprender de otros países y luchar por transformar las condiciones y alcanzar un sueño centroamericano con oportunidades para todos.

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