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Alexander Aizenstatd, Columnas, Opinión — abril 29, 2016 at 3:22 pm

No olvidamos

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(Tamas Kovacs/MTI via AP)

(Tamas Kovacs/MTI via AP)

Se conmemora en estos días el Holocausto, un evento tan trágico que muchas décadas después aún define los límites de la humanidad. Nos tomamos ahora, como todos los años, tiempo para lamentar. No olvidamos.

Primero se quemaron libros y luego, personas. Sacó lo peor de muchos y la indiferencia de otros más. Después de lo que pasó, no podemos volver atrás. Porque sucedió lo inimaginable y no lo impedimos.

Ahora es importante lamentar, pero también luchar por el progreso moral. El holocausto sacó lo peor de muchos, pero de otros, lo mejor. Como el diplomático salvadoreño José Arturo Castellanos, cuyos esfuerzos salvaron más de 40 mil vidas. Dicen las escrituras que quien salva una vida, salva al mundo entero. Personas como él nos salvaron de la más
profunda oscuridad. Salvaron a quienes estuvieron ahí, pero al hacerlo nos salvaron a nosotros también. Por muy oscuro que esté, basta una luz para ver. Él y otros más nos permitieron buscar ser justos entre las naciones, como la forma más digna de marcar nuestro breve paso por el mundo. Tan importante ahora donde algunos valoran como meta principal de vida presumir una mansión, Ferrari o helicóptero, aunque la fortuna sea mal habida.

Hace 70 años, el odio volvió ceniza los sueños de millones. Nació, a partir de entonces, una consigna en el alma de cada ser humano: nunca más. No porque negamos lo que pasó sino porque estamos obligados a ser mejores. Repetimos nunca más, pero sabemos que no es así. El sufrimiento se repite en distinta escala por todo el planeta. No importa dónde lea esta nota, algo malo también pasó ahí. No podemos esconderlo bajo el tapete.

Tratemos el pasado con respeto, porque siempre está presente. Porque la justicia es el bálsamo que cura las heridas y porque los fantasmas del pasado son también causantes de la oscuridad que enfrentamos hoy. A la luz del genocidio que ahora se conmemora cualquier tragedia parece menor, pero también hay que atenderla. Ahora las cosas son más complejas y nadie tiene un monopolio del sufrimiento. Sufre la hija del soldado, que al despedirse espera no verlo la próxima vez dentro de una caja, la viuda del finquero que nunca apareció y el hijo del campesino cuya familia es masacrada. Pero hay que abrir los ojos y enfrentar lo que ha pasado. Porque hemos visto lo que somos capaces de hacer, tanto para el bien como para el mal, debemos ser compasivos y hacer propio el dolor aje- no. Olvidar sería menospreciar tam- bién el sacrificio de los buenos. Tenemos la esperanza de que tiene que existir una for- ma, aunque no todos estemos de acuerdo cuál sea, de pasar del sufrimiento que ya conocemos, al futuro justo que soñamos.

Hace más de 70 años, una niña escondida en un ático escribía en su diario:

“Es un milagro que todavía no haya renunciado a todas mis esperanzas, porque parecen absurdas e irrealizables. Sin embargo, sigo aferrándome a ellas, pese a todo, porque sigo creyendo en la bondad interna de los hombres”, Ana Frank.

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