Cultura, Historia — mayo 22, 2016 at 9:00 am

Los muertos que no asustan

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Pilar Crespo es enfermera y trabajó en Sierra Leona en la emergencia del ébola. Fue testigo de la evolución de la epidemia. Pilar, quien también es periodista y residió en Guatemala, nos cuenta cómo el ébola no solo ha matado a miles de personas, sino que también ha desbaratado todos los avances que se habían conseguido en salud materna o en la lucha contra la tuberculosis o el sarampión.

Fotografía: Pilar Crespo

Fotografía: Pilar Crespo

El 17 de abril no hubo baile, tampoco cámaras de televisión. No fue como la primera vez, el 7 de noviembre de 2015, cuando Sierra Leona fue declarada libre de ébola, y Celina, James, Nemahum y el resto de sus compañeros bailaron. Ni como la segunda vez, el 14 de enero, cuando por fin esa celebración pudo extenderse a los tres países del África afectados por el virus, y esa imagen de los y las trabajadoras de la epidemia danzando dentro de sus trajes de protección biológica, cual astronautas felices, se retrasmitió por todo el mundo.

Solo un día después de esa celebración, Sierra Leona volvía a declarar un caso y el calendario de cuarentenas se puso de nuevo en marcha. Hasta el pasado 17 de marzo,  cuando de nuevo se cumplió ese período de control, de nuevo se festejó el “ébola cero” en los tres países y, de nuevo, tan solo unas horas después, se volvieron a declarar dos casos, en esta ocasión, en Guinea. 

Más de dos años después del inicio del brote, el epílogo se resiste y la – ahora mínima-  atención mediática sigue únicamente focalizada en tratar de contar la desaparición oficial del virus. Ignorando que la verdadera emergencia de salud pública ha estado y sigue ocurriendo alrededor del ébola. Sin contador de casos, sin expectativas de solución en el horizonte y sin cámaras.

Nemahum Nabie y Celina Mboyawa son enfermeras, como yo. James Swarray ha estudiado tres años de Medicina y Salud Pública, y es lo que se conoce en Sierra Leona como CHO (Community Health Officer). En Sierra Leona no hay médicos más que en la capital, Freetown, en el resto del país los CHO como James son el personal médico mejor formado. Un tesoro para su gente.

James es un sanitario dedicado y, además, un hombre apuesto con una risa maravillosa. La risa de James es como agua fresca, hace sentir bien de manera inmediata. Afortunadamente se ríe casi todo el tiempo. Nemahum y Celina son dos mujeres coquetas y tienen fe en Dios, como la mayor parte de sus compatriotas. Nemahun es tranquila. Solo habla después de un rato. Celina es lo contrario, desde el primer momento lanza preguntas y mientras contestas te mira fijamente, moviendo los ojos de manera extraña y burlona. Los tres son amigos, los tres se conocían de antes, y los tres decidieron trabajar en la emergencia del ébola a pesar de haber perdido a varios compañeros, víctimas del virus.

Nemahum, Celina, James y yo compartimos tareas en el centro de aislamiento de ébola en Moyamba, Sierra Leona, de abril a julio de 2015. En esa fecha ya se había superado el momento álgido de la epidemia. En Sierra Leona solo quedaban algunos focos activos en el oeste del país, en la región de Port Loko, pero en el departamento de Moyamba, unos 100 km al sur, afortunadamente no se confirmaba ningún nuevo caso. Así que mientras Nemahum se quedaba de guardia en el centro de aislamiento, a la espera de cualquier caso sospechoso, Celina, James, otros dos compañeros sierraleoneses y yo formamos parte de un equipo de promoción de la salud que trató de llegar a todos los puestos sanitarios posibles del departamento. Porque no salía en los medios, pero desde antes de ese verano, el ébola era  el contexto y los problemas ya eran otros.

Fotografía: Pilar Crespo

Fotografía: Pilar Crespo

Los problemas venían del miedo, y multiplicaron los muertos. Por miedo, los pacientes habían dejado de acudir a clínicas y hospitales. Por miedo, los sanitarios habían dejado de atender a los pacientes. El miedo y la terrible pérdida de numerosos trabajadores sanitarios, han colapsado el precario sistema de salud sierraleonés.

En particular, la situación de las mujeres es alarmante. Según un estudio del doctor James Elston los controles prenatales y la atención a partos se han reducido en al menos un 50 y 40 por ciento, respectivamente. Celina ha trabajado durante años con las comadronas en aldeas remotas de Moyamba, pero nunca había conocido una situación parecida. Sierra Leona, tristemente, siempre ha ostentado uno de los primeros puestos en el ranking mundial de muerte materna. Ahora, con el ébola, se gestan y sufren nuevos récords. Según calcula el Banco Mundial, las consecuencias de la epidemia pueden llevar las tasas de mortalidad materna a un retroceso de 15 o 20 años.

No salía en los medios ni recibía apoyos, pero todos allí lo teníamos claro. En ese momento, todavía en el contexto del ébola, era necesario empezar a restablecer los programas básicos de atención de salud materna. Y para ello había que salir del perímetro de los centros de emergencia, instalados por la cooperación,  y viajar a las aldeas para apoyar y formar a los sanitarios sierraleoneses, para que ellos a su vez pudieran volver a cuidar a las mujeres embarazadas a pesar de la amenaza del virus. No fue tarea fácil, pero Celina conoce bien a su gente. En los talleres comenzaba siempre, ceremoniosa, con la misma frase: “Nuestras hermanas están muriendo por cosas que antes manejábamos”.

En una ocasión, en una de esas formaciones en el pequeño puesto de salud de Gandoruhm, James perdió la risa. Se quedó de pronto en silencio, con el marcador suspendido en el aire a mitad de su exposición, al ver entrar al centro a una mujer con un niño de uno o dos años agarrado a la cintura. El niño tenía el rostro lleno de úlceras  y James lo primero que pensó fue en sarampión. Tenía motivos para hacerlo, la crisis del ébola provocó la interrupción de los programas de vacunación infantil.

Con respecto a los niños y niñas, las cifras también dan miedo: los ingresos de pediatría en el hospital de Moyamba cayeron en más de un 75 por ciento. El 40 por ciento de todas las muertes que se están produciendo son de menores de cinco años. Finalmente, aquel día en Gandoruhm no se trataba de sarampión, sino que era un caso grave de impétigo, una infección bacteriana en la piel que nunca hubiera llegado tan lejos si la madre se hubiera atrevido antes a traer a su hijo al centro de salud. James le recetó unos antibióticos y recuperó la sonrisa.

Vuelve la tuberculosis

Fotografía: Pilar Crespo

Fotografía: Pilar Crespo

Además de la mortalidad materna e infantil, están pasando “otras cosas que no se ven”. De eso hablamos con Alice Mtryne, una amiga de Celina, en una de esas formaciones. Alice es técnico de laboratorio en Bauya, un puesto de salud instalado en una antigua estación de tren del tiempo de la colonia inglesa. Antes del ébola, los pacientes venían a Bauya a hacerse la prueba de la tuberculosis y luego esperaban sentados en la sala de espera de la vieja estación, hasta que Alice les daba el resultado y los medicamentos necesarios si el test era positivo. Pero tras el ébola, los pacientes, igual que pasó con los trenes hace más de cuarenta y cinco años, han dejado de llegar. Y entonces Alice, que es una mujer valiente, agarró una bolsa de plástico para las muestras, y empezó a ir a buscar posibles casos en las comunidades. Pero mediante este sistema, además de ponerse en riesgo, solo consigue detectar una décima parte de los casos de tuberculosis que determinaba antes. El doctor británico James Elston no conoce a Alice, pero comparte con ella la preocupación; en su estudio concluye que actualmente se dan todas las condiciones para una epidemia a larga escala de VIH y tuberculosis.

Durante el tiempo que James, Celina y yo viajamos por las aldeas de Moyamba, Nemahun aprovechó el tiempo libre en el centro de aislamiento para seguir estudiando junto con el personal sanitario extranjero allí desplegado,  y para rezar. La epidemia pasó de estallido a goteo. En el departamento no había casos, pero Nemahum le pidió a Dios durante todo aquel verano que el centro de aislamiento, con sus medicinas y médicos, no fuera desmantelado sino que se quedara en Moyamba, para poder atender a sus vecinos, y para conservar su trabajo.

Nemahum, como la mayor parte de sus compañeras, había trabajado antes en el precario hospital gubernamental de Moyamba. Las enfermeras sierraleonesas, al acabar sus estudios, deben trabajar de manera voluntaria en los hospitales o puestos de salud entre dos o tres años antes de obtener su “código pin”. Este código es lo que marca que puedan empezar a recibir un salario por su trabajo. Muchas se cansan  o no pueden permitirse un tiempo tan largo de trabajo voluntario y abandonan. Solo quienes tienen algún contacto en el Ministerio de Salud logran acortar ese período. Nemahun no lo tiene, así que, después de un año de trabajo, dejó el hospital. Pero luego llegó el ébola, y al igual que Celina y James, decidió volver y ayudar a su gente. En el centro de aislamiento, gracias a los fondos de la cooperación internacional, fue la primera vez que recibió un salario por su trabajo como enfermera.  Un buen salario – con plus de peligrosidad incluido- que sabe que nunca jamás volverá a cobrar. Pero Nemahum siempre le agradece a Dios sus dones, por temporales que sean, y al menos espera que el presidente de Sierra Leona, Ernest Bai Koroma, cumpla su promesa de dar prioridad en la obtención del “código pin” a todos aquellos trabajadores de salud que hayan luchado contra el ébola.

Solo ébola

De izquierda a derecha Pilar Crespo, Christiana Se nesi, Ibrahim Karimu, Celina Mboyawa y James Swarray. Equipo de Promoción de la Salud. Médicos del Mundo. Fotografía: Pilar Crespo.

De izquierda a derecha Pilar Crespo, Christiana Se nesi, Ibrahim Karimu, Celina Mboyawa y James Swarray. Equipo de Promoción de la Salud. Médicos del Mundo. Fotografía: Pilar Crespo.

Una tarde de ese verano, uno de los guardias de seguridad del centro de aislamiento nos avisó que en la puerta exterior de acceso había una familia esperando. Tras la valla metálica, la mujer sostenía a una bebé de ojos grandes que respiraba con dificultad. El hombre permanecía de pie a su lado y nos hablaba con ayuda del guardia, quien hacía de traductor. Nos dijo que el nombre de la bebé era Idrisa Turay. Había enfermado de neumonía unos días atrás y sus padres la habían llevado al hospital gubernamental de Moyamba, al no encontrar a ningún sanitario en el puesto de salud de su pueblo. Pero en el hospital apenas habían recibido atención y la bebé no mejoró.  Varios niños ingresados en la misma sala murieron, y entonces la madre se asustó, sacó a su hija del hospital y la llevó a donde pensó que podía encontrar ayuda. Habían llegado caminando. La mujer no dijo nada, solo le temblaban los labios.

No había nadie ingresado, pero en un centro de aislamiento de ébola, aunque haya antibióticos y médicos y cama libre, no se puede admitir a un bebé con neumonía, si no es un caso sospechoso de ébola. Por dos

motivos, porque la admisión en el centro supone un riesgo para la salud que solo se toma si la persona es catalogada como un caso posible o probable del virus, y porque, durante la fase de emergencia, el sistema de ayuda internacional se ha enfocado únicamente y exclusivamente  en la atención de ébola. Nada más. La pequeña  Idrisa tuvo que volver al hospital gubernamental donde murió esa misma noche. Yo no lo supe hasta días más tarde, cuando reuní el valor suficiente para preguntar por ella. 

Me han preguntado muchas veces. Respondo. Durante mi trabajo en la epidemia, tanto en Moyamba como meses antes en Koinadugu -en la región norte del país donde sí había casos positivos en ese entonces-, los momentos de miedo al contagio fueron muy puntuales; las sensaciones de tristeza por todo lo que quedaba fuera de los protocolos de cribaje y atención establecidos  fueron  más numerosas. Ponerse un traje de protección biológica y entrar en la zona roja del centro de aislamiento no es lo más difícil, lo más difícil siempre es tomar una decisión que puede afectar  la vida de las personas.

Los dramas cambian. Una epidemia, una emergencia de salud pública, no es una foto fija sino una situación fluctuante a la que es necesario saber adaptarse con rapidez. También pueden cambiar los miedos.

La extensión y la letalidad de este brote se fué modificando gracias a la respuesta internacional de emergencia, que ha luchado por interrumpir las cadenas de contagio, y también por los propios cambios que ha sufrido el virus.

El ébola, como todos los virus ARN, tiene una alta tasa de mutación y se adapta y modifica a medida que pasa de persona a persona.  Un virus puede cambiar para ser menos mortal, pero más contagioso. De hecho, como en anteriores brotes, se han detectado numerosos casos de ébola asintomáticos. Pero si no hay síntomas, es más fácil el contagio. Este aspecto, y los hechos de que las numerosas mutaciones genéticas son un hándicap para el desarrollo de vacunas y pruebas de diagnóstico, que los reservorios  (organismos  donde se hospeda naturalmente el virus) no están todavía perfectamente identificados,  y que el virus puede permanecer durante muchos meses en ciertos fluidos de las personas sobrevivientes, nos hacen pensar a muchos que será muy difícil llegar a erradicarlo completamente. Y eso sí que da miedo.

Después de casi dos años, la respuesta internacional de emergencia se ha retirado progresivamente. Es necesario levantar todo lo que se ha derrumbado al paso del ébola, pero para eso es más difícil conseguir financiamiento.   

James y Celina trabajan ahora en la oenegé Acción contra el Hambre, en un programa de nutrición. Celina celebró su boda y James busca fondos para continuar con los estudios de medicina.

Alice Mtrye, la técnica de laboratorio, ya no sale a buscar a sus pacientes de tuberculosis. Los sigue esperando en la vieja estación de Bauya.

Nemahum ha vuelto a trabajar de manera voluntaria en el hospital de Moyamba. Hasta el  momento, el presidente Koroma no ha cumplido su promesa.

El centro de aislamiento de Moyamba cerró sus puertas definitivamente el pasado 7 de noviembre. El hospital de Moyamba, de momento, sigue sin medios, funcionando con un viejo generador que solo puede ofrecer unas horas de energía al día.

Si no se confirman nuevos casos, en mayo podría declararse de nuevo el “ebola cero”. Pero en verdad ese final es, igual que muchas veces ante un caso,  un debate entre lo posible y lo probable. Porque es posible que el ébola vuelva a aparecer,  o porque es probable, que ya modificado o atenuado, nunca acabe de irse y se convierta simplemente en una enfermedad más. En una más de esas enfermedades o situaciones que no se cuentan porque ya no nos asustan.

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