Columnas, María del Carmen Aceña, Opinión — junio 10, 2016 at 12:41 pm

De la cultura corrupta a la cultura correcta

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Dábamos poco valor a la honradez, pero para muchos la unidad era el mayor anhelo, razón por la que se premiaba la armonía antes de confrontar comportamientos indebidos. 

Foto: Dafne Pérez/Contrapoder

Foto: Dafne Pérez/Contrapoder

La  cultura corrupta  que vivimos no es de historia reciente.  Desde muchos años atrás, que los recursos como la tierra eran abundantes, los gobernantes premiaban a sus allegados otorgando las grandes extensiones y así otros bienes públicos. También daban concesiones, empleos, subsidios, protección, entre otros.

Hace varios años una encuesta sobre la cultura ciudadana, realizada por la Fundación Proyecto de Vida y su movimiento GuateAmala, los guatemaltecos señalaban que el principal problema era la corrupción (34%), luego la inseguridad (19%) y en tercer lugar la falta de educación (13%). Se presentaban como los principales valores en su orden la responsabilidad, el respeto, la honradez, la integridad y apenas un 2% dijo civismo. Dábamos poco valor a la honradez (25%), pero para muchos la unidad era el mayor anhelo (36%) y la transparencia estaba entre los últimos lugares (4%), razón por la que se premiaba la armonía antes de confrontar comportamientos indebidos. 

Todo lo que estamos viviendo parte de dos visiones distorsionadas. La primera, y posiblemente la más importante,  es la del desapego a la raíz moral del individuo y la segunda, concebir al Estado como el socio (Estado benefactor, mercantilista y paternalista).

Los distintos destapes de corrupción  crean sentimientos encontrados. Por un lado el triunfo de la justicia y el combate a la impunidad y por otro, descubrir hasta dónde nuestra sociedad y economía  están fundadas sobre bases poco éticas. Nos indignamos, nos frustramos y a la vez nos  llenamos de  tristeza y dolor. Deseamos no estar viviendo esta situación, sin embargo, a pesar de que sabíamos lo que ocurría pocos lo denunciaron y lo afrontaron con coraje.

Guatemala, Honduras y El Salvador están de nuevo en la mira de los Estados Unidos. Lamentablemente no por haber logrado la paz y el desarrollo en la región, sino por habernos convertido en lugares violentos, donde reina la cultura de la ilegalidad, región que expulsa a niños y jóvenes a buscar un sueño en el extranjero, sin ninguna oportunidad. Acá corre el dinero fácil, droga abundante, armas de todo tipo y hasta personas, de forma prohibida.

Vemos sindicalistas cuya motivación no fueron reivindicaciones sociales, sino aprovecharse de su posición para alcanzar beneficios y privilegios. Funcionarios públicos que nunca llegaron con el fin de servir, sino servirse de lo público. Afamados empresarios cuyo éxito se debió a componendas con autoridades de Gobierno. Comunicadores sociales que no escribieron e informaron la historia del país de manera objetiva, sino según se lo dictaban sus financistas.

Cuando hacemos este ejercicio de contraste en nuestra vida cotidiana, descubrimos que la sociedad está enferma y que es tiempo de sanarla. Lamentablemente la mayoría de las buenas costumbres, comportamientos, normas y leyes creemos que están hechas para los adversarios, por lo cual a veces deseamos que los procesos punitivos solo se apliquen a los externos, y no a los cercanos o conocidos. Sin embargo, la moral y la ética debieran de conducirnos a mejorar nuestra cultura hacia lo correcto, basado en principios universales y atemporales como el mérito, la libertad con responsabilidad, la igualdad ante la ley y la subsidiariedad del Estado.

En esta transición difícilmente alguien tenga una solución, mucho menos de corto plazo. Si lo que está sucediendo no sacude a nuestra sociedad de las malas prácticas y apela a regresar a los principios, cederemos nuevamente en un error históricamente reiterado de creer que las soluciones dependen del  otro, del gobierno o del caudillo de turno. El cambio únicamente sucederá con la transformación profunda del individuo y de su actitud para dejar atrás una sociedad corrompida. Nuestro comportamiento será lo que dictará otro tipo de sociedad: la de solidaridad humana, de relaciones institucionales probas, de intercambio libre de bienes y servicios, de seguridad ciudadana y de desarrollo sostenible.

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