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Cultura, Historia — junio 10, 2016 at 2:18 pm

“Don Manuel no tiene huevos… pero tiene mucha leche”

por
Estrada Cabrera

 

La última guerra internacional que sostuvo Guatemala se resolvió con un hecho, que de no tratarse de la muerte de un ser humano podría resultar incluso cómico: la muerte del general en jefe del Ejército salvadoreño, José Tomás Regalado. Las tropas guatemaltecas mataron al general Regalado sin saber que se trataba de él. Este extremo nos parece casi increíble en la era de las telecomunicaciones, pero no en la Centroamérica de 1906, que al aislamiento y la falta de teconología se sumaban las dictaduras y la censura.

Arévalo Martínez lo cuenta: “…Las tropas de Jalapa derrotadas estaban vestidas de caqui y fueron sustituidas por las de Sanarate, Salamá y Momostenango, uniformadas de azul como las salvadoreñas. Regalado, el jefe invasor, engañado, creyendo que eran de los suyos, seguido de corto séquito, empezó a subir el monte en que se encontraba el aislado batallón guatemalteco, que sin saber nada de las derrotas patrias, lo atacó a mansalva desde su prominente puesto en El Sillón y le dio muerte el 11 de julio…” Otro historiador, J. Lizardo Díaz, en su libro 1906: Estrada Cabrera,Barillas y Regalado, nos cuenta otra versión de los hechos: “Cuando el coronel Rosalío López, al frente de una compañía de jalapas regresaba a recuperar su puesto, en el camino que conduce a las cercanías de El Entrecijo, se hizo encuentro intempestivamente con un grupo de jinetes salvadoreños que avanzaban por aquel punto en brusco tropel; uno de ellos llevaba la bandera que agitaba nerviosamente, por lo que sus soldados que iban ‘con cartucho cortado’ hicieron fuego a discreción, viendo caer ipso facto al jefe que encabezaba el grupo de la mula parda que montaba. Era un individuo vestido de particular…”, el mismo autor señala que Regalado recibió 11 disparos de bala en el cuerpo, uno en la muñeca en la que llevaba el reloj, que quedó así, detenido para siempre con las agujas marcando las 11 de la mañana.

Otro testigo de los acontecimientos, Carlos Salazar, quien fue obligado a marchar al frente por el mismo Estrada Cabrera como auditor de guerra, relata: “…en el atrio de la Iglesia estaban los camilleros con su mortuoria carga, esperando órdenes del jefe de la plaza (…) ¿quién era el occiso? Nadie de los presentes lo conocía; pero, se me ocurrió y así lo propuse, que trajéramos a algunos de los prisioneros salvadoreños que estaban en el cuartel (…). Traídos tres prisioneros, fue interpelado el primero que era de Santa Ana, quien al levantar la sábana que cubría el cuerpo, dijo asombrado y cuadrándose militarmente: ‘¡Es mi general!’ –Qué General,- le replicamos-, el general Regalado, afirmó; mírenle la ‘cuta’ -nos dijo-. Efectivamente, el general Regalado tenía una de las manos con solo dos dedos. La sorpresa era de gran importancia, pues significaba, nada menos que la terminación de la guerra…”. Según Salazar, la identidad de Regalado se confirmó con la captura de su montura, una mula parda recuperada por el Jícaro: “La montura era un fino galápago inglés, forrado con una piel de tigre; los estribos eran de bronce, pesados, y tenían las iniciarles T-R…”.

Del desafortunado destino dio noticia el coronel Rosalío López Jiménez, comandante de las tropas que asesinaron a Regalado, con un telegrama al presidente Estrada Cabrera, que recoge Jorge Ortega Gaytán: “Desde las seis de la mañana que empezó el combate, me tomé las honduras para salir de Contepeque, a donde me llegaron los refuerzos de los batallones de Momostenango y Sanarate, y de donde se vino Regalado con la bandera y se lo volaron los muchachos”.

El telegrama se hizo célebre por la ocurrencia de su última frase, y la noticia fue transformada al vuelo en una humorada típica del chapín, según la costumbre, en unos versos que se popularizaron por la época: “Los guanacos como nuevos, /Regalado en escabeche; /Don Manuel no tendrá huevos,/Pero tiene mucha leche.//Voy muerto y embalsamado/Y por favor les suplico/Que amarren a Emilio Ubico./Su servidor: Regalado.”

Los últimos versos hacían referencia a Emilio Ubico “matamuertos”, el funcionario que acribilló el cadáver de Edgar Sollinger, asesino del presidente Reina Barrios.

Las noticias del triunfo llegaron a Ciudad de Guatemala en horas de la tarde, y fueron recibidas con lógica alegría, según apunta Arévalo Martínez, citando a un testigo: “A eso de las tres, atronaban a la ciudad impávida, los cohetes y los repiques a vuelo de todas las campanas grandes y chicas de sus muchos templos (…) músicas militares, vivas al Gobierno, las calles colgadas, como por milagro, de guirnaldas de papel picado que cruzaban de acera a acera y de miles de farolillos para la iluminación general de esta noche…”. La paz con El Salvador se concretaría meses más tarde con la firma del Convenio de Paz y Arbitraje, a bordo del crucero estadounidense Marblehead, anclado frente al Puerto San José.

El contexto

Centroamérica era, a finales del siglo XIX y principios del XX, un hervidero de conspiraciones. La costumbre dictaba que los opositores políticos de turno se refugiaran en los países vecinos para pasar el aguacero de la represión, y los Gobiernos de los países anfitriones usaban a los exiliados según su conveniencia, o bien, se hacían de la vista gorda. Basta recordar los preparativos y la base que hicieron en México los líderes de la Revolución Liberal de 1871, o los vanos intentos de invasión en contra de Reina Barrios, protegidos por don Porfirio Díaz.

También causaban problemas las extensas fronteras de Guatemala con Honduras y El Salvador, tensiones que se habían agudizado desde el llamado Acuerdo de Amapala, del 20 de junio de 1895, en el que los presidentes de Honduras, El Salvador y Nicaragua acordaron crear la República Mayor de Centroamérica y nombraron como presidente de la nueva federación al doctor José Rosa Pacas. La capital la fijaron en la ciudad de León, Nicaragua, según apunta el historiador Ortega Gaytán en su ensayo, Conflictos militares del Presidente Manuel Estrada Cabrera. Estrada Cabrera no participó en estos planes, lo que generó la animadversión del resto de presidentes, que lo vieron como una amenaza para el proyecto político que de forma nada desinteresada estaban promoviendo sus colegas centroamericanos, con miras a perpetuarse cada uno en el poder. Estrada Cabrera les pagaba con la misma moneda, apoyando a expatriados de los vecinos países y de la lejana Nicaragua en sus conspiraciones.

Así, las tensiones alcanzaron un primer punto álgido en el año 1903, en los sucesos que se conocen como la Guerra del Totoposte, por la galleta de maíz que se daba a la tropa guatemalteca como ración base de alimento en el frente. Esta guerra, que fue una mera escalada de preparativos militares sin llegar a estallar el combate, requirió serios esfuerzos económicos para Guatemala, que según Ortega Gaytán, desplegó cerca de cuarenta mil soldados, divididos en dos contingentes, uno en la frontera con México y otro en la frontera con El Salvador. La tensión duró del 9 de enero hasta el 2 de abril de 1903, día en que el dictador, con el tono pomposo típico de la época, informó: “Se ha celebrado ya la paz entre mi gobierno y el de El Salvador sin desdoro para las partes contratantes. Jefes, oficiales y soldados del Ejército de Guatemala, habéis cumplido con vuestra cooperación para obtener el triunfo moral más legítimo de que podáis envaneceros”.

La campaña nacional

La guerra de 1906, conocida como la Campaña Nacional fue consecuencia de los grupos de exiliados en las vecinas repúblicas, y los manejos inescrupulosos de los gobernantes de estos países. En los últimos días de mayo, dos contingentes invadieron Guatemala: uno desde México, dirigido por el general Manuel Lisandro Barrillas con el apoyo de Porfirio Díaz, que entró por Ayutla y el otro desde El Salvador, encabezado por los generales José Montúfar y Salvador Toledo, que ocupó Asunción Mita, en Jutiapa, el 2 de junio, como apunta Francisco Samayoa Coronado, en su libro La Escuela Politécnica a través de su historia. Días después una segunda columna entró por el norte de Ocós a Guatemala, al mando del coronel Francisco de León Pérez. Barillas fue obligado a concentrarse en la población de Tonalá por las autoridades mexicanas, privando de su apoyo a León Pérez, quien fue derrotado en Ayutla por el Ejército guatemalteco y obligado a regresar a México. Afirma don Rafael Arévalo Martínez, en su libro Ecce Pericles, que Barillas contaba con el apoyo económico de un amigo residente en los Estados Unidos y tenía dispuesto un vapor cargado de armas en San Francisco, California, pero no supo aprovechar sus ventajas. El mismo autor califica a Barillas como un grotesco revolucionario que “hacía vida de salón y se dejaba halagar por sus prestigios de caudillo tan influyente en las mujeres; pero no peleaba con valor. A la población fronteriza en que lo esperaban llegó en un tren mexicano provisto de una música militar que alborotó inmediatamente al poblado”. Los invasores de oriente, esperaban en vano el refuerzo prometido por el general salvadoreño y expresidente de dicha república, Tomás Regalado, consistente de un cargamento de armas que nunca apareció. Estrada Cabrera, enterado de los manejos de la vecina república, declaró la guerra en junio.

De acuerdo con Samayoa Coronado, desde el momento en que se supo de las invasiones, tanto el Gobierno de Guatemala como el de El Salvador esperaban una escalada hasta la guerra internacional, pues “hubo movilización parcial, preparativos militares, desplazamientos de unidades hacia la frontera e inmediatamente después de los primeros encuentros entre guatemaltecos contra guatemaltecos, Guatemala le declara la guerra a El Salvador…”. En este punto concuerda Arévalo Martínez, quien menciona que ya retirados los revolucionarios guatemaltecos al interior del territorio salvadoreño, Estrada Cabrera ordenó a las tropas permanecer a la defensiva y en permanente estado de alerta.

La guerra estalló en violentos combates a lo largo de la frontera. Según un testigo, citado por Arévalo Martínez, la censura impuesta sobre la población fue total, sumiendo a la capital en un extraño ambiente, pues “… la ciudad, de suyo melancólica, respira consternación y ansiedad; todos temen todo, todos anhelan algo.” No es difícil imaginarse a nuestros bisabuelos acodados en las ventanas viendo desfilar a las tropas rumbo al frente, soldados que en su mayoría eran campesinos jornaleros de las fincas de café. Tanto silencio obedecía a que incluso Estrada Cabrera dudaba del triunfo, al extremo que dispuso que un vapor de la Pacific Mail Steamship permaneciera anclado en el Puerto San José, listo para la huida.

Según Ortega Gaytán, los salvadoreños lograron llevar la iniciativa en los primeros días de la campaña, ocupando emplazamientos importantes de la frontera e internándose en territorio guatemalteco. Esta campaña, como todo acontecimiento bélico tuvo sus momentos de heroicidad, como la marcha forzada de la brigada del general José Claro Chajón, que recorrió 123 kilómetros en 34 horas y 10 minutos, a pesar de que en un buen trayecto de la marcha estuvieron arrastrando piezas de artillería. También la participación de las mujeres en la campaña, en su papel de vivanderas, que recorrían la línea de fuego llevando alimento a la tropa. Muchos actos heroicos, aunque la muerte de Regalado no fue uno de ellos.

 

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