El país del olvido — junio 10, 2016 at 1:02 pm

El fuego del progreso

por

13177516_10208245932238674_2990086431228148960_n

Hace unos días el departamento de Petén fue declarado en estado de calamidad. Los incendios forestales (si bien las lluvias han colaborado a apagarlos), dicen las noticias, han destruido más de ocho mil hectáreas de la selva petenera: la mayor parte de la Reserva de la Biósfera Maya. Es aquí donde se ubica Tikal.

Los mayas consideraron al cosmos como un orden creado y manejado por una serie de fuerzas sobrenaturales. Es por ello que no intervenían en ese orden. Sus mitos y representaciones reflejan su concepción de la estructura del universo, el cual estaba dividido en tres ámbitos: el espacio inferior –o el mundo subterráneo–, la tierra y el cielo, dividido en trece niveles. Así, entendían su ecosistema como una extensión de sí mismos. El entorno y su equilibrio representaban el equilibrio cósmico, la fertilidad y el bienestar general.

Hoy, el afán económico del sector privado y del crimen organizado contradicen por completo aquéllos conceptos y principios. El ser humano ha superado a la naturaleza misma, poniéndola a sus pies: controlándola cual dios ciego y rabioso sin comprender las verdaderas consecuencias de sus actos. Esta perspectiva ha ido haciéndose un lugar central en el imaginario colectivo desde que la Ilustración, y sus consecuentes nacionalismos, promulgaran el progreso como la consecuencia directa del conocimiento y control de la naturaleza.

Los mayas no percibían un progreso en su relación con la naturaleza, así como tampoco lo habían hecho muchas otras culturas antes de la edad moderna. La concepción de desarrollo no era puesta en el futuro sino en el ahora: el preocuparse permanentemente por los recursos naturales y su armonía. El establecimiento de ciudades como Tikal y sus técnicas de agricultura[1] nos evidencian esto, hasta el siglo IX, cuando, según estudios[2], la explotación del entorno (la tala ya no controlada que se realizó con el afán de utilizar la cal para cubrir los palacios y los templos) llevaría al eventual colapso, marcando el final del Período Clásico.

El 6 de marzo de 1848 se publicó en La Gaceta de Guatemala el primer informe[3] sobre las “antigüedades de la ciudad de Tikal”, elaborado por el corregidor de Petén Modesto Méndez, quien en su narración nos lleva por la selva “después de cinco leguas de navegación”, hasta llegar a las estructuras que por siglos habían permanecido enterradas por la maleza: “se descubrió en otra altura superior el primer palacio, cuya soberbia perspectiva no hubo uno solo de mis compañeros que no quisiese disfrutar”, escribe.

En una época donde aún se temía tanto de “los salvajes” y “los encantamientos” como de las fieras, como cuenta en el informe que le advierten los locales, el corregidor se unió al Gobernador y varios compañeros con su comisión, para recorrer bajo la lluvia dos días de camino. Ya en Tikal, sus descripciones reflejan el asombro de quien por primera vez ve con sus ojos algo que nunca había sospechado. “Con la imaginación aturdida, descendimos a comer y dormir para continuar mañana estos importantes descubrimientos”, narra.

Tanto la grandeza de las estructuras como el detalle y complejidad de los caracteres y figuras, le hacen pensar en “grandes hombres que tenían millones de operarios”. Por varios días, las observaciones y registros que se van haciendo, incluyendo copias en dibujo de las esculturas, los relieves y los jeroglíficos en estelas y altares, y en las vigas de chico-zapote, van dando paso a un acercamiento cada vez mayor a las “personas que representan, sin duda por su civilización y grandeza, después de tantos centenares de años, han hecho llegar hasta nosotros su memoria”.

Modesto Méndez nos habla de personajes de piedra, de monarcas y de deidades representadas en altares. Tras calcular el ancho de las paredes de los palacios cubiertos de raíces, y la altura de sus escalinatas, ordena realizar una copia de las inscripciones – que “algo de importancia deben revelar”– con la esperanza de que se pueda encontrar “anticuarios profesores del idioma”. Su preocupación por el estudio y comprensión del descubrimiento no deja al autor sin aclarar que de ser necesario, será su “deber” descifrar las inscripciones. El mismo escribe: “me sería sensible que otros curiosos extranjeros vengan a dar publicidad a los objetos que estoy viendo y palpando”.

Alimentándose de micos, faisanes y cojolitos cazados en los alrededores, la empresa del corregidor del Petén sabe que está ante algo de gran importancia. Reflexionan y disputan acerca de los fundadores, la población, el origen, la cultura y los conocimientos de aquélla “nación” concluyendo que “la raza que pobló estas regiones, salió de los que quisieron inmortalizar sus nombres, construyendo una torre, en que fueron confundidos”. Declaran que de alguna manera le están abriendo la puerta a “viajeros con mayores posibilidades y facultades intelectuales” pero temen que estos puedan provocar daños y saquear “tesoros” sin permiso. “Jamás podrán nulificar ni eclipsar el lugar que me corresponde al haber sido el primero que sin agravar los fondos públicos, les abrí el camino”, enfatiza el autor.

Tras ocho días, el grupo abandona la selva, no sin antes haber inscrito en las paredes de cuatro de los palacios sus nombres y la fecha, “declarando aquellas ruinas y monumentos como propiedad de la República de Guatemala”, recién fundada y en plena fiebre nacionalista. Había llegado el progreso. Las llamas que hoy se expanden en la selva no son ajenas a ese concepto, tan distinto del de nuestros antepasados.

12391407_10207108435121957_3131582853104678287_n


[1] La agricultura del área de basaba en una compleja tecnología que incluía el cultivo por tumba y quema pero también métodos de control de erosión mediante terrazas, control de humedad por riego simple, por drenaje o por campos levantados.

[2] Phillips, Charles. Aztec & Maya. Metro Books NY, 2012. P. 49

[3] Descubrimiento de las ruinas de Tikal, informe del corregidor del Petén Modesto Méndez y Tikal. Reimpresos en Antropología e Historia de Guatemala, Vol. VII, No. 1, 1955, enero, páginas 3-14. Ministerio de Educación Pública.


Fotografías de Francisco Asturias, cortesía de Parque Mirador Río Azul.

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

WP-Backgrounds by InoPlugs Web Design and Juwelier Schönmann