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Columnas, Opinión, Samuel Pérez-Attías — julio 5, 2016 at 12:39 pm

Castración intelectual

por
Foto: Luis Soto/CP

Foto: Luis Soto/CP

Vivía en un pueblón  un niño curioso y preguntón. Quería encontrar respuestas y satisfacer esa hambre de conocimiento que le entusiasmaba. Quería aprender sobre la vida, la muerte y la moral. Un Pastor se empeñó en convencerle que debía portarse como en la iglesia enseñaban y debía creer en un dios antropomorfo para no ser castigado eternamente.

Quería aprender sobre sexualidad. El padre, asustado evadió el tema y dejó que la vida le enseñara. Ya él comprendería sobre eso al ir a un prostíbulo sin mayores preámbulos y naturalmente “ejercer sus funciones biológicas”, como todos los “machos” del pueblo lo hacían, independientemente si eran personas o animales.

El joven quería aprender sobre las corrientes políticas y económicas. El profesor (ejecutivo de una empresa multinacional) le dio sinfín de argumentos para descalificar sus “peligrosas ideas” y se enfocó en repetirle las bondades de un supuesto sistema en donde las multinacionales eran “imprescindibles” y las ideas antagónicas (aún fundamentadas) debían ser desterradas pues ponían en peligro el modelo imperante, ergo su status económico y social en el pueblo. Más aún, no debía relacionarse con nadie que pensara diferente a sus doctrinas y dogmas.

Quería aprender sobre sexualidad. El padre, asustado evadió el tema y dejó que la vida le enseñara.

Sus clases se complementaban con visitas de Premios Nóbel que presentaban una visión exclusiva de la economía y de la política. Visión que reafirmaba la ideología de la Universidad donde estudiaba.

El joven leía en los medios sobre los desalojos violentos en fincas que incluso causaban pérdida de vidas, y cuando preguntó a sus mentores, la respuesta que recibió lo dejó helado: “La propiedad privada es tan sagrada como la vida misma”. No entendía como alguien podía defender el Tener sobre el Ser con tanto simplismo o tranquilidad y de esa forma justificar semejante barbarie, no dignas de una comunidad académica, que decía llamarse erudita y que egresaba Magna y Summa Cum Laudes por decenas cada año.

El joven quería aprender sobre el cambio climático. El profesor le enseñó estudios –realizados por tanques de pensamiento pseudo-científicos financiados por industrias que se benefician del uso de energía fósil – que negaban el fenómeno, descalificando además a quienes se pronunciaban sobre el tema sin abordar el problema seriamente.

El joven leía en los medios sobre los desalojos violentos en fincas que incluso causaban pérdida de vidas, y cuando preguntó a sus mentores, la respuesta que recibió lo dejó helado: “La propiedad privada es tan sagrada como la vida misma”

Quería aprender sobre los Estados, Gobiernos, políticas públicas y el éxito de los países Nórdicos. Los profesores, la universidad e incluso comentaristas en los medios le bombardearon de razones para satanizar al Estado, predicar un supuesto fracaso del Estado Benefactor y enfatizar en que la única posible solución a los problemas económicos era la ideología que promovían.

El joven salió del pueblo y de la burbuja. Al salir aprendió que la sexualidad era mucho más que el acto sexual, que el licor no es malo en sí, pero se dio cuenta de la potencial adicción y las consecuencias negativas del abuso en su consumo. Aprendió que las religiones han, históricamente, manipulado masas y que en nombre de la salvación y la religión se han cometido y aún hoy se cometen atrocidades.

Leyó con criterio y mente abierta y aprendió que el capitalismo al igual que el marxismo tenía fallas que debían estudiarse seriamente y sin tabúes.

El joven aprendió sobre el cambio climático y evidenció personalmente sus consecuencias. Aprendió que las etiquetas de eco-histerismo, progre o enemigo de la libertad, entre otras, eran fácilmente utilizadas y posicionadas en mentes ingenuas e ignorantes de la misma forma que cualquier marca comercial se implanta mediante la publicidad o propaganda. Aprendió que aun con sus retos, el EstadoBenefactor estaba vigente y que el llamado “libre mercado” es una utopía teórica imperfecta como cualquier otra teoría.

Aprendió que en lugar de haber sido educado y liberado en su pequeño pueblo fue más bien “entrenado”, reprimido y “castrado intelectualmente” por todo un sistema que se beneficiaba con tener a las personas alineadas, distraídas, limitadas de su capacidad crítica.

Leyó con criterio y mente abierta y aprendió que el capitalismo al igual que el marxismo tenía fallas que debían estudiarse seriamente y sin tabúes.

Aprendió que en su pueblón, ese sistema dominado por un pequeño grupo (sus profesores, columnistas, políticos, dueños de empresas, medios de comunicación, políticos e incluso líderes religiosos) le había censurado su más preciada libertad: La de pensar, de cuestionar y cuestionarse, de discernir. Ahora era libre y dedicaría su vida a seguir aprendiendo y preguntando, para romper con ese infausto tirano que mantenía en el letargo a su amado pueblo.

Aunque difícil, porque se ganó muchos “enemigos” que lo odiaban por decir verdades inconvenientes para ellos, el joven no dejo de preguntar, de investigar y de buscar… eso le daba más satisfacción que agachar la cabeza, sonreír tímidamente y decir a todo Amen.

 

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