El país del olvido — julio 8, 2016 at 4:05 pm

Vivir en un sesgo de confirmación permanente

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Nuestro cerebro tiene ciertas tendencias naturales a razonar erróneamente, o a no hacerlo. Podemos hablar de patrones por defecto o sesgos cognitivos para referirnos a esa “maña” de nuestra mente a no reflexionar cuidadosamente, a tomar decisiones impulsivas, a ver las cosas sólo en su superficie, tener un entendimiento disperso o irnos por la tangente a la hora de tratar un tema cualquiera. Según la ciencia, estas tendencias son resultado de nuestro proceso evolutivo. Y es que nuestra mente, así como nuestro cuerpo, pasó por un proceso de adaptación gradual que duró decenas de miles de años para un “estilo de vida” muy distinto al de hoy.

En el paleolítico la toma de decisiones debía ser rápida en muchos casos. Teníamos más posibilidades de sobrevivir si reaccionábamos impulsivamente ante una amenaza que si nos deteníamos a reflexionar cuidadosamente sobre la misma. Esas heurísticas (la capacidad de pensar creativamente para resolver problemas de manera rápida y flexible) también nos sirven hoy en muchos casos, pero el dejarnos llevar por nuestros impulsos y no reflexionar también puede tener consecuencias en nuestra vida y en nuestra comunidad.

Según varias teorías, la creencia en seres superiores también tiene que ver con esa tendencia impulsiva de nuestro pensamiento, modelado por el miedo y el sentimiento de inseguridad que nuestros antepasados habrán sentido desde la sabana africana. Aún así ha sido la razón la que ha liderado nuestra forma de pensar, sobretodo desde el inicio de la modernidad, y el mundo como lo conocemos hoy es resultado de esa búsqueda primordialmente racional de conocimiento y de realización personal y colectiva. Y si bien no podemos afirmar que haya desaparecido del todo en ningún momento, podemos identificar fácilmente una nueva ola de pensamiento no racional a nivel global. La impulsividad, la superstición y el miedo parecen gobernar el discurso popular e incluso el político, y nuestra sociedad no es la excepción. De hecho, quizás debido a que nuestra historia ha sido guiada principalmente por el pensamiento místico, la imposición y la demagogia, que en nuestro país esas tendencias tengan una gran influencia.

La llamada globalización, cuya influencia primordial nos llega desde las redes sociales y los medios de comunicación nos da acceso inmediato a todo tipo de ideas e incluso a las últimas investigaciones científicas. Podemos ir a Júpiter como a cualquier rincón del mundo en cualquier instante. Todo parece estar al alcance de nuestras manos, esa abrumadora cantidad de conocimiento se encuentra disponible al lado de una gran diversidad de perspectivas y riqueza de pensamiento (que radica en esa misma diversidad). Sin embargo no nos abrimos a eso, no abrazamos esa diversidad con actitud curiosa ni hambre de conocimiento. No sólo por la cantidad enorme de información al alcance sino por el hecho de que aún teniendo esa posibilidad, nuestra búsqueda se restringe a aquello que ya sabemos, a lo que somos, a lo que pensamos, a lo que ya consideramos “verdad”.

Google personaliza las noticias que nos llegan de acuerdo a nuestros intereses. Parece conocer más de nosotros que nuestras parejas o nosotros mismos. Con esa información reforzamos nuestras ideas previas, más que abrirnos a nuevas. Vivimos una realidad personalizada. Lo mismo sucede con las redes sociales donde nosotros elegimos a quiénes seguir, quiénes nos siguen, y con un solo botón aprobamos o descalificamos ideas que ya previamente filtradas (en la elección misma de las páginas y personas que incluimos en nuestro listado) nos sirven para confirmar nuestras ideas. Estas redes se convierten así en un sesgo de confirmación: el sesgo cognitivo que nos impide ver más allá de nosotros mismos.

Todos somos parte de alguna causa, todos tomamos partido de algún movimiento, somos “conscientes”, buscamos la “felicidad” y la pregonamos, intercambiamos mensajes de autoayuda, consejos, videos inspiradores, memes que ridiculizan lo que no nos gusta o exaltan lo de siempre… Cada quien desde su perspectiva, su creencia, su postura política, creando –y perpetuando– cada uno su “burbuja”. Así, hemos encontrado aliados, cómplices, “amigos” que apoyan nuestras opiniones (cada vez menos objetivas) y causas a seguir. Cada quien crea su vitrina y la decora a su gusto, invierte enormes cantidades de tiempo en adornarla (en pulir su personaje) y en revisar los halagos de su audiencia. Se crean nuevas trincheras, resistencias, coaliciones. Se pelean guerras en contra de ideas contrarias (incluso en 140 caracteres!), en contra de los “males” que amenazan nuestras creencias, nuestras opiniones, nuestras “filosofías”…

Pero cuando salimos a la calle nos enfrentamos con que no estamos rodeados siempre de nuestros “amigos”, y la vida de algunos no es como las de las vitrinas-Facebook, las que nuestra burbuja virtual resalta con sus respectivas opiniones y valores, acordes a los nuestros. La validación permanente de nuestras ideas en lo virtual está muchas veces en contradicción con la realidad, con nuestra historia, con nuestras necesidades como verdadera comunidad y con la necesidad de guiar nuestras vidas por la razón y por el conocimiento, más que por las creencias personales, relativas, subjetivas.

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