Columnas, Opinión, Roberto Ardón, Tejedores — julio 22, 2016 at 10:48 am

Guatemala, año cero

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Reflexiones acerca de la Guatemala que queremos construir.

Foto: Dafne Pérez - CP

Foto: Dafne Pérez – CP

Hace algunos años cayó en mis manos un libro muy completo y documentado sobre la Segunda Guerra Mundial. Aquel libro concluía las crónicas de ese episodio histórico con un capítulo que se llamaba “Alemania, año cero”, en el que se planteaba una reflexión muy profunda acerca de cómo un país militarmente derrotado, con su infraestructura completamente demolida y con una sociedad golpeada por el estigma de  haber dado cobijo a un régimen tan deplorable como el nazi, podía iniciar su lento proceso de reconstrucción y de inserción en el contexto internacional. Es obvio que esa tarea se emprendió entonces por una nueva generación de líderes, la cual, comenzando desde lo básico, la reconciliación de la sociedad misma, acometió el trabajo de construir sobre ruinas una nueva sociedad y una nueva economía.  Y la muestra de su éxito está a la vista de todos, hoy, más de medio siglo después.

Las comparaciones son siempre odiosas y en este caso, particularmente aventuradas, pero me gustaría hacer un símil entre aquello que obviamente tuvo proporciones dantescas y lo que ha sucedido en nuestro país, que no deja también de sorprender y sacudir. En el curso de poco más de 14 meses, se desplomó bajo nuestros pies el sistema de partidos políticos tal cual lo conocimos en los últimos 20 años. Todos los estamentos de la  sociedad –en esto no ha habido uno que sea la excepción– han sido golpeados desde sus propios cimientos con señalamientos a personalidades icónicas por prácticas reñidas con la ley. Nuestros medios de comunicación, en este vendaval, han también sentido el peso de la tribuna pública, pues luego de ser juzgadores han pasado a ser juzgados en su actuar, en su orientación editorial, en su composición accionaria, etc.  En el mundo de la contratación pública, donde se movían como peces en el agua grandes barones del aprovechamiento público, hoy están siendo sometidos a la acción de la justicia, desarticulando, de momento, la relojería de la corrupción. Por último, hasta los jueces mismos son objeto del escrutinio social. Su actuar, público y privado, sus fallos, su independencia, serán motivo de análisis y discusión por años. 

Guatemala no será ya más la misma. Pero, ¿a cuál Guatemala aspiramos? Yo quisiera plantear una que partiera de fundamentos éticos muy profundos. Acudiendo a la comparación que dio inicio a  este artículo, necesitamos casi como un proceso de “purificación” de los cuerpos sociales, para aprovechar el movimiento telúrico que ha significado la lucha contra la corrupción, y así depurar nuestras instituciones y, ¿por qué no?, expulsar esos  segmentos podridos, por muy aislados o marginales que sean, que puedan estar afectando su actuar.

Sin embargo, todo hay que decirlo. Este proceso no se puede imponer de un sector al otro. Eso sería muy mezquino. A cada quien toca hacer una reflexión sobre lo propio. Tampoco habrá que creer que simplemente pasando la estafeta a una generación de jóvenes inquietos se resolverá el asunto. Al fin y al cabo, la reconstrucción de Alemania descansó sobre hombres mayores que tuvieron la virtud de permanecer intocados durante la locura que ocurrió en su país. Esto es más bien un tema de hacer emerger a los mejores hombres y mujeres de la academia, del sector empresarial, del mundo de la comunicación, de la sociedad organizada, para hacerles hablar en voz alta de las cosas que antes se callaban; de promover un código ético propio que estigmatice y castigue de entrada la mala práctica y de buscar un acuerdo colectivo para modernizar las instituciones nacionales. 

Si esto ocurre, entonces habrá valido la pena el tsunami. Si esto ocurre, podremos entonces hablar de un verdadero año cero.

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