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Columnas, Opinión, Vanessa Núñez Handal — julio 22, 2016 at 10:46 am

“Las muchachas”

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Las empleadas domésticas son víctimas de las que nadie habla, porque su existencia y su falta de derechos se encuentran normalizadas.

Foto: Archivo - CP

Foto: Archivo – CP

En Centroamérica, quizá con excepción de Costa Rica, existe una figura de la que poco se habla, pero que está presente en muchas casas y forma parte importante de la economía de cada país: las muchachas.

Se trata de un grupo de mujeres empobrecidas, empleadas por lo general a muy temprana edad –de lo cual deriva el término–, de escasos recursos y con escasa educación.

Como una forma de brindar apoyo económico a sus familias, estas son enviadas a trabajar como ayuda doméstica en casas particulares e incluso a fungir –a veces desde los 8 años– como niñeras de otros niños.

El sueldo que reciben es casi siempre paupérrimo. Carecen de garantías o seguridad social. Y muchas, al verse obligadas a vivir y dormir en las casas, en las que laboran de 12 a 14 horas diarias, también son objeto de abuso sexual.

Parte del pago que reciben, como si se tratara de una institución feudal, es el techo y la comida de la que se les provee. Muchas veces, sin embargo, estas no ingieren la misma calidad de alimentos, sino que reciben comida de bajo valor alimenticio.

A las que les va bien, gozan de cuatro días a la semana como tiempo libre. Otras, gozan únicamente de dos. El resto del tiempo, sin embargo, permanecen al servicio de la familia que las ha empleado, las 24 horas, 7 días a la semana. De tal forma, las que son mamás, se ven en la obligación de dejar a sus hijos al cuidado de una abuela o tía y gozan de muy poco tiempo para compartir con ellos.

No son pocas las que, como consecuencia de los abusos sexuales, terminan embarazadas a muy temprana edad y, en consecuencia, son despedidas por robo u otra acusación falsa.

Las empleadas domésticas, por otra parte, son importantísimas para la economía de nuestros países, no tanto por los sueldos que devengan, sino por el dinero que dejan de ganar. Siendo niñeras, enfermeras, cocineras, lavanderas, mandaderas, etc., reciben un sueldo muy bajo que permite a la familia empleadora gozar, sin embargo, de una persona que facilita las labores del hogar, la convivencia y el cuidado de sus miembros.

Nuestros países carecen, por otro lado, de leyes que les brinden protección o les den garantías. A pesar de lo común de la práctica, no existe legislación alguna que regule la forma en la que estas habrán de ser contratadas, sus jornadas laborales, sus derechos o la obligación de brindarles descanso adecuado y justo.

El tema no se encuentra siquiera en agenda social y pocos organismos humanitarios esgrimen una bandera en su defensa.

Debido a su escasa o nula educación, las mismas empleadas no han podido organizarse, salvo contadas excepciones, a fin de exigir sus derechos.

Estas, muchas veces niñas que no exceden los 12 años, desconocen otra forma de vida. Muchas han sido víctimas de violencia en sus hogares y ven como normal la violencia laboral a la que son sometidas luego, en las casas que las emplean.

Por otro lado, la doble moral social tampoco ayuda, ya que muchas personas pretenden esconder la precaria situación de la persona sometida a explotación, bajo justificaciones paternalistas, afirmando que la empleada es “como de la familia”, cuando lo que en verdad ocurre es que esta, pese a lo injusto de sus condiciones de trabajo, no tiene otro sitio a dónde ir.

Estas mujeres se encuentran a merced de múltiples abusos y constituyen una de las evidencias más tangibles de la desigualdad que aún padece nuestra región. Visibilizarlas y crear legislación adecuada, es uno de los temas pendientes de nuestras sociedades.

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