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Columnas, Crónica, Cultura — agosto 3, 2016 at 3:59 pm

Atascos en la ciudad del futuro

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Un teleférico y un equipo de drones para protegerlo. Niños que controlan las unidades policiales desde casa. Todo eso se pinta como la mejor solución para el tráfico de la ciudad.

Los grandes problemas de la humanidad empujan al intelecto a buscarles las soluciones más creativas, inverosímiles, revolucionarias, de tecnología de punta. Probablemente necesitemos de esas mentes brillantes en Guatemala para hallarle solución a un problema más complicado que el nudo gordiano: el tráfico vehicular en horas pico.

He visto a las damas más emperifolladas sacar la cabeza por la ventanilla y vomitar una sarta de palabras altisonantes que harían palidecer a Velorio y ruborizarse a Polo Polo.

¡¿Dónde está la espada de Alejandro el Grande para tasajear este problema de raíz?! Parece ser el grito colectivo entre las seis y las ocho de la mañana, y de cuatro a ocho de la noche. Todos los días, hay breves espacios en los que el tránsito deja algunos minutos de respiro, no los suficientes para la masa vehicular que año con año se incrementa para regodeo de los mayoristas de vehículos, pero en detrimento de la salud de los pilotos y sus acompañantes.

No queda demás decir que la hipertensión, el estrés, la neurosis y los problemas lumbares están a la orden del día, sin hablar del incremento de la laringitis al exponer la garganta a gritos sonoros donde se pone en duda la honorabilidad de la progenitora del otro conductor, aduciendo su pasada vida alegre y que es hijo de muchos padres.

En épocas pasadas, era un insulto reservado casi en exclusiva a los choferes de buses, trailers y taxis; pero ahora se ha democratizado al punto que todos son proclives a ser insultados y porqué no, a insultar.

Ocho años y el niño maldecía más que el mismo Satanás.

He visto a las damas más emperifolladas sacar la cabeza por la ventanilla y vomitar una sarta de palabras altisonantes que harían palidecer a Velorio y ruborizarse a Polo Polo.

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Y ya es heredable, porque en una oportunidad, en el culmen vehicular de las cinco y media de la tarde en pleno bulevar Liberación un crío que no pasaría los ocho años, me dijo a pleno grito que mi madre y mi abuela habían ejercido la prostitución y que yo era un homosexual solapado, que seguramente mantenía relaciones sexuales con ovejas y que era un subproducto fecal. Esa es la idea general, no puedo poner acá la cita textual porque seguramente leerán ustedes, solo tachones.

Ocho años y el niño maldecía más que el mismo Satanás. Eso me hizo concluir dos cosas: una, que el sistema educativo no nos prepara para la tolerancia y dos, que yo no debería de utilizar las aceras para conducir mi vehículo para adelantarme algunos metros más en el tránsito. Parece que enoja a la gente.

Reflexionaba sobre ello dos horas más tarde en mi casa (no vuelvo a salir a traer el pan en carro), cuando leí la noticia de que el actual alcalde encontró una solución para el tráfico vehicular: un teleférico. Vaya, dije yo, eso sí que nunca se me hubiera ocurrido. Un teleférico que transite en un paso a desnivel aéreo donde no se choque uno con otro y lleve vagones con diez o veinte personas a estaciones para que aborden otro, o bien, caminen ya cerca de sus trabajos.

Supongo que el problema de las extorsiones para los autobuses sería disminuido,
 a menos que los mareros se actualicen
 y empiecen a usar drones armados para asaltar cada vagón. Imagino el caso que se armaría, porque si ya hay heridos y muertos cuando brincan de los autobuses en movimiento, allí sería muerte segura al caer veinte metros al suelo y despatarrarse sobre la cinta asfáltica, generando nuevamente –sí, adivinó bien– tráfico.

En la ciudad del futuro, lo único congestionado será el Internet… carajo. La de nunca acabar y saben qué, de una u otra forma, seguirá siendo culpa de Arzú, que para ese entonces será elegido como el primer alcalde cyborg.

Habría que crear la fuerza multisectorial Dron, compuesta de pequeños vehículos aéreos a control remoto y que esté integrada por unidades de Emetra, la Policía Nacional Civil (PNC), la Policía Militar, las Fuerzas Especiales Policiales (FEP) y la Secretaría de Análsis e Información Antinarcótica (SAIA), para controlar que dentro de los vagones del teleférico no vayan mareros ni extorsionistas.

Esta situación por muy molesta que sea, seguramente será una gran oportunidad laboral para todo aquel niño o adolescente que pasa horas y horas en los videojuegos. Serán unos excelentes operadores de Patrullas Dron y lograrían lo que todo muchacho o muchacha de esa edad, que esté engasado con los videojuegos, sueña: ser remunerado por jugar.

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Alivio para los padres angustiados al ver que al menos ganan dinero con ello. Porque los padres no saben ya qué hacer con sus crías, no pueden ocuparse de ellos porque tardan en llegar a casa tres horas en el tráfico. Ya se saben de memoria todas las vallas publicitarias de la ciudad. Y los niños están siendo educados a base de Playstation, Youtube y Youporn.

Toda esa generación podrá trabajar desde su casa de habitación, ahora todo se puede lograr desde las conexiones remotas. Y esto va a conseguir por fin desahogar el tráfico vehicular para que los trabajadores a la vieja usanza, sigan mentándose la madre de auto a auto.

En la ciudad del futuro, lo único congestionado será el Internet… carajo. La de nunca acabar y saben qué, de una u otra forma, seguirá siendo culpa de Arzú, que para ese entonces será elegido como el primer alcalde cyborg. Yo no había conocido un caso de síndrome de Estocolmo colectivo tan serio, como el de los habitantes de la Ciudad de Guatemala. Y eso que se hacen llamar el “voto inteligente.”

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