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Columnas, Opinión, Vanessa Núñez Handal — agosto 12, 2016 at 3:24 pm

Guatemala peligrosa

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Cuando yo era niña, a mis papás les encantaba viajar a Guatemala. Cruzar la frontera era toda una aventura. Podíamos tardarnos entre dos o tres horas y había que contratar a un tramitador para agilizar el papeleo. Luego de cruzar el río Paz, lo alegre era comprar latas de Pepsi bien frías y eso hacía menos tediosa la espera del otro lado.

Las ventas de papalinas y fruta en bolsa de papel, especialmente melocotones, no podían faltar. La segunda parada obligada era el restaurante ubicado a la altura del puente de Los Esclavos. Ahí, aprovechábamos para reponer fuerzas, ir al baño, estirar las piernas y almorzar. El viaje en aquel entonces podía durar entre cinco y seis horas. El consuelo era saber que ya en Los Esclavos nos encontrábamos a mitad del camino.

Una hora y media más tarde, sobre la carretera, comenzábamos a ver pinos y tierra blanca. Aquello era, según mi papá, el indicador de que ya estábamos cerca de la ciudad. La moderna y ancha avenida de La Reforma, con sus edificios que databan de la década de los 70 y 80, era impactante para mí que venía de un país en guerra, donde había desabastecimiento, las importaciones estaban prohibidas y a nadie se le hubiera ocurrido invertir en infraestructura.

Aún en los años 90, luego de firmados los acuerdos de paz, Guatemala era un destino favorito para los salvadoreños. La Antigua, Panajachel, Chichicastenango, Cobán, Tikal eran los lugares elegidos. Luego vino el terror.

AFP PHOTO / Johan Ordóñez

AFP PHOTO / Johan Ordóñez

Una oleada de asaltos, asesinatos y violaciones en la carretera. Las historias terroríficas abundaban. Eran decenas los salvadoreños que contaban haber sido retenidos durante dos o más horas por grupos de hombres encapuchados.

Estos, invariablemente, les atravesaron un pick up y los obligaron a internarse en terrenos baldíos, donde eran objeto de toda clase de abusos. Algunos, incluso, recibieron disparos. La voz comenzó a correr. Hubo campañas de advertencia. Vallas enormes anunciaban los peligros de visitar el vecino país.

Los periódicos se llenaron de historias de asaltos y se pedía a los salvadoreños abstenerse de viajar en vehículos con placas salvadoreñas. Grupos de ciudadanos exigieron al Gobierno de Guatemala, sobre todo en tiempos de Óscar Berger, que garantizara la seguridad de los turistas salvadoreños que, al fin y al cabo, venían a dejar su dinero a Guatemala. Hubo intentos y poco esfuerzo.

Una de las medidas consistió en que una patrulla de policía acompañara a los vehículos desde la frontera. Se dijo que la vigilancia en la carretera se había reforzado. Sin embargo, los asaltos, violaciones y secuestros continuaron.

Hoy día, viajar a Guatemala es visto en El Salvador como una intrepidez y una forma de arriesgar la vida de forma innecesaria. Las carreteras, en pésimo estado, tampoco ayudan. No obstante, pese a que la situación resulta apremiante, son pocos los medios de comunicación que hacen eco de esta situación que debería ser de interés para el Gobierno de Guatemala, así como del ministerio de turismo e industrias relacionadas.

El pronunciamiento del Gobierno de El Salvador con relación a este tema, también sería necesario. Guatemala y El Salvador son dos países cercanos que a lo largo de la historia han mantenido vínculos no sólo políticos, sino también comerciales y sociales.

No puede ser que la libre locomoción entre ambos territorios sea entorpecida por bandas criminales que sacan provecho de la vulnerabilidad de los turistas y que el Gobierno guatemalteco, en lugar de poner énfasis en detener a los criminales, deje a los salvadoreños librados a su suerte, dañando así su imagen como destino turístico.

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