Columnas, Fernando Carrera, Opinión — agosto 27, 2016 at 12:27 pm

Centroamérica: la (nueva) carrera armamentista

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Centroamérica está de vuelta en las agendas de seguridad global.

Foto: Archivo/Contrapoder

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Hace apenas cuatro años, Centroamérica ocupaba uno de los espacios menos relevantes en la agenda geopolítica global. El único país de la región que mantenía un espacio privilegiado en dicha agenda era Panamá, dado que el Canal representa una de las infraestructuras estratégicas del comercio y la seguridad mundiales. Pero para los demás países, prácticamente se vivía en un letargo luego de los años calientes durante la Guerra Fría en los años 80.

Todo empezó a cambiar en el 2012. En primer lugar, porque de manera inesperada Guatemala se separó del discurso ortodoxo tradicional de la guerra contra las drogas y eso levantó olas de preocupación en los más altos círculos políticos de Washington. Y en el mismo marco, Nicaragua empezó a dar señales de ser un fiel aliado contra el narcotráfico, pero con un respaldo decisivo de Rusia. La idea de un posible canal interocéanico con financiamiento de China, aumentó las suspicacias sobre el futuro papel del istmo en los equilibrios de la seguridad mundial.

La crisis de la niñez migrante destapó en el 2014 otra caja de Pandora, de tal suerte que los asuntos centroamericanos empezaron a ser discutidos directamente en el Consejo Nacional de Seguridad de la Casa Blanca. De pronto, la interlocución de los presidentes y cancilleres de Centroamérica pasó de ser algo que básicamente se atendía a niveles medios y bajos de la diplomacia estadounidense y global, a tener un diálogo directo con el presidente de Estados Unidos y su secretario de Estado.

La atención que suscita la región, debe traducirse en una mayor democratización política, un mayor respeto por los derechos humanos y un mayor progreso económico.

Adicionalmente, los cambios políticos en América del Sur empezaron a generar desde el año pasado mucha preocupación en el Gobierno de Nicaragua. Y, argumentando el problema de seguridad derivado de la lucha contra el narcotráfico y la necesidad de proteger la soberanía marítima frente a Colombia, el gobierno nicaragüense requirió de Moscú un fortalecimiento de sus equipamientos militares.

Para ser claros, Estados Unidos también ha procedido en los últimos años a rearmar a las fuerzas de defensa del Triángulo Norte, particularmente en el caso de Honduras (y en menor grado, El Salvador). Recién esta semana, en una reunión histórica entre los presidentes de Estados Unidos y Costa Rica, se selló un compromiso de cooperación en seguridad que representa el mayor acuerdo bilateral de este tipo entre estos países desde los años ochenta.

Las señales son claras. Centroamérica está de vuelta en las agendas de seguridad global, y la carrera armamentista, con apoyo internacional, constituye el indicador más evidente de ese nuevo escenario. Por el momento, el combate al narcotráfico es el manto usado para explicar el incremento de los stocks de equipamiento bélico cada vez más sofisticado.

En los años 80, la Guerra Fría se vivió de manera caliente en la región centroamericana. Y, sumándose a nuestros propios conflictos internos derivados de la opresión política y la injusticia social, de pronto nos vimos envueltos en una vorágine de violencia y sangre. Cuando se acabó la guerra, esperamos ansiosamente los dividendos de la paz, pero a dos décadas de ese momento Centroamérica sigue siendo una región marcada por la realidad brutal de la pobreza, el hambre, profundas inequidades, y una violencia social que parece imparable.

La atención global que suscita de nuevo la región, debe traducirse en una mayor democratización política, un mayor respeto por los derechos humanos, y un mayor progreso económico con inclusión social y con sostenibilidad ambiental. La militarización es el camino fracasado del pasado, el que nos dejó desangrados sin superar el hambre ni la injusticia. Necesitamos una agenda de seguridad regional en el marco de los desafíos del siglo 21. Lo demás son solo espejismos que pueden, eventualmente, traducirse en grandes tragedias.

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