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Arturo Rodríguez, Maria Olga Paiz, Opinión — septiembre 8, 2016 at 2:59 pm

Portal a ultratumba

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Facebook se ha convertido en una oficina de correos a los difuntos.

Foto: Archivo/Contrapoder

Foto: Archivo/Contrapoder

El Facebook (FB) me recuerda, sin falta, el cumpleaños de una tía difunta muy asidua en vida a esa red social. No pensaría jamás en hacerle llegar mis felicitaciones al Más Allá por ese medio, como hacen varios parientes. No lo haría por pudor, un sentimiento demodé, anticuado, out, en esta era que ha borrado las fronteras de la intimidad, esta era de sentimientos vociferantes en que las esposas declaran admiración a sus maridos en sus cuentas de FB.

Tal vez también me inhibo porque me daría pavor que desde su Eterno Descanso, la tía me respondiera. No tengo muy clara la relación de los difuntos con los medios electrónicos.

Otra de mis conocidas aunque muerta, sigue publicando fotos. Da likes, y cambia de estado, también. Seguramente lo hace uno de sus hijos o algún otro familiar que conocía su clave y quiere mantener viva así su memoria. Así me digo para explicar, racionalmente, la misteriosa actividad de este y otros perfiles fantasmales.

La mayoría de mis muertos son de la era pre-Facebook. Así que nunca tuve el dilema de aplicarles o no la eutanasia virtual. Si darlos de baja, convertir sus antiguas páginas en cuentas conmemorativas o dejarlos seguir su existencia espectral en las redes, después de fallecidos.

Nunca sentí la necesidad de escribir en sus muros para contarles el nacimiento de mis hijos o para recordar buenos momentos, pedir una intercesión o enviarles el link de Las Mañanitas de Pedro Infante. Pero vaya si les escribí de puño y letra cartas privadas para reclamar y agradecer y decir lo que había quedado pendiente. Les escribía como si la correspondencia, aunque no fuese correspondida, pudiera aún salvar las distancias entre nosotros. El ejercicio de escribir, como si pudieran aún recibir correo, como si pudieran leerme, los acercaba a mí de alguna manera. Las cartas son siempre un espacio recreado para el encuentro con el que no está.

Y las cartas a los muertos, un pliegue del tiempo en que aún es posible la intimidad, aunque sea ficticia.

A juzgar por la cantidad de comunicaciones con los muertos con que una allí se topa, podría deducirse que el FB es un portal a ultratumba. O al menos, su oficina de correos.

El otro día, leí el post de un conocido a su amigo muerto en un accidente de aviación. La página del difunto estaba inundada de obituarios plagados de trivialidades del tipo “eres una gran persona”, evocaciones de sus audacias y mensajes de pesar sobre su repentina partida, escritos en formato de misiva, en segunda persona, de tú a tú.

Y bien, el rito de cartearse con los difuntos es antiguo; lo novedoso es que ahora las cartas y mensajes sean públicos. Ya lo hacían los egipcios en vasijas y papiros, para solicitar la intermediación de los muertos con el mundo del espíritu. Los deudos de todos los tiempos han buscado conjurar el dolor mediante la palabra y modular en oraciones el aullido de la pérdida. Solían hacerlo para reafirmar el vínculo con el finado. Para construirse a sí frente al destinatario, como decía Michel Foucault sobre la escritura epistolar. Ahora, en cambio, reconocen al ausente para que los demás, los vivos, le reconozcan. Es decir que no escriben en realidad para los muertos sino para los vivos, acerca del ausente. Y el propósito al invocarles es más bien mostrarse en el dolor y exhibir pública (e impúdicamente) la relación truncada con el muerto.

Ya les digo, entiendo la necesidad de hacer el duelo, la función terapéutica del mensaje al difunto, la recreación de un último, ficticio, tête-á tête. Pero, ¿por qué hacerlo con un megáfono y frente a cientos de espectadores en la plaza pública de las redes?

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