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Columnas, Fernando Carrera, Opinión — octubre 2, 2016 at 10:04 pm

El desafío de Hillary Clinton

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A propósito del primer debate presidencial en Estados Unidos.

AP Photo/Matt Rourke

AP Photo/Matt Rourke

Pasado el primer debate presidencial en EE.UU., no quedó la menor duda de quién es la persona mejor preparada para suceder al presidente Obama, cuando concluya su segundo y último mandato en enero de 2017. Hillary Clinton derrochó conocimiento de los asuntos públicos domésticos e internacionales, además de prodigar unos pequeños golpes mediáticos a su oponente republicano. Donald Trump se vió visiblemente opacado en conocimiento y capacidad frente a una candidata demócrata que se preparó a conciencia y dejó poco margen para la improvisación.

Después de ese primer encuentro frente a frente, la pregunta que le queda a uno es muy básica: ¿por qué Hillary Clinton no tiene una ventaja aplastante sobre Trump en las preferencias electorales (según las encuestas de opinión)? ¿Por qué siendo tan capaz para ocupar la silla presidencial, no logra concitar mucho más apoyo? Y peor aún, ¿por qué en las últimas semanas Trump incluso ha reducido la distancia entre ambos al punto de empezar a cuestionar la posibilidad de un triunfo demócrata en las elecciones de noviembre?

Para responder a esas interrogantes es preciso considerar algunos datos. En primer lugar, los indecisos a estas alturas representan un porcentaje mayor de lo que ha existido en anteriores elecciones, a la misma altura de la campaña. Normalmente a finales de septiembre, los votantes indecisos son menos del 10 por ciento, mientras que actualmente ese porcentaje es estimado por algunos encuestadores en niveles entre 15 y 20 por ciento. Eso indica que muchos electores pensarán su voto en la recta final, porque ninguno de los dos candidatos parece convencerlos lo suficiente.

Hillary aún tiene que convencer a los que, a estas alturas, ya deberían estar convencidos.

En segundo lugar, también es claro que los llamados millenials, los votantes jóvenes que se movilizaron masivamente detrás de la precandidatura del demócrata Bernie Sanders, no parecen sentirse particularmente inclinados a votar por Hillary Clinton en noviembre y quizá prefieran hacerlo o por candidatos independientes o por ningún candidato. Mientras los millenials guardaron su escepticismo en una caja y sintieron como propia la candidatura de Obama, esta vez no se sienten igualmente ilusionados con Clinton.

En tercer lugar, hay que recordar que Hillary Clinton es mujer. Y parece que los hombres estadounidenses (y seguro algunas mujeres), a pesar de su crítica al sexismo en otras latitudes y culturas, no se sienten cómodos con la imagen de una dama ocupando el escritorio de la Oficina Oval de la Casa Blanca. El sexismo ha estado latente a lo largo de toda la campaña, y el modelo macho de Donald Trump enfatiza más ese clima y las percepciones sociales.

Y en cuarto lugar, también es claro que Clinton –aunque personalmente es mucho menos rica que Trump–, tiene vínculos más fuertes con el centro del poder económico de Estados Unidos, y sus propuestas económicas se parecen más a las de los republicanos moderados, poco interesados en cuestionar el establishment tradicional. Trump se ha sabido granjear el apoyo de los trabajadores blancos estadounidenses que sienten que la globalización, los tratados de libre comercio, la crisis económica mundial que estalló en el 2008, y las guerras libradas por EE.UU. son todas facturas que ellos han tenido que pagar con creces.

Las encuestas de inicios y mediados de octubre perfilarán más claramente el resultado de noviembre. Pero por el momento, Hillary Clinton parece tener un desafío grande en lograr articular la coalición que eligió a Obama como presidente de Estados Unidos en dos ocasiones. Los jóvenes, los votantes indecisos y las mujeres pueden ser su bloque triunfante o, por el contrario, el grupo que sepulte sus aspiraciones.

Trump conoce muy bien su juego y lo practica con efectividad. Hillary, en cambio, aún tiene que convencer a los que, a estas alturas, ya deberían estar convencidos.

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