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Carroll Ríos de Rodríguez, Opinión — octubre 13, 2016 at 12:55 pm

Cultura y oportunidad

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Las conversaciones sobre la cultura ponen nerviosos a algunos académicos, porque es un fenómeno complejo, difícil de definir e interpretar.

carroll rios

“Los guatemaltecos somos menos laboriosos que los daneses”. “Los costeños son más haraganes que las personas del Altiplano”. Estas afirmaciones de índole cultural, a mi juicio dañinas, recomiendan actitudes resignadas. Podemos achacarle la culpa de todo a la cultura, y peor aún, caer en determinismos. A veces, es preferible eludir la conversación que ceder a las sobresimplificaciones o las generalizaciones. Sin embargo, es innegable que en las sociedades evolucionan rasgos culturales que afectan la calidad de vida de sus miembros.

Por ello, es interesante el esfuerzo iniciado hace tres años por la Fundación Heritage: el Índice de la Cultura y la Oportunidad. El índice, centrado en los Estados Unidos, podría servir de modelo para elaborar una medición parecida en Guatemala.

Los últimos cincuenta
años se han caracteri-
zado por ser una era del
 Gobierno grande o entrometido, concluye la edi
ción 2016 del estudio. Los
programas y las regulaciones estatales han debi
litado a las comunidades
 y comprometido la prosperidad. Este dictamen se
desprende de tres distin
tos rubros de indicadores: un grupo mide las prácticas culturales, otro las relaciones de pobreza o dependencia, y un tercero, las oportunidades abiertas a los ciudadanos.

Concretamente, el índice abarca las tasas de matrimonios, divorcios, fertilidad, aborto, religiosidad, criminalidad, desempleo, pobreza, dependencia del Gobierno, subsidios para vivienda, carga tributaria, educación y escolaridad, y más. Hoy hay menos abortos y divorcios que antes, pero más consumo de drogas entre adolescentes y más dependientes de los programas sociales. Las oportunidades de empleo se redujeron en 1.9 puntos percentiles, y entre el 2004 y 2014, la tasa de pobreza aumentó en 2.1 por ciento. El costo de vida se eleva conforme se coarta la libertad de las personas y las familias.

El conjunto de datos aconseja la revaloración del principio de subsidiariedad, afirma el presidente de Heritage, Jim DeMint. La subsidiariedad fomenta una actitud proactiva al nivel local: actuamos responsablemente para solucionar nuestros problemas familiares y comunitarios. En contraste, “los programas sociales administrados por burócratas distantes” no pueden ni siquiera percatarse cuándo “los supuestos beneficiarios son sacrificados al desplazarse los engranajes”. Agrega Alejandro Chafuen, presidente de la Red Atlas, que “la dependencia del Estado tiende a reducir el sentido de responsabilidad personal y el compromiso para proteger y hacer valer el Estado de derecho”.

Los sistemas económicos y políticos se nutren de una cultura sana, escribe en la introducción el filósofo Michael Novak, autor de El espíritu del capitalismo. “Quienes se enfocan casi exclusiva- mente en los mercados o el emprendimiento, no capturan la totalidad del sistema estadounidense como ha funcionado desde el principio”. La belleza del sistema de libre empresa reside en “el espíritu y la práctica de la creatividad”, agrega Novak. La cooperación social, voluntaria, humilde, espontánea y respetuosa de los derechos individuales, requiere de un marco de incentivos que recompense la laboriosidad y nos haga responsables y laboriosos. “La sociedad libre es la más frágil de todas las sociedades porque una generación puede olvidar sus múltiples principios vivientes, vivir sin merecerlos, entregar las llaves y caminar hacia la obscuridad”, sentencia Novak.

Sin contar con datos equivalentes, intuyo que Guatemala aún no ha perdido algunas de las instituciones que se tambalean en Estados Unidos: familias y comunidades unidas, costumbres religiosas y tradición mercantil. En un Estado de derecho, con libertad y sin violencia, ¿despegaríamos?

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