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Columnas, Maria Olga Paiz, Opinión — octubre 13, 2016 at 7:00 am

De la crin de un caballo

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La espada sobre la joven Lucía Samayoa también pende sobre usted y el resto de usuarios de redes.

Foto: Archivo

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Las redes sociales debieran venir, como las cajetillas de cigarro o las botellas de licor, con una admonición incluida: “El uso de este servicio puede ser dañino para su salud mental” o “Usted usa esta aplicación bajo su propio riesgo”. Una señal que recordara a los usuarios de tener precaución al emplearlas, como la advertencia Miranda de las películas: “Cualquier cosa que aquí diga, podrá ser usada en su contra”.

Lo más probable es que harían caso omiso, como hacemos todos con esas frases o la letrita minúscula de los contratos de servicio.

Las redes sociales son como la espada de Damocles, esa expresión cajonera que se emplea para referirse a un peligro en ciernes. Damocles, cuenta Cicerón en Tusculanas, era un cortesano muy adulador de Dionisio I, tirano de Siracusa. El rey le invita a sustituirle en un banquete donde dispone que penda sobre la cabeza del imprudente comensal, una espada desnuda apenas suspendida de un pelo de crin de caballo. Deseaba el rey hacer escarmentar a Damocles, el súbdito envidioso. Desde la distancia, el poder puede parecer muy apetecible, pero el privilegio viene siempre acompañado de riesgos y costos nada desdeñables.

Pueden ser muy halagüeñas las redes. Ofrecen reconocimiento y aprobación —pulgares arriba, caritas felices y corazoncitos—, pero a un costo que jamás se estima de antemano. Amplifican ciertamente el número de personas a las que puede llegar una idea, un comentario o una solicitud de ayuda, pero ese alcance también las hace poderosas e impredecibles. Son armas que pueden tornarse contra el usuario incauto.

“En ningún lado de las redes lo dice, pero de cualquier manera se presume que si buscas notoriedad, resignas las fronteras de tu intimidad”.

Quien abre una cuenta en redes se vuelve, de hecho, una persona pública. Como los políticos o las actrices, sujetos de escrutinio. Personajes sobre los que las multitudes se sienten con derecho a invadir sus espacios virtuales, a criticar en ellos su peso, sus gustos o sus opiniones, a veces con inusitada violencia.

Vean lo que sucedió con Lucía Samayoa. Su hermano, desesperado, publica un anuncio en Facebook para que sus contactos le ayuden a difundir la foto de su hermana desaparecida. La alerta se hizo viral y fue esencial para que las autoridades pudieran localizarla pronto en Izabal. Pero los mismos que ayudaron a encontrarla, se volcaron en las redes a insultar y atacar a la muchacha.

Podemos desde luego condenar la reacción de algunos usuarios que lapidaron a la joven, tras verla sonriente en la lancha de rescate. Habían comprado con su clic de auxilio palco preferencial a una tragedia y se sintieron estafados con el desenlace de la historia. Es probable que ni siquiera se dieran cuenta de que bajo su solícita y desinteresada ayuda, se escondía el morbo y el deseo de entrometerse en vidas ajenas. Otros samaritanos quizá se sintieron cómodos al ayudar a una víctima de secuestro, pero les inflamó la idea de mover un dedo por una díscola en fuga o sus angustiados familiares. Y otros tantos, no quisieron quedarse sin su dosis de indignación diaria. La cólera también es adictiva.

No tenemos forma de saber cuál es la transacción oculta, cuál la condición implícita o los términos de usura bajo los que la persona recibe nuestros comentarios o solicitudes en las redes.

Lo que no podemos, o podemos pero solo bajo nuestro riesgo, es obviar que esta —voluble y traicionera— es la naturaleza de esa criatura llamada redes, como lo es la del escorpión de la fábula. En ningún lado de las redes lo dice, pero de cualquier manera se presume que si buscas notoriedad, resignas las fronteras de tu intimidad.

La atención y el interés pueden parecer gratuitos —al fin y al cabo nadie te cobra por darle retuit a tus 140 caracteres—, pero no lo son. Y siempre pende, como la espada de Damocles, de la crin de un caballo.

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