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Columnas, Cristhians Castillo — octubre 19, 2016 at 3:05 pm

Re-e-volución

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Hoy nos descalificamos entre chairos y fachos, ¿pasó el momento en que el país se partía entre comunistas y anticomunistas? O, ¿seguimos discriminándonos?

(Foto: Luis Soto - CP)

(Foto: Luis Soto – CP)

¿Cómo se estudia y recuerda el período contrarevolucionario de 1954 a 1960?, ¿cuál es el legado de 36 años del conflicto armado interno? o ¿el producto de 20 años de paz?  La conmemoración de la revolución de octubre de 1944 y el posterior período de democracia que se extendió hasta el 54, es una época de la que aún subsisten instituciones y legados que son referentes de la sociedad guatemalteca. No pretendo con esto traer a la memoria de manera nostálgica, el conjunto de símbolos que hacen de la primavera democrática de Guatemala, un período que concita polarización entre pensamientos ideologizados. Sin embargo, a 72 años de aquella gesta, la realidad desnuda de los indicadores fríos, nos ubica en el rezago de desarrollo social del continente, si no del mundo.   La pobreza, la exclusión, la desnutrición, el hambre y no digamos el acceso a servicios públicos de calidad, refiere que el Estado se ha desentendido de una buena parte de la población del país y sobre todo, de la más necesitada.

Así como en aquella revolución, en el año 2015 –independientemente de nuestras diferencias–, una pequeña porción de la sociedad se reveló contra las tramas de poder del sistema y, aunque no nos unió el repudio a un dictador, fue la corrupción la que llevó al espacio público la demanda de renuncia de funcionarios corruptos. Pero, a diferencia del 44 – cuando se convocó a elecciones y se escogió a un estadista de la talla de Juan José Arévalo Bermejo, a quien se le atribuye la visión de un capitalismo moderno para el país y no de un régimen comunista, como se definió ese período de nuestra historia–, en nuestra realidad actual, las elecciones no resolvieron la crisis de legitimidad de las autoridades públicas.

Hoy, dependiendo de quién me lea, puede catalogarme como chairo por estar reviviendo los recuerdos revolucionarios, o bien etiquetarme de facho por mis gustos y prácticas citadinas.   

Nadie en el país puede estar en desacuerdo con que romper con las lógicas de la corrupción, enquistadas en múltiples estratos de la sociedad, es una de las condiciones necesarias para que en Guatemala no se desperdicien los recursos de las finanzas públicas, que pueden significar la diferencia entre la vida y la muerte de los desposeídos. No obstante, no solo los casos contra la corrupción y el combate a la impunidad deben justificar la dinámica burocrática de un Estado en nuestras condiciones.

Hoy, como hace 72 años, hablar de un proyecto de país y plantear como requisito del desarrollo nacional una agenda de temas propios, puede ser mal visto como “el nacionalismo” que motivó el Decreto 900 y la posterior reforma agraria. Con la abismal diferencia que luego de la plaza del año pasado, parece que quedamos más divididos que antes. Hoy, dependiendo de quién me lea, puede catalogarme como chairo por revivir los recuerdos revolucionarios, o bien etiquetarme de facho por mis gustos y prácticas citadinas.

Pero más allá de las modas lingüísticas para descalificarnos, ¿cómo logramos un acuerdo para poner fin a los privilegios, exenciones, amnistías y demás yerbas que benefician la impunidad fiscal?, o ¿cómo exigimos sentencias ejemplares para malos funcionarios a quienes, al ser vencidos en juicio, les impongan en sus condenas un resarcimiento al Estado por el daño cometido? ¿Cómo logramos acuerdos para facilitar el desarrollo humano de las poblaciones que viven en las áreas rurales del país hoy? Estos entre otros temas, siguen deteriorando nuestro débil tejido social.

Ojalá que no transitemos este momento histórico –en el que muchos países se asombran del nivel de resultados del combate a la corrupción pública–, sin que encontremos la ruta para convertir esa fortaleza en instrumentos efectivos que cierren la brecha social. Nuestro mayor fracaso será que las nuevas generaciones se lamenten, dentro de 75 años, por haber desaprovechado esta oportunidad de la Re-e-volución y habernos quedado tan solo con una restauración.

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