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Columnas, Juan Luis Font, Opinión — octubre 20, 2016 at 7:00 am

A los futuros votantes del No

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Carta urgente que contiene rogativa para que lean, escuchen y se informen antes de llegar a las urnas.

(Foto: Dafne Pérez - CP)

(Foto: Dafne Pérez – CP)

A quien interese:

La reforma constitucional en materia de justicia va a ser aprobada o rechazada en consulta popular, a partir del tema de la jurisdicción indígena. No habrá otro asunto en consideración. Así ocurrió en 1998. Se rechazó la reforma constitucional surgida de los Acuerdos de Paz porque la mayoría de votantes que asistió a las urnas (un porcentaje mínimo de la población total) se opuso a aprobar lo que consideraban “derechos especiales para los indígenas”. Lo mismo puede ocurrir ahora. Ya se percibe el temor (infundado, según yo) de una balcanización del país o de la pérdida de un pretendido poder que solo a medias se ha administrado desde una visión occidental. Cada propuesta de reforma constitucional que suponga reconocer, aunque solo sea en mínima proporción, los derechos de los pueblos indígenas (por ejemplo, la oficialización de los idiomas nacionales planteada por Otto Pérez Molina), es rechazada de tajo. A la hora del voto, el país se parte a la mitad. Las zonas indígenas votan por el sí. El resto, por el no.

De manera que esta vez las autoridades en pleno, Ejecutivo, Legislativo y Judicial, sobre todo doña Thelma Aldana y el comisionado internacional contra la impunidad don Iván Velásquez, quienes cuentan con liderazgo real, tendrán que emplearse a fondo si quieren que la reforma pase.

Pero por ahora, no hay quién de los líderes nacionales defienda el contenido del texto propuesto a los diputados.

En cambio, ya hay un pequeño grupo de mercenarios del conflicto, de esos que han encontrado fuente de ingreso en inyectarle miedo a la élite económica, dedicado a vociferar contra la reforma. Y su labor se hace bastante fácil. Basta con pronunciar dos o tres veces consecutivas la palabra “linchamiento” o el término “azotes” o “chicotazos” para que surja como espuma de Alka Seltzer, una oleada de indignación que pone a hiperventilar a muchas personas.

Pero bien vista la reforma constitucional en materia de jurisdicción indígena, no es sino el reconocimiento de una realidad vivida en los últimos 500 años en el territorio nacional. Y no ha sido fuente de sublevación alguna. Además, se encuentra bastante delineada ya la forma en la que debe aplicarse en armonía con la Constitución.

La justicia indígena es aplicable, no según un criterio territorial sino según un criterio de pertenencia a una comunidad. Es ejercida por autoridades que cuentan con reconocimiento incuestionable de esa comunidad (es decir, cuentan con institucionalidad). Y se aplica cuando un acto realizado por un miembro del grupo, rompe con la armonía de la comunidad.

Todo esto ocurre ya y existe jurisprudencia de la Corte de Constitucionalidad, que reconoce la jurisdicción indígena en estos términos. Pero la reforma al Artículo 203 resulta necesaria para formalizar su aplicación y obligar a su coordinación con el sistema oficial de justicia.

Quizá resulte saludable redactar de una manera inequívoca ese artículo para evitar cualquier duda, pero es una vergüenza que a estas alturas de nuestra convivencia en un territorio tan pequeño, los guatemaltecos indígenas y no indígenas delatemos tanta ignorancia de los unos hacia los otros. Tanto, que cualquier desinformado con una banderita sea capaz de provocarnos miedo. 

En su conjunto, la reforma constitucional propuesta moderniza al sistema de justicia nacional. Lo hace más independiente y profesional. Persigue impedir que unos pocos con poder manipulen a quienes los ciudadanos les conferimos la inmensa responsabilidad de administrar justicia en nuestro nombre.

Pero la reforma como proceso político social, con toda esta alharaca generada alrededor del pluralismo jurídico, resulta muy útil para reconocernos desconocedores de nuestro país. Cargados, además, de prejuicio contra aquellas culturas que siendo parte de la unidad nacional son vistas con inmensa desconfianza y también muy proclives a miedos infundados.

Atentamente.

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