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Columnas, Maria Olga Paiz, Opinión — octubre 20, 2016 at 7:00 am

Trump, el azote

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Trump es como el Yahweh del Antiguo Testamento: un dios furibundo que protege a los suyos, mientras manda plagas al resto de pueblos. Un dios celoso, que amenaza con deportar 11 millones de indocumentados.

(AP Photo/David Zalubowski)

(AP Photo/David Zalubowski)

Un dios feroz y vengativo, que quiere cobrar a los inmigrantes sirios la sensación de ultraje del ciudadano promedio ante los ataques terroristas. Un dios egotista, hambriento de alabanzas, aunque estas vengan de Putin, su adversario natural en geopolítica. Un dios de excesos, voz de trueno y palabras que incendian y queman como fuego. Si Trump no es un racista y un misógino, ciertamente hace una buena interpretación de serlo.

Las agresiones sexuales de las que presume, el descaro con el que admite no haber pagado impuestos, las burlas, insultos y constantes diatribas contra mujeres, afroamericanos, musulmanes, veteranos y sordos han espantado al mundo civilizado. Pero nada que diga en los debates o tuitee el candidato de madrugada, parece disuadir al votante duro de Trump, quien le sigue como un rebaño a su pastor.

Trump atrae a quienes, como él, no soportan la idea de ser gobernados por una mujer, aquellos que llegarían a cualquier extremo con tal de no ver a Hillary Clinton en la Oficina Oval, como muchos sandrofóbicos aquí. Su retórica fascista es un imán para fanáticos como David Duke, antiguo líder del Ku Klux Klan y hordas de supremacistas. Pero también es la voz de trueno de muchos ciudadanos ordinarios que están furiosos y frustrados, cuyo voto a Trump es uno de castigo al sistema.

Trump es su azote. Trump es su plaga. Trump es la penitencia que han decidido imponerle a sus políticos, por no haber prestado oído a las frustraciones del obrero. Un estudio de Working America, la organización política del mayor grupo de trabajadores no sindicalizados de Estados Unidos, señala que la primera preocupación del votante de Trump es empleo/economía y no la inmigración, que ocupa un distante tercer lugar.

El discurso de Trump, como el de tantos populistas de Latinoamérica, articula el reclamo de la clase trabajadora contra las políticas liberales. Expresa la ira vengativa de un grupo que se siente traicionado. Son personas que quedan desempleadas, empobrecidas, cuando las fábricas de manufactura cierran operaciones y se trasladan a otros países para ser más competitivas en el mercado global.

No tienen el poder de parar la hemorragia de empleos que los debilita y les hace sentir victimizados, temerosos e incapaces de heredar a sus propios hijos la promesa americana. Trump, el castigador, les ofrece el poder de la retribución. Trump les ha prometido reprender e imponer sanciones a los CEO (directores ejecutivos, en inglés) de las empresas que migren al sur o al este.

Se ha dicho que Trump es la sombra tercermundista de los norteamericanos, su id descontrolado. Es más fácil meter a los votantes de Trump en la canasta de los ignorantes, los fanáticos, los racistas, los extremistas violentos, los anárquicos, los retrógrados, los estúpidos. Descontar el fenómeno, además, como uno de masas manipulables de ignorantes que tratar de entender las razones válidas que han llevado a los votantes al redil del candidato republicano.

Ellos no están descontentos. No están tan solo irritados. Su temor, me parece, es más grande que sus presuntos prejuicios racistas. Y ese temor engendra una rabia inmensa que trasciende cualquier consideración moral o cívica y les hace invocar a ese dios belicoso, ese dios del trueno. Trump se quitó las esposas de la corrección, incluso se muestra dispuesto a arrastrar con su eventual derrota al propio sistema electoral. Después de su excomunión política por varios líderes republicanos, ya nada contendrá al candidato. Los exabruptos que alienan a algunos votantes indecisos arreciarán. Pero su pueblo, el pueblo que aclama a ese dios del azote y la tormenta, de cualquier forma votará por él, el 8 de noviembre.

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