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Carroll Ríos de Rodríguez, Columnas — octubre 27, 2016 at 6:56 am

Noche de brujas

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Foto: Luis Soto/Contrapoder

Foto: Luis Soto/Contrapoder

Ocurrió hace un año, en vísperas de la Noche de Brujas. En una educada carta, Ericka Christakis, pedagoga y catedrática universitaria, pregunta: ¿debe la prestigiosa Universidad de Yale controlar los disfraces de Halloween que visten los estudiantes? Ella prefiere apostarle a la libertad, confiar en los jóvenes adultos, y correr el riesgo de que unos cuantos elijan atuendos de mal gusto. Su prudente y moderada reflexión suscitó un escándalo inverosímil. Los estudiantes, en cuyo criterio quiere confiar Christakis, exigieron que ella y su esposo renunciaran o fueran expulsados del campus. “¡Ud. es repugnante!” y “¡Este no es un espacio intelectual!”, les gritaron. La discusión afectó tanto a unos chicos, que dejaron de comer o asistir a clases. Dado que los Christakis vivían con ellos, dijeron sentirse “inseguros” en su cómoda residencia, con calefacción, dos pianos Steinway, cancha de basquetbol techada y gimnasio, entre otros lujos. Meses más tarde, la pareja renunció y Ericka ya no da clases allí.

Yale no es el único campus poblado por alumnos-víctimas, quienes en
realidad constituyen una élite privilegiada que se esfuerza por exhibir sus cicatrices. En la Universidad de Brandeis, una asociación de estudiantes asiáticos clasificó de “microagresiones” comentarios aparentemente inofensivos como: “¿eres bueno en matemáticas?”, o “la raza no importa”. Un manual de “microagresiones” a evitar, elaborado para el claustro de las universidades estatales de California, incluye frases como “América es la tierra de oportunidades”. Los militantes de la corrección política habitan una galaxia paralela orwelliana, donde vocablos como seguridad, tolerancia y exploración intelectual se llenan de un contenido retorcido. En esta galaxia, la educación superior ya no gira en torno a la búsqueda de la verdad, y menos la libertad de expresión, sino el combate a la opresión.

Temen por el futuro de las universidades, académicos de la talla de Greg Lukiano, abogado constitucionalista, y Jonathan Haidt, psicólogo social. En “El apapacho de la mente americana”, Haidt y Lukiano lamentan el triunfo del sentimentalismo sobre el imperio de la razón y el autodominio. En un extenso estudio, Haidt detectó que las personas de tendencia conservadora enarbolan valores como verdad, justicia y prudencia. En contraste, el lado izquierdo del espectro político, sobrerepresentado en las universidades, converge hacia un único valor: la compasión. Solamente importa dónde pongo el corazón. Con base en la premisa “mis sentimientos, por el hecho de ser sentidos, son verdaderos”, cualquier idea que me ofenda constituye un ataque deliberado contra mí, y merece un castigo severo. Incluso cuando lo dicho es accidental o no busca ofender, o se expresara con objetividad y tacto, o es una afirmación innegablemente cierta.

Como consecuencia, se inventan o se exageran las heridas. Un texto clásico puede ser censurado porque el libro contiene un pasaje violento. Un abogado que enseña sobre las leyes contra la violación, ya no sabe cómo dictar la lección para evitar ser fustigado.

Debemos estar alertas e impedir que estos extremos horripilantes contaminen la vida académica y el debate público en Guatemala. La corrección política destruye espacios casi sacrosantos, como el aula académica y los ensayos de opinión, diseñados desde la época medieval para propiciar discusiones difíciles. El verdadero estudioso es humilde y amante de la libertad. Sabe que su crecimiento intelectual pasa por vivir momentos de duda, tensión y crítica, pues gracias a ellos se aproximará más a la verdad. ¡Qué daño les hacemos a los jóvenes, negándoles estas experiencias so pretexto de protegerlos!

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