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Crónica, Cultura — octubre 31, 2016 at 2:47 pm

Danos hoy el muerto de cada día

por

Hay quienes viven de la muerte. La necesitan para sobrevivir. Johnny pasa los días buscando escenas de crimen en la ciudad. Éricka, en el cementerio, va contando los años que llevan enterrados los muertos.

Escrito por Marta Sandoval y Ángel Sas

Foto: Luis Soto/Contrapoder

Foto: Luis Soto/Contrapoder

Johnny puede ver desde lejos cómo la billetera se asoma por el bolsillo trasero del pantalón. Los bomberos cubrieron el cuerpo a medias, era un hombre robusto y el trozo de manta azul que le lanzaron encima apenas le tapó un costado. La cinta amarilla parece tener más poder del que tiene un pedazo de plástico porque a pesar de las ganas inusitadas que Johnny tiene de correr, sacarle la billetera, acelerar y perderse en la oscuridad de la noche, como un conejo liberado en un espeso bosque, no lo hace. Espera impaciente a que lleguen los forenses, que recolecten la evidencia y que después, solo si están de buen humor, compartan el nombre y la dirección del difunto. “Pantalón de lona y zapatos tenis blancos”, anota y se agacha para tratar de ver el color de la camisa que ha quedado escondida tras la cubierta azul; pega la mejilla al pavimento y ve una manga roja, con eso ya tiene suficiente.

Mientras espera, barre con la mirada la escena, busca lágrimas en los ojos de algunos de los presentes, pero no las encuentra: los familiares aún no se enteran. Se acerca otra vez al bombero de turno: “Mira rey, haceme la campaña, léete la dirección y le volvés a meter la billetera, te doy tu comisión”, le propone, pero el bombero no puede hacerlo, hay demasiada gente y alguien podría delatarlo. “No se puede contaminar la escena, entendé”, le dice elevando la voz.

Cuando los fiscales del Ministerio Público llegan, la noche ya ha caído por completo y Johnny piensa que es mejor así, la muerte por alguna razón es propiedad de la noche. Pronto empieza la acción, un forense se acerca al cadáver y saca la billetera de sus pantalones, está en buen estado, no lleva ni marcas de sangre ni de lodo, como está de buen humor ordena a quienes esperan: “Apunten pues”. El muerto se llamaba William y según su cédula vivía en la colonia Landívar, a unos 20 minutos de allí.

Foto: Luis Soto/Contrapoder

Foto: Luis Soto/Contrapoder

Johnny corre al auto con la dirección garabateada en un papel mientras piensa en la ruta más corta para llegar. Conoce un atajo, presiente que va a ganar. Sabe que tras él salen 13 “compañeros” más, el que llegue primero tiene la ventaja, la primera batalla ganada, pero no la guerra. Si Google deseara perfeccionar su mapa de la Ciudad de Guatemala debería contratarlos a ellos, son más rápidos que un sistema operativo para detectar direcciones. Johnny es calaquero, como se conoce a los trabajadores a comisión de las funerarias; solo cuando consiguen llevar un muerto tienen paga, por eso se valen de cualquier estrategia.

Un par de cuadras antes, repasa su plan. Calcula que le lleva por lo menos cinco minutos de ventaja al resto, debe actuar pronto pero mostrarse sereno. Así que toca la puerta suavemente. Abre una mujer.

-Buenas noches señora, disculpe, ¿esta es la casa de don William?
-Sí, es mi esposo pero ahora no está -responde la mujer.

Johnny empieza entonces su ritual.

-Señora mía, no se asuste, pero creo que su esposo sufrió un accidente. ¿Llevaba pantalón de lona y camisa roja hoy?
El rostro de la mujer ha perdido color, William piensa que lo mejor sería entrar y servirle un vaso con agua, pero también sabe que los demás calaqueros están cerca, tiene que sacarla de la casa inmediatamente.

-Señora, venga conmigo y vamos al lugar del accidente para que usted lo vea y se cerciore si es él, a lo mejor no es él. Yo la llevo, no desconfíe, yo soy cristiano y es mi deber ayudar al hermano.

Ella sigue inquieta y lanza una descarga de preguntas. Johnny vive de su lengua y la hace funcionar. Tiene la estrategia de una serpiente: sus palabras buscan cortar los impulsos nerviosos y con su brazo inmovilizarla, antes de llevarla a sus dominios. Lo logra: hace que la mujer suba al Nissan Sentra. Avanza un par de calles y por el espejo retrovisor observa cómo un carro de funerales se aproxima a lo lejos. Sonríe para sus adentros.

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Foto: Dafne Perez/Contrapoder

Foto: Dafne Perez/Contrapoder

Érika tiene muy bien contados a sus muertos, a casi todos les sabe el nombre, y a la mayoría la edad. “Mire, ese tenía 15 años” dice señalando con un dedo delgado, coronado por una media luna negra. Al morir tenía en efecto 15 años, dos menos que ella. En el bloque vecino, Wendy pedalea despacio, gira la cabeza a ambos lados y va leyendo las fechas de las lápidas. Se detiene unos segundos, eleva las pupilas y saca cuentas con los dedos: “Érika, aquí hay uno que ya lleva diez” grita; su voz rebota en el mármol de las paredes y provoca un eco extraño que ahuyenta a los zopilotes. A los diez años de haber sido enterrado vence el contrato que el cementerio ofrece a los deudos; para renovarlo deben pagar, y muchos no lo hacen. Si un nicho se desocupa significa que podrán conseguir trabajo: prepararlo para recibir otro muerto y, si hay suerte, convencer a los nuevos inquilinos que las contraten para mantenerlo limpio.

Las hileras de nichos, ordenadas como enormes libreras de una biblioteca, terminan al filo de un barranco. Y parecería que el mundo termina allí. Un árbol alto y raquítico se sostiene a duras penas en la ladera; sobre sus ramas desnudas se posan cuatro zopilotes, de vez en cuando alguno extiende las alas y suelta un graznido, como una advertencia: más allá de este pedazo de tierra no hay vida. No hay otra vida que Éricka, Wendy y sus tres hermanos conozcan, para ellos no hay vida donde no haya muerte. “A todos los he traído con ocho días de nacidos”, se ufana su madre; desde siempre la familia Cruz vive de la muerte. Los padres fabrican floreros y lápidas, las niñas limpian tumbas o venden flores, los hermanos mayores se turnan para conducir un bicitaxi, que transporta dolientes desde la entrada hasta el último bloque.

Así han pasado los días de Éricka desde que tiene memoria, volver de la escuela y caminar entre nichos, aprovechar cualquier tumba para hacer la tarea, alguna capilla libre para echar una siesta y luego, trabajar. Sus compañeros de clase la creen la niña más valiente. ¿Pasas toda la tarde en el cementerio?, ¿y no hay fantasmas?, ¿huele feo?, ¿es verdad que si te dormís los zopilotes te llegan a comer las tripas? Ella ríe, el cementerio no es más que un campo gigantesco –320 mil metros cuadrados– repleto de pequeñas casitas. “Aquella que se ve a lo lejos, es del expresidente Ubico. Murió en 1946” cuenta.

Cuando no hay entierro, sus padres se angustian porque no habrá paga, pero ella se relaja, aprovecha el tiempo para sentarse a la sombra de un árbol y dibujar. Aprendió perspectiva sola, ante las enormes hileras de nichos. Cuando llueve busca refugio en las cornisas de un mausoleo –alguno de los dos mil que han sido declarados patrimonio cultural– y contempla la lluvia con el largo lápiz entre los dedos. Gruesas gotas van formando ondas en los charcos. La rectitud de los bloques se pierde con la lluvia que reparte los círculos por todas partes, sin un patrón, sin usar regla.

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Foto: Luis Soto/Contrapoder

Foto: Luis Soto/Contrapoder

Johnny confía en la muerte, no en sus compañeros. Él sabe que morir es seguro. En sus compañeros no confía porque le ha pasado que después de tener el cuerpo en el féretro, han llegado a sacarlo porque alguien jugó bien sus cartas y ofreció un mejor precio. Por eso Johnny no lleva a la mujer a ver a su esposo extinto a la primera: da vueltas por muchas calles; si para llegar empleó el camino más corto, para volver usa el más largo posible. Llevar a la señora al lugar de los hechos, a donde probablemente ya regresaron sus compañeros, sería como que un león llevara su presa en medio de la manada. Tiene que cerrar el negocio antes. Así que aprovecha el tiempo para preparar a la nueva viuda, “ya lo dice la Biblia: vivir en Cristo y morir es ganancia” suelta. Para Johnny esa cita es literal: morir es ganancia.

Los funerales de narcotraficantes son los más disputados. Suelen ser suntuosos y los deudos no escatiman en gastos, por lo tanto la comisión es más grande. “Por pelearnos el funeral del Marioco casi nos matan” cuenta Johnny. El Marioco era un conocido narco, “estábamos casi todas las funerarias y un montón de curiosos que solo querían ir a ver al muerto, aparte policías a montones y fiscales, cuando de repente pasaron en una moto dos tipos, uno sacó una mini Uzi y empezó a soltar tiros al aire, pa pa pa pa pa, como seis de un solo. Al oír los disparos todos empezamos a correr, pero como nadie sabía para donde ir los que estaban a un lado se chocaron con los del otro, fue una avalancha humana. Los de la moto se fueron, solo le estaban rindiendo honores al Marioco, pero nosotros casi nos morimos del susto”.

Cuando llegan al lugar del accidente la mujer baja de prisa y mira el cadáver. Johnny no se despega pero tampoco aprisiona. El trabajo lo hizo antes, ahora sólo queda esperar que la viuda se desahogue, él le da un pañuelo, una palmadita en la espalda y su tarjeta ofreciendo “el mejor y más barato servicio funerario”. No habla de precios todavía, pero su mente es como una calculadora.

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Foto: Luis Soto/Contrapoder

Foto: Luis Soto/Contrapoder

“Cuando estás con un muerto en la misma habitación te acabas dando cuenta de que todos los ruidos se van apagando sucesivamente. Los ruidos reales del mundo que te rodea van haciéndose más y más irreales” escribió Haruki Murakami, “solo queda un ruido blanco, uniforme. Como una sábana inmaculada, extendida, sin una sola arruga”. En el pequeño salón de paredes de azulejo blanco el silencio es una sábana blanca, una sábana como la que cubre el cuerpo del hombre tendido en una camilla de metal. La bata de Johnny es también blanca, sus manos quedan blancas bajo los guantes de látex y su nariz y su boca se esconden bajo una máscara blanca. La muerte parece blanca.

“A la muerte hay que tenerle respeto”, dice Johnny, cuando lo dice baja la mirada unos segundos y aprieta los labios. En el mundo de los calaqueros es lícito manipular emociones, mentir, robarles clientes a los colegas, sobornar a todo el que se deje, pero el cadáver necesita un mínimo de condiciones. “Yo no sé, nunca ha pasado… pero por si las dudas lo mejor es ser bueno con el muertito, porque más adelante le puede venir a halar a uno las patas y mejor ahorrarse problemas” dice, y lo dice en serio.

“Los sonidos con sentido pronto se convierten en silencio. Y el silencio, igual que el lodo que se acumula en el fondo del mar, va ganando en espesor y profundidad. Te llega hasta los pies, te llega hasta el pecho”, dice Murakami.

Johnny piensa en el muerto de mañana, en el muerto de cada día, porque al final, como dijo José Saramago “si no volvemos a morir no tendremos futuro”.

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