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Columnas, Maria Olga Paiz, Maria Olga Paiz, Opinión — noviembre 3, 2016 at 7:00 am

Augusto Arzú y los embotellamientos

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No hay marcha atrás en las restricciones de circulación al transporte pesado y no solo porque el alcalde lo advierta con aires de emperador.

Foto: Luis Soto/Contrapoder

Foto: Luis Soto/Contrapoder

Allá por el 45 a.C. Julius Caesar decretó la primera restricción vehicular. Entre 6 de la mañana y 4 de la tarde, solo podrían circular por las calles de Roma los carruajes y caballos de los sacerdotes, oficiales, visitantes y ciudadanos de alto rango.

La semana pasada el alcalde Álvaro Arzú ordenó que los tráilers y camiones no podrían circular entre las 5 y las 9 de la mañana o entre las 4:30 de la tarde y las 9 de la noche. En sectores de las zonas 1, 3, 4, 5, 9 y 10 todas las horas diurnas estarían vedadas al transporte pesado. Las protestas de pilotos, transportistas, comerciantes e industriales no se hicieron esperar. Pero en este asunto no hay marcha atrás y no solo porque el alcalde así lo advierta con aires de emperador. Desde tiempos de la Antigua Roma, como verán, las ciudades de cierto tamaño han debido tomar medidas para aliviar la trancadera (Bolivia), los tacos (Chile), el tapón (Costa Rica), el tranque (en Panamá) o los atascos, como le decimos en Guatemala. Algunas metrópolis para evitar la parálisis; otras, para prevenir que el aire se vuelva irrespirable con las emisiones de los escapes. A la Ciudad de Guatemala, con un millón 40 mil vehículos circulando por sus escleróticas vías, hace tiempo le corresponde racionar el uso de las calles. Con el número de carros nuevos o usados que incrementan el parque a un ritmo del 10 por ciento anual, es eso o la parálisis vial.

Un embotellamiento de tráfico ennegrece la vida en la ciudad. Provoca un síndrome especial de locura transitoria en los conductores, quienes gritan, insultan, lloran y a veces, hasta sacan pistola. Más allá de la frustraciones y la merma en la calidad de vida de los vecinos, los atascos contaminan el ambiente. El 76 por ciento de la contaminación del aire proviene de las emisiones del transporte. Mucho dinero en combustibles, se quema en los carburadores de los autos. El estudio “La congestión del tránsito urbano” de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) indica que la operación de los vehículos que circulan en las vías de ciudades de más de cien mil habitantes, consume alrededor de un 3.5 por ciento del producto interno bruto (PIB) de América Latina y el Caribe, sin contar otro 3 por ciento del PIB al que se tasa el valor social del tiempo consumido en viajes. Para agilizar el tránsito, todas las ciudades ensayan mejorar el transporte colectivo, ampliar vías, construir pasos a desnivel o carriles reversibles. Pero la realidad es que el espacio es limitado y pronto se ven obligadas tomar otras medidas.

En Santiago de Chile, desde 1987 cada día hábil los autos cuya placa termine en uno de los dos dígitos designados, tienen prohibido transitar. Lo hacen así desde entonces para evitar que el aire llegue a un nivel crítico de contaminación. México adoptó el “Hoy no circula” desde 1990 para controlar las emisiones de dióxido de carbono. São Paulo instauró en 1997 el sistema “pico y placa” que restringe la circulación a dos números de matrícula por día en las horas pico. En 2008, la medida se amplió

a todos los vehículos comerciales. Venezuela, Bogotá, Lima, Quito y Costa Rica han adoptado medidas similares.

Las restricciones de circulación son los sacrificios ineludibles de habitar o comerciar en centros urbanos y una de las formas probadas para mitigar los congestionamientos de tránsito. Ahora le toca apechugar a los afectados por la restricción al transporte pesado y adaptarse, como hacen en el resto de ciudades medianas, para abastecer comercios y trasladar productos en horas inhábiles. No está lejos el día en nos tocará al resto de ciudadanos asumir los horarios escalonados, la obligatoriedad de los buses escolares y alguna medida de circulación por placa en zonas urbanas, para permitir la movilidad en la ciudad.

El problema es, una vez más, el tonito imperial que adopta Arzú, sin tomarse la molestia de explicar a los afectados y a la ciudadanía las razones urgentes de la medida, por demás comprensibles. Mal que le pese al alcalde, ya no vivimos en la Roma Antigua.

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