Carroll Ríos de Rodríguez, Opinión — noviembre 9, 2016 at 7:00 am

Fanatismo y religión

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Una cosa es que nos llamen apasionados, idealistas o comprometidos con una causa, pero otra distinta que nos tachen de fanáticos.

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La adhesión fanática a una causa no tiene límites. Recordamos imágenes de yihadistas revolucionarios que han asesinado a inocentes y luego se inmolan, como hizo Mohamed Lahouaiej Bouhlel cuando condujo un camión por el concurrido Paseo de los Ingleses en Niza, Francia.

Eric Hoffer (1898-1983) aclararía que los yihadistas violentos son como los comunistas y los nazis fascistas del siglo XX. En El verdadero creyente (1951), Hoffer escribió que “todos los movimientos de masas, sin importar la doctrina que pregonan o el programa que proyectan, engendran fanatismo entusiasmo, esperanza ferviente, odio e intolerancia”. Su marco teórico no murió junto con la Guerra Fría. Hace poco, lo utilizó Tom Shachtman en su columna “El profeta americano que predijo a Trump”, publicada en el periódico de tendencia progresista, The Daily Beast. Los “Trumpsters”, afirma Shachtman, están llenos de odio hacia los políticos corruptos y los migrantes ilegales; están inconformes con su presente y les importa poco cotejar sus convicciones contra la realidad.

¿Podría un republicano usar la misma tesis para descalificar a los partidarios de Hillary Clinton? Probablemente. De hecho, Eric Hoffer era conservador, aunque trabajó como estibador en el puerto de San Francisco durante veinticinco años. En conmemoración del vigésimo aniversario de su muerte, Thomas Sowell, un autor clásico liberal, catalogó a Hoffer de ser “uno de los pensadores más incisivos de su tiempo”. Algunos sindicalistas resienten el hecho que Hoffer jamás felicitó a sus líderes, a pesar de que participó de las ventajas laborales negociadas por el Sindicato Internacional de Estibadores y Bodegueros. En cambio, se expresó favorablemente acerca de presidentes como Richard Nixon y Ronald Reagan.

Hoffer cultivó una misteriosa y paradójica imagen. Era tan estadounidense como alemán. Nació judío, pero se convirtió en un ateo que veía con simpatía la religión. Leyó profusamente, especialmente después de que una rara enfermedad lo dejó ciego desde los 7 hasta los 15 años. En sus descansos y viajes, tomaba notas sobre la condición humana observada. Su agudo ojo sociológico produjo alrededor de doce libros y abundantes apuntes, hoy en manos del Instituto Hoover. Pero insistía en no ser un intelectual. En una entrevista de 1967, dijo que el intelectual es más corrupto que el empresario o militar, porque el intelectual no solo quiere que le obedezcamos, sino “quiere que te arrodilles y admires a aquel que te hace amar lo que odias y odiar lo que amas”.

Quizá también parezca paradójico que El Instituto Fe y Libertad (IFYL) auspicie un seminario para discutir el libro El verdadero creyente. Sin embargo, los cristianos practicantes debemos conocer la tesis de Hoffer, sabiendo de antemano que Hoffer no se presta al secularismo antirreligioso que desacredita toda creencia religiosa por considerarla irracional y dañina. Da la impresión que Hoffer pensaba que es posible vivir la fe razonablemente, sin fanatismos insanos. Si bien algunos movimientos políticos usan banderas religiosas, al final la fe es una búsqueda personal por la verdad sobre lo trascendente. Habiendo buscado la verdad en sus experiencias y escritos, Hoffer no niega su existencia, como hacen algunas corrientes relativistas modernas.

Tras discutir cómo los poderosos han movilizado a las masas históricamente, podemos explorar soluciones y aplicar sus discernimientos a la vida nacional. Hoffer se inclina por un “orden social que funciona bien con un mínimo de liderazgo”. Si las instituciones sociales nos permiten estar lo suficientemente satisfechos con nuestras vidas, no llenaríamos vacíos con falsos “-ismos”.  ¿Qué piensa usted?

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