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Cultura — noviembre 10, 2016 at 6:34 am

Swiss Army Man

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cc833329Swiss Army Man (EE.UU, 2016), con Daniel Radcliffe y Paul Dano, tiene que ser una de las películas más extrañas que he visto, y miren que he visto algunas. La película fue dirigida a cuatro manos por Dan Kwan y Daniel Scheinert, una dupla conocida como los Daniels. Ya juntos habían brillado antes en la esfera del videoclip.

Swiss Army Man es una comedia trágica, que participa de una inocencia levemente repugnante y de una dulzura totalmente bizarra (pedos mortuorios, innuendos trans/necro). Pura desmesura surrealizante, y de situarla habría que situarla en la barra Kaufman/Gondry. Cine indie fresco, de ese que nace a modo de broma y termina con el premio a mejor director en Sundance. Estoy seguro de que serán muchos quienes la hagan a un lado, sin apreciar la manera de darse la historia o las befas que la van pletorizando. Pero todas esas befas van acompañadas de una enorme sensibilidad –extravagancia sensible, podría ser la fórmula– y ese desarrollo responde a criterios por completo defendibles. Sobre todo porque permite que el espectador se pierda en la ficción de tal manera que luego la acción le ofrezca una cierta sorpresa. La realidad, la locura y el milagro se entremezclan, y ya el espectador no sabe qué es qué, y así es mucho mejor. Podríamos, ya con el escalpelo en la mano, decir que Swiss Army Man es un partida demasiado larga, con un weirdness excesivamente dionisíaco. Pero hay personas a quienes les gusta, nos gusta, esta clase de cosas.

Por supuesto, Swiss Army Man es una película para audiencias mínimas y extrañas, poshipsterizadas, que de plano ya no soportan los flicks de superhéroes. Aquí hay poder autoral verídico, disimulado en un humor chusco; hay seriedad y angustia, envueltas en escatología y tralalá. El resultado –oscuro– dejará al interesado levemente inquieto. La película es rara y tierna y mágica, y nos habla de la soledad que se erige contra la soledad. Siendo la primera soledad la soledad del ostracismo, ya sea del otro o autoimpuesto: la soledad que nos suicida. Pero la segunda soledad es ya una soledad poblada. Poblada, por ejemplo, de locura creativa.

Sabemos rebien que Paul Dano es un actor prodigioso. Luego, Radcliffe hay que decir que no decepciona, sobre todo tomando en cuenta que su papel –de muerto– es uno muy exigente, con mucho de teatral e incluso de danzístico. En efecto representar a un difunto introduce presiones corporales y cinéticas muy específicas. Además, como un muerto es algo que se carga, el trabajo es necesariamente mutuo, y lo que consiguen Dano y Radcliffe, en conjunto, en ese setting aforestado y elemental, es esencialmente aplaudible.

Aplaudible también es la música de la peli, de Andy Hull y Robert McDowell. Es cosa que realmente merece Óscar. No solo decora la trama, la propicia, en plan musical. Y ahí lo tienen.

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