string(0) "" string(38) "http://contrapoder.com.gt/a-que-huele/"
Cultura — noviembre 12, 2016 at 6:58 am

¿A qué huele?

por

La sección cultural de Contrapoder pidió a varios escritores que elijan un sitio y describan su olor. Empezamos con Gloria Hernández que visita un mercado que huele a infancia.

Por: Gloria Hernández

Mercado2

Mercado de olores

Nada define más la vida que un aroma. La infancia, la 
alegría, un amor. Todo está marcado por lo que nuestra
 nariz quiso registrar en la memoria. García Márquez escribió 
que el olor de las almendras amargas, inevitablemente, le recordaba 
el olor de los amores contrariados. Y Huidobro inmortalizó a una mujer haciendo la memoria del olor de olvido en sus cabellos. Para mí, nada marca tanto la infancia como las visitas semanales al mercado, tomada de la mano de mi madre. Desde que amanecía, cada sábado, me ilusionaba la emoción de tener un momento a solas, aunque fuera para acompañarla a hacer la compra. Conversábamos de cualquier cosa mientras hacíamos el recorrido de unas pocas cuadras a la plaza de San Cristóbal, en la zona once. Nos íbamos temprano para aprovechar la frescura de los productos recién llegados. Y desde que entrábamos, nuestros olfatos compartían la sensualidad de las mil y una esencias que encerraba aquel mercado.

Desde que alcanzábamos el altar de las frutas, los nísperos, las guayabas, los mangos y las mandarinas enamoraban mis fosas nasales y, sin hablar, yo era la encargada de escoger mis manjares preferidos por su perfume. No me gustaba cómo olían los bananos que ya tenían pecas y pequeños mosquitos encima. Ni el olor de las paternas o los caimitos. No me agradaba acercarme a las ventas de mariscos, porque me mareaba el olor de los pescados y me asustaban sus miradas fijas sobre mí. Los camarones, caracoles y cangrejos se incorporaban a veces a nuestra canasta y me perseguían con su perfume de mar, hasta a mis pesadillas. La venta de las hierbas era una aventura que no podía faltar. Las fragancias de la hierbabuena, el culantro, el perejil, el apazote y la manzanilla me llenaban los pulmones y me hacían recordar los sabores de la comida de mis abuelas. Amaba el puesto de los quesos, porque la dueña me regalaba un generoso trozo de queso oreado de Zacapa, por ser de sus clientes predilectas: llevábamos queso fresco, queso duro, crema y, a veces, requesón. La parada inevitable y poco esperada para mí era ese puesto de los ajos
y las cebollas, que se salvaba apenas, porque combinaba la venta con los limones y los calamondines. Había un lugar que detestaba y era el corredor que llevaba al basurero. Su tufo me invadía y me impregnaba durante buenos minutos hasta que echaba mano de una naranja para que su cáscara astringente rescatara a mi pequeña nariz. Me contrariaba un olor desconocido a cansancio y desaliento que descubrí ahí y que luego, encontré por los lugares más inesperados. Un ratito antes de salir para la casa, con las bolsas llenas con la compra, mi compañera me dirigía una mirada y una sonrisa de complicidad, antes de tomarnos un licuado de las frutas de la temporada, fresas, piñas, moras o pitayas. El tiempo ha pasado y ella ya no va al mercado conmigo. Sin embargo, en ocasiones, mientras espero que me empaquen la pimienta, el anís y la canela, cierro los ojos, aspiro su perfume y me encuentro prendida nuevamente de la mano pequeña de mamá.

Gloria Hernández

Escritora y catedrática de Literatura y Filosofía, en la Facultad de Derecho de la USAC. Escribe cuento, poesía, ensayo, novela y literatura infantil. Tiene 27 libros publicados y coordina talleres permanentes de Escritura Creativa y Literatura Infantil.

www.hernandezgloria.com

 

 

 

 

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

WP-Backgrounds by InoPlugs Web Design and Juwelier Schönmann