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Nacionales, Seguridad — noviembre 12, 2016 at 10:00 am

Una escuela entre los matorrales: vacía y sin vida

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Este año no hubo fiesta de clausura en la escuela de la aldea Las Marías. Nada de actos ni la algarabía de un final de ciclo. Hace siete meses, el horror visitó estas aulas: una mañana, en plenas clases, asesinaron al maestro delante de los niños. El evento acabó con la vida del centro escolar.

Esta nota fue publicada en la edición 177 de ContraPoder, el 28 de octubre de 2016. 

Foto: Elsa Coronado - CP

La maleza cubrió por completo el patio en donde los niños jugaban. Foto: Elsa Coronado

La pesadilla la despertaba todas las noches. Era el profesor en el salón de clases, tendido sobre su sangre. “Cuidado, no te vayas a manchar”, le decía. Ella quería olvidar, borrar esa escena. Pero la imagen estaba ahí. Es el último recuerdo que esta niña de 10 años guarda de su profesor, Gustavo Adolfo Arrecis, asesinado frente a sus alumnos el 15 de marzo de este año.

Tenía 33 años y el día que lo mataron impartía clases a 14 niños de segundo, cuarto y sexto primaria de la aldea Las Marías, Chiquimulilla, Santa Rosa, ubicada a 120 kilómetros de la capital. Por ser una escuela con pocos alumnos –24 inscritos de una comunidad con poca población– un maestro imparte clases a varios grados. El asesinato ocurrió frente a niños de 8 a 13 años.

Las clases apenas llevaban una horade haber empezado cuando un hombre irrumpió. Los chicos contaron a sus padres que el asesino preguntó cuáles eran los requisitos para inscribir a un alumno. Y cuando Arrecis se dio la vuelta para recoger unos papeles del escritorio, el hombre sacó la pistola y disparó varias veces. Al profesor ya lo vigilaban. Incluso, a uno de los niños le preguntaron ese día, antes de las 7a.m. si el maestro ya había llegado. Arrecis nunca dio señales de estar asustado o amenazado.

Tras los disparos, los gritos y el llanto. Las otras dos maestras de la escuela, una a cargo de preprimaria y otra asignada a primero, tercero y quinto grados, corrieron hacia la escena del crimen. El maestro estaba tendido en el suelo bocabajo, desangrado, mientras los niños gritaban y se apretujaban en una esquina de la clase.

Quisieron sacarlos, pero no sabían cómo hacerlo si en la puerta del salón estaba el cuerpo del profesor. El profe Gustavo llevaba 13 años como maestro asignado a esa escuela. Era originario de Chiquimula, pero como a muchos maestros, la plaza de trabajo lo hizo cambiar de residencia.

Sus colegas y los padres de familia lo describen callado, alejado de problemas y de actividades bulliciosas. Estaba casado con otra maestra, tenían una hija y otro bebé venía en camino.

Las maestras y los padres lograron sacar a los chicos del salón porque a alguien se le ocurrió que cargaran su escritorio a la altura del pecho, con la mirada hacia arriba, para no ver el cuerpo ensangrentado del maestro. Aunque ellos habían presenciado lo peor: al asesino y el asesinato. Y ese preciso momento es la pesadilla recurrente.

El miedo se apoderó de Las Marías

El Ministerio de Educación suspendió las clases durante una semana, para alejar a los niños mientras el MP investigaba.

Los padres no querían que sus hijos dejaran de ir a clases. Una semana después, se reinició la actividad en una casa particular. La Dirección de Educación de Santa Rosa debió buscar a tres maestros sustitutos para cubrir la plaza del profesor asesinado y la de sus dos compañeras, que no quisieron volver a la escuela.

Arcenio Castillo, a cargo de la Dirección de Educación en ese departamento, cuenta que emprendieron clases con atención psicológica a los niños, sus padres y los maestros. Y que a todos los llevaron a una excursión al Zoológico La Aurora, en la capital. Eso recomendaron los psicólogos para que los niños sustituyeran las imágenes de miedo.

La visita al zoológico ayudó a que los niños tuvieran un nuevo tema de conversación. Algunos no podían conciliar el sueño y todos los días hablaban de su profesor.

“Antes de dormir rezábamos juntas para que mi hija pudiera dormir”, cuenta una mamá.

Después del viaje, el recuerdo de la jirafa o el elefante ocupó sus mentes.

Reabrieron la escuela, le pusieron llave al salón donde ocurrió el asesinato y o ciaron una misa de 40 días para recordar al docente. Pero aunque quisieron, ya nada pudo ser igual. Al sustituto de Arrecis, lo amenazaron y extorsionaron por teléfono.

Apenas alcanzó a organizar la celebración del Día de la Madre y se marchó. El festejo se opacó con la noticia de que se iba. Los rumores en la aldea refieren que a él lo llamaban los mareros desde la cárcel Canadá. De nuevo se suspendieron las clases, llegaron las manifestaciones de los maestros, dirigidas por Joviel Acevedo, líder sindical, y los niños no asistieron durante varios días.

Foto: Elsa Coronado - CP

El aula en donde ocurrió el asesinato fue clausurada. Los escritorios amontonados, los libros empolvados y arrinconados. Nada volvió a ser igual. Foto: Elsa Coronado.

En julio, los padres decidieron reubicarlos en otras escuelas. Una madre cuenta que envió a sus dos hijos a vivir con su mamá, en otra comunidad, para ahorrarse el gasto diario de pasaje. Una de las escuelas, ubicada en la aldea El Astillero, que sirvió para la reubicación, está a tres kilómetros de distancia y deben pagar Q6 por el servicio de transporte cada día.

Esta, a diferencia de Las Marías, tiene 291 alumnos. Es la más grande del área rural de Chiquimulilla y tiene un muro perimetral, un portón que solo se abre a la hora de entrada y salida. Aunque para llegar hay que subir por una rampa llena de piedras, que son arrastradas por las fuertes correntadas de agua cuando llueve, parece más segura.

La madre que envió a sus niños con la abuela, se dedica a tortear, y su esposo, es agricultor –en la zona se cultiva ajonjolí, maíz, frijol y maicillo, pero las últimas dos cosechas se han perdido por la sequía–, acepta pagar el precio de distanciarse de los niños para  que ellos sí puedan terminar la escuela primaria.

En la mayoría de los casos, es la única educación a la que los niños pueden optar, los padres no pueden costear los básicos. En Santa Rosa el 53.4 por ciento de la población es pobre según datos de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de 2014.

Foto: Elsa Coronado - CP

Escuela de preprimaria del caserio Ulapa, Chiquimulilla, Santa Rosa. Foto: Elsa Coronado – CP

La otra escuela es multigrado y se ubica a casi dos kilómetros, pero no tiene muro perimetral y solo tiene asignadas a tres maestras para 70 alumnos.

Una visita a los dos establecimientos permite conocer a los maestros de estos centros escolares. Ninguno quiere hablar del tema. Aceptan que tienen temor. El asesinato ocurrió a pocos kilómetros y la extorsión al otro docente les recuerda cuán vulnerables son.

El programa de Escuelas Seguras, de la Policía Nacional Civil les brinda seguridad todos los días. Pero estos maestros saben que después de la puerta de su trabajo, están solos. La supervisora a cargo del sector de Las Lisas, como se le conoce a este lugar, asegura que después de la muerte de Arrecis fue intimidada.

“Un hombre llegó a preguntar por mí a la oficina, pero yo no estaba y otro día, dos hombres en moto me siguieron. Yo temblaba del miedo, ellos daban vueltas con la moto alrededor mío, pero gracias a Dios no me hicieron nada”, recuerda.

A pesar de la sombra del miedo, los maestros no han pedido su traslado. Los alumnos que recibieron en los dos establecimientos pasarán, en su mayoría, al siguiente grado.

Como los psicólogos dejaron de atender a los niños cuando fueron reinstalados en las otras dos escuelas, los profesores decidieron no hablar del tema. Pero fue inevitable que más de un niño repasara lo ocurrido. Así fue como una maestra conoció cuál era la pesadilla recurrente de una alumna. Y así supo que otro niño de segundo primaria, no lograba refugiarse de la violencia. A su padre lo mataron en el caserío Ulate y lo llevaron a vivir con otra parte de su familia a Las Marías, para que olvidara. Ahora estaba de vuelta al lugar de donde había salido originalmente.

Después de Cuilapa, la cabecera, y Taxisco, Chiquimulilla ocupa el tercer lugar en homicidios en el departamento, con 11 de los 97 durante 2016.

¿Reabrir la escuela?

Foto: Elsa Coronado - CP

El acceso principal a la escuela está totalmente cubierto por maleza. El lugar está oculto entre los matorrales. Foto: Elsa Coronado – CP

A pesar de todo lo ocurrido, un grupo de padres pide que se considere reabrir el establecimiento en Las Marías. “Yo estudié aquí en mi niñez y no quisiera que la cerraran, pero también pido que nos presten seguridad”, manifiesta Norberto Dávila.

Este hombre tiene 37 años, una hija que concluyó sexto primaria y un niño que el próximo año debe iniciar primer grado en una escuela que tampoco tiene muro perimetral.

Marco Antonio Garavito, director de la Liga de Higiene Mental, considera que
en este lugar debe haber un trabajo de atención colectiva. Terapias para los niños, sus padres y los docentes. El silencio no es la cura. Además, desde su punto de vista, debe haber acompañamiento institucional, para dar la percepción de seguridad.

Arcenio, el director de Educación de Santa Rosa ofreció tener una reunión con los padres de familia a principios de 2017.

Con ellos, tomará la decisión de reabrir o clausurar el centro escolar de la aldea Las Marías.

Mientras tanto, la escuela se encuentra oculta entre matorrales. El camino de acceso ha desaparecido. El portón principal está cerrado con candado y las aulas, bajo llave.

El lugar donde se realizaban los actos cívicos y donde jugaban fútbol ha desaparecido entre la maleza. Es un ícono silencioso de cómo la violencia desarma la vida en una comunidad.

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