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Gustavo Berganza, Opinión — noviembre 14, 2016 at 4:21 pm

La alegría por Trump

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En las élites conservadoras guatemaltecas se percibe una gran alegría luego del triunfo de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos.

Foto: Evan Vucci/AP

Foto: Evan Vucci/AP

 Hay dos razones que justifican esta euforia: 1. La gran animadversión que despierta el embajador de Estados Unidos, Todd Robinson y su estilo militante para impulsar la agenda de su país; 2. La profunda antipatía que ha generado el trabajo de Iván Velázquez, Comisión internacional contra la Impunidad en Guatemala –CICIG-.

En el imaginario de las élites conservadoras locales, la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos tiene un valor simbólico similar al que se le dio a la elección de Ronald Reagan en 1981*. La única diferencia es que en esta oportunidad no se celebró la victoria de Trump quemando cohetes frente a la embajada, como sí sucedió con la victoria de Regan sobre Jimmy Carter, el siglo pasado.

Las élites conservadoras locales esperan que con la salida de Barack Obama, se dé una reorganización drástica del Departamento de Estado, que lleve al nombramiento de un embajador más afín a ellos y al cese de apoyo a la CICIG. Sin embargo, en tanto se produce el proceso de nominación y confirmación de un nuevo secretario de Estado y este, a su vez, nombra un nuevo secretario adjunto para Asuntos Interamericanos y un nuevo embajador, es obvio que el actual representante diplomático Todd Robinson continuará hasta culminar su mandato en octubre de 2017.

Y aunque Estados Unidos es el mayor soporte financiero y político de la CICIG*, el nuevo secretario general de la Organización de Naciones Unidas, Antonio Guterres, ha expresado su simpatía por este modelo de apoyo para gobiernos que lo soliciten.

En consecuencia, hasta octubre de 2017, no veremos sacudidas que diluyan, por ejemplo, la preocupación de Estados Unidos por abatir la corrupción, incrementar el nivel de tributación y tampoco una disminución en el ritmo de investigaciones y procesos que realiza la CICIG.

Lo que sí es factible que se vea es un aumento en el número de deportados. Si las cifras ya eran altas durante el gobierno de Barack Obama, con todo y las restricciones que intentó poner para reducirla, es previsible que con un presidente que hizo de este tema un pilar de su campaña, aumente exponencialmente. Con lo cual no sería de extrañar que llegue a afectarse no solo a recién llegados, sino también a inmigrantes ilegales ya establecidos.

Luego está el tema del anunciado gravamen a las remesas, que dependiendo del monto puede tener impacto en lo que se llega actualmente a Guatemala.

Y por último, es cierto que aunque Trump abjure de los tratados de libre comercio, denunciarlos y renegociarlos le llevará tiempo. Pero entre tanto, esa anunciada intención de instaurar una política proteccionista hace factible que se dé la predisposición para imponer medidas no arancelarias, que dificultarán la entrada de las exportaciones guatemaltecas. La gente de la Gremial de Productores No Tradicionales ha padecido en carne propia la gran creatividad que tienen los estadounidenses para inventar razones que impiden el acceso de sus productos al mercado estadounidense.

En suma, más que alegrarse de esa manera tan irreflexiva, conviene asumir una actitud de cautela y analizar hasta qué punto el cambio de régimen representará un cambio en las reglas generales que gobiernan las relaciones entre Estados Unidos y Guatemala.

 

 

NOTA DEL EDITOR:

El 15 de noviembre se corrigieron los siguientes datos:

  1. Ronald Reagan fue electo en 1981 y no en 1978, como originalmente se publicó.
  2. El dato preciso es que Estados Unidos es el donante mayor de la CICIG

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