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Columnas, Opinión, Roberto Ardón — noviembre 17, 2016 at 7:00 am

En trapos de cucaracha

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La importancia de crear un Estado moderno, eficiente y atractivo.

Foto: Luis Soto/Contrapoder

Foto: Luis Soto/Contrapoder

Con esta curiosa expresión proveniente del lenguaje popular, se quiere dar a entender una situación en la que una persona, entidad o lugar se encuentra totalmente desprovista de sus recursos básicos y elementales. En pocas y menos elegantes palabras, se está totalmente en desgracia.

He querido titular esta columna así, para hacer referencia a la situación en la que se encuentra el Estado de Guatemala. Debo ser cuidadoso para no caer en la exageración, particularmente porque algunos datos parecieran contradecir mi afirmación. La estabilidad macroeconómica, la solvencia financiera internacional del país o el nivel de nuestras reservas son índices que podemos mostrar en números negros y de los cuales nos solemos jactar. Pero hay que decir que todos ellos han estado saludables muy a pesar de que nos hemos afanado, con discursos y acciones para ponerlos en riesgo. Tanta suerte no puede permanecer por mucho tiempo.

¿A qué me refiero entonces con las vestimentas de este repugnante insecto? Pasemos rápida vista a algunos temas. Primero, la forma en la que hemos abordado los principales procesos de concesión de servicios. Partiendo de la base de que muchos de estos servicios funcionan mejor bajo administración privada –cosa con la que estoy de acuerdo–, el Estado de Guatemala se ha encargado de mostrar su rostro más incumplidor. El correo, el ferrocarril, ahora la operación de una terminal portuaria, son todos ejemplos de procesos que han terminado en abandono cuando no en costosísimos litigios para el Estado de Guatemala. Con ese socio, así de seguro que nadie querrá ponerle ni atención ni dinero en el futuro.

Una maraña de regulaciones, la falta de control y transparencia sobre el manejo de los fondos y una gruesa costra sindical han paralizado la gestión pública.

Luego, en las grandes decisiones de Estado para orientar nuestra política económica, nos vamos quedando poco a poco sin gasolina. Si hacemos un breve recuento de cuántos y cuáles eventos de nuestra política de Estado han sido realmente transformadores, nos encontramos que nuestra economía marcha todavía con gran vitalidad, producto únicamente de dos decisiones clave adoptadas en los últimos veinte años: la apertura del mercado eléctrico y el de las telecomunicaciones. Pero incluso aquí pareciera que queremos matar a la gallina de los huevos de oro. En un ambiente caótico, desordenado y con poco apoyo desde los Gobiernos, las empresas operan en un modo casi defensivo, sospechando que las reglas de juego les serán cambiadas. El convenio 169 es una buena muestra de ello. No ayuda en esto que las pocas ideas que se han lanzado para crear nuevos motores de la economía han sido persistentemente resistidas por una parte de la academia y algunos sectores sociales que, haciendo gala de un conservadurismo irresponsable, todo objetan y nada proponen.

Luego y no agotando la lista, me quiero referir al Estado de los servicios básicos esenciales. El visible deterioro de la red hospitalaria, del sistema educativo público y el de las carreteras del país es vergonzoso. No es solo falta de recursos. Una verdadera maraña de regulaciones, la falta de control y transparencia sobre el manejo de los fondos y una gruesa costra sindical han paralizado la gestión pública.

El país no necesita continuar marchando a la deriva. Seguro que el tema pasa por tener unas finanzas públicas sanas y bien nutridas. Pero requerimos más que eso. Necesitamos conducción firme por parte de nuestros gobernantes, fijarnos dos o tres objetivos estratégicos nuevos y seguir ese curso de acción sin vacilaciones, y honrar los compromisos de Estado ya adquiridos. Cosas tan elementales como estas harán que empecemos por despojarnos de las ropas del kafkiano animal y comencemos a mostrar las galas de un Estado moderno, eficiente y atractivo para la inversión.

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