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Columnas, Juan Luis Font, Opinión — noviembre 17, 2016 at 7:00 am

Sí a Trump, no a la reforma

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Tras la victoria republicana, hay en el ambiente conservador guatemalteco una especie de euforia incontenible, que da pena malograrla.

Foto: Evan Vucci/AP

Foto: Evan Vucci/AP

En estos días se pronuncian juicios tan concluyentes, como aquellos que dan por derrotado al bando contrario al del señor Trump. Nomás que hace falta explicar a la mitad del mundo con exactitud, ¿a cuál bando encabeza el presidente electo de Estados Unidos precisamente? Pero, además, ¿es deseable la derrota total del opositor a todas las ideas que expresa el presidente electo?

Una ingenua presunción asume que el abanderado republicano es una especie de Ronald Reagan de nuestros tiempos. Un hombre valeroso dispuesto a plantarle cara al enemigo, excepto que ahora este adversario es más difuso, no se identifica con una sola forma de pensamiento y para mayor confusión, del mismo modo que Trump, reivindica un reclamo nacionalista en cualquier parte del planeta. A Reagan y a Margaret Thatcher, como a Juan Pablo II, se les hizo natural en los años 80 definir al bloque soviético como el portento a vencer.

No ocurre lo mismo por estos tiempos.

China es tanto un socio ineludible en la búsqueda de la prosperidad para cualquier país del planeta, como un gigantesco factor de riesgo. México, capaz de acoger decenas de plantas ensambladoras de vehículos y maquinarias antes asentadas en Ohio o en Pensilvania, es al mismo tiempo un competidor que un elemento crucial para la rentabilidad del capital estadounidense. Un capital que luego puede invertir en proyectos de alta tecnología en Silicon Valley y podría beneficiar a más norteamericanos, excepto que la educación universitaria se ha vuelto tan cara que muy pocos logran costearla.

Pero con todas y esas contradicciones difíciles de administrar, para el ecosistema político estadounidense, el vencedor del 8 de noviembre representa un extremo del péndulo. Eso es lo que más entusiasma a la derecha guatemalteca, felizmente ignorante de que el verdadero extremo opuesto al nuevo presidente de Estados Unidos no es la derrotada Hillary Clinton, sino el triunfante Bernie Sanders. Al aplastar a Hillary, Trump insufla energía a la corriente de Sanders.

La señora Clinton, como el establishment demócrata, representa una opción intermedia entre el capitalismo salvaje de Trump y la pulsión por ponerle límites a la codicia como motor del sistema de mercado de parte de Sanders.

Lo previsible, por simple lógica histórica, es que tras el agotamiento del modelo del señor Trump, el cual del mismo modo que el modelo del señor Reagan conoció el fin más temprano que tarde, se lance el péndulo hacia el extremo opuesto.

Quién sabe si estará todavía Bernie Sanders en edad de merecer para capitalizar ese previsible cambio de rumbo. Pero de no ser él, alguien más habrá de abanderar la posición contraria en cuestión de cuatro, ocho o doce años.

Y el tránsito de una posición a otra, que pudo haber sido dosificado, administrable, habrá de producirse con la misma virulencia con la cual se ansía a partir del mes de enero cuando Trump se aposente en la Casa Blanca.

Hoy que en Guatemala el movimiento opuesto a la reforma constitucional de la justicia se nutre de la victoria de Trump para levantar su bandera, sería sano tomar en cuenta la naturaleza pendular de estos fenómenos. Deponer el triunfalismo. Adelantarnos, por así decirlo, a buscar objetivos comunes y no desechar de un plumazo las soluciones moderadas, como hicieron los electores en Estados Unidos.

¿Es el rechazo tajante, inequívoco, a la modernización del sistema de justicia una batalla digna de librar? ¿Hay más coincidencias entre quienes prefieren que el sistema siga sin cambio y quienes se encuentran presos o rumbo al Mariscal Zavala que con quienes han luchado contra la impunidad? ¿Hay un riesgo real en el reconocimiento constitucional de la justicia indígena o es este sólo un fantasma útil para mantener el statu quo?

Todo esto vale la pena cuestionarse cuando la victoria de Trump hace lucir asequible cualquier meta, por indefendible que sea.

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