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Columnas, Maria Olga Paiz, Opinión — noviembre 17, 2016 at 7:00 am

So long, Leonard

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Es una tristeza suavecita que me sube como hiedra por el cuerpo y agita levemente sus hojas en la brisa. Es lo que se siente ante la muerte de alguien a quien no conoces ni has estrechado jamás la mano. No has platicado con él ni brindado juntos con Château Latour, ni siquiera has asistido a un concierto suyo.

Y, sin embargo, por extraño que parezca, le reclamas como propio y lamentas que no esté más en el mundo.

Foto: Aaron Harris /The Canadian Press/ AP

Foto: Aaron Harris /The Canadian Press/ AP

No compartes nacionalidad, ni religión ni costumbres de la edad. Lo que te une a él es algo infinitamente tenue –tan tenue que pertenece quizás a la esfera de la imaginación–. Te has reunido con él si acaso en los versos y estribillos que él compuso y tú has entonado una y otra vez, como si fueran los himnos de tu propia alma secreta.

Te ha alcanzado, por inverosímil que parezca, por los puentes sutiles de la poesía y la oración. Like a Bird on a Wire, So Long, Marianne, Dance Me to the End of Love, Anthem.

Murió Leonard Cohen, el artista canadiense con cinco décadas de carrera, más de 20 discos y otros tantos libros de prosa y verso en su haber. Pero yo le llamo Leonard, con la familiaridad de una amiga que no lo fue.

Leonard tenía una voz lúgubre. Reseca por los años de humo de cigarrillo. Áspera, profunda y portentosa, como las de los profetas bíblicos a los que solía leer. Cuando cantaba en concierto el verso de Tower of Song: “I was born like this, I had no choice/I was born with the gift of a golden voice”, se reía de sí mismo con humor y el público con él.

No era religioso, Cohen, pero como dijo en alguna entrevista: “El paisaje bíblico y los símbolos religiosos me son familiares”. Y sin embargo, su perpetua inquietud espiritual que lo llevó a explorar tanto los textos cabalísticos de la tradición judía como Respuesta a Job de Carl Jung, la meditación zen y las enseñanzas del maestro Roshi en el Monte Baldy como la disciplina hindu Advaita Vedanta del Ramesh Balsekar en Bombay.

Si algo le admiré fue esa capacidad de ser bardo de lo místico y lo erótico a la vez, algo que aprendió con maestría de Lorca y de Yeats. Era el mago de la paradoja afilada que podía leerse como absurdo o significado, reverencia o blasfemia.

¿Quién más que él hubiera podido escribir, alternando alusiones a la liturgia y al sexo extático? Todo en él, desde la fedora negra y el traje sobrio con el que le gustaba que le retrataran, una estampa digna de película de Don Corleone, destilaba melancolía. Compuso música hasta sus últimos días, en un modesto apartamento en Los Angeles. En julio, ya con 82 años y padecimientos de columna, lanzó su último disco, You Want it Darker. “Hineni, hineni, estoy listo mi Señor”, con esta frase del hebreo que quiere decir aquí estoy, anunció recientemente a su público y al The New Yorker que estaba preparado para morir.

Pongo la música de Cohen en el carro, en medio del tráfico de la tarde, con mis hijos adolescentes a bordo. “Qué es eso. Qué deprimente. Parece misa de funeral”, protestan al principio. Y luego callan, taciturnos, como si en verdad estuvieran en misa. El ensimismamiento es una de las respuestas naturales a la música de Leonard Cohen. Con su voz profunda de tenor llega, como siempre, el sosiego.

En estas tardes en que la luz de noviembre gotea largamente y una brisa fría del norte alborota levemente las copas altas de los árboles, escucho cómo me dice: “Your eyes are soft with sorrow/Hey, that´s no way to say goodbye”, y dejo que se instale la eternidad que estuvo siempre en el centro de las melodías de Leonard.

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